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domingo 19 de mayo de 2024
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Trapos sucios

Guayaquil, Ecuador (Prensa Latina) Cuando yo era más chica que un árbol de manzano, solía contemplar en mi cuarto mi cuerpo desnudo. Era una niña que pasaba horas mirándose en el viejo espejo ovalado de cerezo de mis abuelos. Miraba con desconcierto la aureola rosada de mis tetillas, mis lánguidas piernas que se abrían al mundo, mi pequeño sexo pulposo como un mango verde.

Aminta Buenaño*, colaboradora de Prensa Latina

Y en lugar de celebrar la vida al celebrar mi cuerpo, lloraba. Le decía a mi madre que no quería ser niña, que no me gustaba serlo. Y soñaba como en el Orlando de Virginia Woolf cambiarme de sexo cuando sea mayor. No era que despreciara mi cuerpo sino que me parecía una sentencia de muerte ser mujer. Observaba por todos lados que las mujeres tenían propietarios: sus maridos, a los que tenían que pedir permiso para todo. Muchos de ellos eran violentos, pero a la gente eso le parecía normal, incluso necesario para algunos: una manera de poner orden en casa, de enseñar quién es el que manda, el jefe del hogar. Algunos lo justificaban, decían por ejemplo: en peleas de marido y mujer nadie se debe meter y por esa vía muchas mujeres surcaban la calle de los martirios. A la que se quejaba de los malos tratos maritales, las abuelas aconsejaban callar porque “los trapos sucios se lavan dentro de casa” y aplaudían a las sumisas que sellaban su boca como un ataúd, porque “calladitas se ven más bonitas”.

Todos los atributos con que la sociedad patriarcal trataba de glorificar a la mujer me parecían desdeñables, la “sacrificada madre” que vivía frustrada e impotente al negar su realización personal; “la abnegada y fiel esposa” silenciosamente enferma de un rencor virulento que hervía en su interior; “la espiritual damita” que soñaba darse un revolcón con sexo duro y puro; el “ángel del hogar” que planeaba ínfimas y sutiles venganzas alrededor de la mesa; “la reina de la casa” sometida a la voluntad imperial de su marido; en lugar de eso, yo quería viajar, ser libre, decir y hacer lo que se me antojara y me viniera en gana, sin seguir recetas ni el manual de instrucciones escrito para convertirme en una señorita “virtuosa” (o sea sumisa, paciente y obediente) y en ser “bien mujercita”, que consistía en saber planchar, lavar, cocinar.

El mecanismo como se movía el mundo no me convencía. Veía con rencor cómo mis hermanos podían salir por las noches, jugar al aire libre, treparse a los árboles y andar con quien les diera la gana, pero yo no podía hacerlo porque era mujer y ser mujer tenía ciertos candados y preceptos que las niñas buenas debían seguir religiosamente para alcanzar el cielo de la aprobación social. Y a mí me parecían más interesantes y divertidas las malas.

Me sepultaba en libros con el fin de convencerme de que vivía mil vidas y que era tan libre que podía ser monja, prostituta, travesti, loca, cualquier cosa que incendiara mi imaginación. Con el paso del tiempo, la vida me llevó por muchos desengaños y aciertos, pero me demostró que no andaba del todo equivocada en mi percepción de que había nacido en el lado vulnerable de la historia en el que había que gritar, esforzarse mucho, escandalizar y pelear con dientes y uñas para conseguir las migajas de una igualdad que aún es esquiva para nosotras.

En este mundo tan ancho y ajeno en que existen tantas desigualdades e injusticias, en que ser mujer consiste en algunas partes en soportar la ablación de sus genitales, ser asesinada en femicidios horrendos, violada, mutilada de brazos o piernas o soportar que el ácido desfigure tu rostro, sin obviar el asesinato diario de la psiquis. Que los celos de un hombre pueden ser tan espantosos que te destrozan la vida para siempre y algunos incluso se creen dueños del cuerpo y alma de sus mujeres y justifican a viva voz sus crímenes: “Si no es mía, no es de nadie”, o lo refrendan hasta en la música que entra por los sentidos, basta escuchar la letra de la canción El preso número 9: “La maté sí señor y si vuelvo a nacer, yo la vuelvo a matar”, porque muchos están convencidos de que los asesinatos de género, mal llamados “crímenes pasionales”, son disculpables porque son humanos (me viene a la mente la terrible frase del general de Policía Patricio Carrillo justificando el asesinato que hizo el teniente feminicida Germán Cáceres contra su esposa María Belén Bernal dentro de la Escuela Superior de Policía de Quito en donde era instructor) como si se presumiera que hay ciertos casos en que los crímenes contra las mujeres tienen cierta explicación y hasta justificación.

Incluso en este bárbaro femicidio que conmocionó a todo el Ecuador, la víctima asesinada dentro del recinto policial a donde había ido a visitar a su marido, con desgarradores gritos pedía auxilio al ser masacrada por él; pero ningún policía se movió a socorrerla ante la orden de un superior quien argumentó que en peleas de marido y mujer nadie se debía meter…

Laura Nuño en su ensayo Violencia y Deshumanización dice que la violencia de género es la violación de los derechos humanos más extendida en el mundo. Cada año entre millón y medio y tres millones de mujeres y niñas pierden la vida como consecuencia de la misma. Naciones Unidas estima que siete de cada diez mujeres sufrirán golpes, violaciones, abusos o mutilaciones a lo largo de su experiencia biográfica. Y, entre aquellas con edades comprendidas entre los 15 y 44 años, la violencia de género causa más muertes y discapacidades que el cáncer, la malaria, los accidentes de tráfico y los conflictos armados.

Podría afirmar sin temor a exagerar que la violencia patriarcal es el peor terrorismo que azota la faz de la tierra dirigido contra la mitad de la humanidad solo por el hecho de ser mujeres, al lado de sus descomunales cifras los crímenes de Al Qaeda, el Estado Islámico, la guerra en Ucrania quedan cortos.

Para las mujeres históricamente todo ha sido difícil y violento, empezando desde el parto donde todavía hay países en que muchas mujeres mueren solo por dar la vida. Sus luchas y revoluciones, sus demandas para poder estudiar y votar, sus exigencias de leyes en que puedan ser tratadas con la igualdad que exige todo ser humano. El camino ha sido arduo y complejo y aún lo continúa siendo, porque aunque cambien las legislaciones el imaginario colectivo sigue segregando los múltiples mitos, creencias y prejuicios que las colocan siempre en un plano de desigualdad e injusticias, siempre su liderazgo o intelecto bajo sospechas y con un techo de cristal cerniéndose sobre sus cabezas. Porque la más grave forma de violencia es la ideológica, la cultural, aquella que asumimos sin reflexionar, la que mamamos desde la cuna coloreando emocionalmente nuestra psiquis.

El mundo es un lugar muy violento y la violencia es una forma de control. Cada día amanecemos para enterarnos por las redes sociales cuántas víctimas inocentes del sicariato han muerto, a quiénes ha vacunado la delincuencia organizada, a cuál vecino han asaltado o secuestrado, cuántos crímenes han ocurrido en las cárceles que debería controlar el estado y no los delincuentes, y cómo el narcotráfico incrusta sus tentáculos en las fuerzas del orden y en la institucionalidad política.

Violencia ha habido siempre, porque violenta es la vida; pero la violencia organizada y delincuencial debe ser combatida y no asumida como parte de la historia ni explicada con el cliché de que estamos viviendo la Colombia de los años 80, sin querer reconocer que esta violencia tiene nombres y apellidos, auspiciadores que al no ejercer el poder y la autoridad que el pueblo les otorgó, han entregado el Ecuador a las manos de las mafias, en una situación insólita nunca vista en el país desde que se fundó como república. Estamos viviendo el peor momento de nuestra historia.

Y, también, es el peor momento para las mujeres. Porque nosotras que hemos vivido siempre en un estado de violencia solo por el hecho de ser mujer: violencia física con violaciones y asesinatos, psicológica, económica y social, tenemos que soportar doblemente este andamiaje criminal que está inflamado por una gran carga de misoginia y mensajes patriarcales de odio y desprecio.

Ecuador muestra cifras alarmantes de violencia contra las mujeres. En el año 2022 en nuestro país se cometieron más de 332 femicidios, según cifras de la Asociación para el Desarrollo Alternativo (Aldea), la más feroz desde 2014 en que el feminicidio fue aprobado dentro de la legislación ecuatoriana. La víctima más joven tenía tres meses de edad y la mayor, 84 años. Generalmente estos crímenes se dan por celos, por violación, raptos, secuestros y delincuencia en un ambiente de impunidad ante una creciente inseguridad y criminalidad en la que está sumido un desesperanzado Ecuador del 2023 con un gobierno que ha demostrado su gran incapacidad e ineficiencia para dirigir la cosa pública.

Los hechos criminales contra las mujeres son solo rentables para los medios de comunicación, ellos le sacarán partido con sus noticias sensacionalistas en donde nunca faltará el detalle escabroso del hecho violento. “Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que una se acostumbra”, decía Simone de Beauvoir.

Escribí alguna vez que Ecuador es un país en donde se asesina impunemente a sus mujeres, un país que permite que la negligencia y la falta de celeridad se regodee sobre las víctimas. Que no hace nada y cuando lo hace es con cuentagotas y siempre por presión ciudadana. Que instituciones judiciales como la Fiscalía son muy ágiles y prontas para atender asuntos de persecución política y muy perezosas para hacer valer el derecho básico a la vida. Que cuando las víctimas reclaman las revictimizan, las avergüenzan, las hacen sentir culpables porque “ella fue la que lo provocó”. ¿Por qué salió sola a la calle? ¿Por qué se vistió de esa manera? ¿Por qué actuó así y no de otra forma? Ella misma se lo buscó. No era una chica “decente”. Las mujeres deben justificarse, sentirse culpables, tener vergüenza, quedarse calladas. Porque la cultura que vivimos es patriarcal, machista, generadora de una violencia aberrante contra millones de mujeres. Porque nos niega el derecho a una vida de paz, de igualdad y de dignidad. Y lo peor, hay poco deseos de cambiarla.

Pero cómo cambiar esta violencia milenaria que ha resistido todos los embates. En países que tienen las mejores leyes a favor de la mujer sigue apareciendo este monstruo de mil cabezas. Todos sabemos que es más fácil y más rápido cambiar las leyes, redactar una constitución, hacer una revolución que cambiar la cultura, la idiosincrasia de los pueblos. Pero también sabemos que con persistencia, con una educación con perspectiva de género, con voluntad política y batalla continuada por las mismas actoras, se puede. La esclavitud humana duró muchos siglos, muchos grandes pensadores la defendían y sin embargo, después de arduas luchas, se eliminó.

Con la Constitución del 2008 que elaboramos en la Asamblea Constituyente logramos un paso fundamental en la participación política de las mujeres ecuatorianas, que antes tenía una mínima representación en los asuntos del Estado. El artículo 65 de la Constitución ecuatoriana garantiza la representación paritaria de mujeres y hombres en los cargos de nominación o designación de la función pública, en sus instancias de dirección y decisión, y en los partidos y movimientos políticos, y el artículo 66 garantiza a las ecuatorianas el derecho a una vida libre de violencia. Sin embargo, no es suficiente. Ya lo decía un meme: “Leyes hay, lo que no hay justicia.”

El gran problema que tenemos las mujeres es la persistencia en la azotea subterránea del imaginario colectivo de los múltiples mitos y creencias que tiene la cultura machista y a la que de manera persistente y continuada debemos de cuestionar. Esto no se logra solo con leyes aunque son muy importantes; sino, también, deben ir en conjunto con la educación en la casa y en la escuela, pero no aquella supuestamente neutra que perpetúa el rosa y el azul; la muñeca para las niñas y la pistola para el varón; no con aquella que da cursos intensivos de seducción para las mujeres y de dominación para los hombres; sino con una Educación con Perspectiva de Género que sea obligatoria en todo el sistema educativo. Educar en la escuela, educar en la familia. Educar a través de los medios de comunicación masiva, desnudar el lenguaje sexista y los signos y señales que perpetúan la sociedad patriarcal, y para esto se necesita voluntad política y más mujeres comprometidas y con consciencia de género en las calles y en el Poder.

No sé cuánto tiempo se necesita, ni cuánto tiempo dure la esclavitud patriarcal, pero de que va morir, va a morir.

rmh/ab

*Escritora, diplomática y periodista ecuatoriana

(Tomado de Firmas Selectas)

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