Por Gustavo Espinoza M.*
Exclusivo para Prensa Latina
Fidel esperaba a todos los invitados en una clara demostración de la importancia que le concedía Cuba a esa cita que tenía lugar -y eso no lo sabíamos- en el mismo momento en el que afirmaba su presencia en Bolivia el Guerrillero Heroico, el Comandante Ernesto Guevara.
Cuando Fidel me tomó de las manos, yo sentí como el recorrido de un haz que alentó ideas que bullían ya entonces, y que confirmarían el derrotero de mi vida en cada recodo del camino. Pude intuir el sentido del mensaje que la Patria de Martí trasmitía a todos los pueblos de nuestro continente.
En el desarrollo de la Conferencia de OLAS la presencia de Fidel no se hizo notar. Supimos que seguía con gran atención los puntos de vista expuestos por unos y otros, y que tomaba nota de los debates. Sus voceros más calificados –o los que estuvieron más cerca de nosotros- fueron Armando Hart, Jesús Montané y Manuel Piñeiro.
¿Hubo encuentros y desencuentros en ese certamen? Claro que los hubo. Pero se registraron básicamente entre los delegados de los Partidos Comunistas y los líderes de los grupos más radicales.
Seguramente para los dirigentes cubanos que concurrieron a la cita, no fue fácil diseñar el perfil de una política, puestos en un escenario sin duda no deseado. No tenían interés alguno de distanciarse los PPCC, pero tampoco mostraban disposición a renunciar al apoyo que recibían de movimientos de izquierda no comunista, algunos de los cuales aportaban valiosas lecciones para el movimiento.
Fue -quizá- la habilidad de Fidel la que permitió finalmente que la Conferencia de OLAS concluyera en buenos términos. Su discurso de clausura del evento fue una reafirmación de las dos grandes líneas mantenidas por Cuba hasta hoy: el aliento para la lucha revolucionaria de los pueblos y la búsqueda de la unidad de acción.
A partir de 1968, el proceso patriótico y antimperialista conducido por el general Juan Velasco en el Perú, permitió nuevos vínculos con Cuba y abrió posibilidades mayores para nuestro acercamiento a la dirección del Partido Comunista de ese país, y su pueblo. A partir de entonces, el Perú vivió episodios fundamentales, varios de los cuales anudaron más los lazos entre pueblos hermanos.
Fidel tuvo idea clara de lo que implicaba, en el contexto latinoamericano de la época, los acontecimientos que ocurrían en el Perú.
Hay quienes aseguran que preguntado por su actitud ante el gobierno del presidente Velasco, él aseguró que no podía pronunciarse porque eso podría ser considerado como una injerencia en asuntos internos de otro país; pero ante la insistencia del reportero aseguró lacónicamente: “si yo fuera peruano, apoyaría al gobierno del presidente Velasco”.
No sé si fue confirmada, o no, la información; pero en todo caso reflejó bien el sentimiento de Cuba hacia el Perú en esa época, y la mirada zahorí del Comandante, que siempre vio más lejos que todos en el proceso de la historia.
Un hecho extremadamente grave precipitó los acontecimientos de la época. El terremoto del 31 de mayo de 1970, cuyo epicentro se ubicó en el Callejón de Huaylas. Un total de 70 mil perdieron la vida y el sismo afectó también a Lima y gran parte del país, y dejó una horrenda secuela de destrucción y muerte.
Pero al mismo tiempo generó un nuevo fenómeno: abrió paso a una corriente solidaria que unió a los peruanos como si la desgracia los hubiera sensibilizado de pronto. Nadie estuvo más presto y solícito a ayudarlos que el gobierno de Cuba.
De allí llegaron, en efecto, aviones con víveres, medicinas y ropa. También arribaron equipos médicos, profesionales, brigadistas y rescatistas, muchos de los cuales arriesgaron sus vidas para ayudar a los damnificados. Hospitales completos y material quirúrgico de primer nivel destacaron en la solidaridad cubana en esa circunstancia.
Lo que más impresionó fue la foto de Fidel Castro, tendido en una camilla, donando sangre para los peruanos, ejemplo que fue seguido por inmensas colas de voluntarios que brindaron también su sangre solidaria.
Ese gesto no sólo fue valorado en su momento, sino que se proyectó en el tiempo y fue un símbolo vivo del espíritu internacionalista de la Revolución Cubana y sus dirigentes.
A ese periodo corresponde también la trágica muerte de un colaborador cubano, Elpidio Berovides, quien falleciera al caer a un profundo barranco el vehículo que lo transportaba durante su misión en la serranía del departamento de La Libertad.
Cuando ocurrieron todos esos hechos, Cuba no mantenía relaciones diplomáticas con el Perú. Para viajar a La Habana, los peruanos debían cubrir una ruta extensa. Trasladarse a Santiago de Chile y luego seguir un itinerario: Santiago-Zurich-Praga-Moscú, hasta llegar a la capital cubana.
Velasco Alvarado y Fidel Castro fueron las figuras señeras de ese proceso. Y a fines de 1971, la primera representación diplomática cubana arribó a nuestro país, encabezada por el Capitán del Ejército Rebelde Antonio Núñez Jiménez, quien cumplió de una manera muy satisfactoria su función en nuestro país.
Antes del restablecimiento de las relaciones, en 1971, el Comandante cubano y su comitiva hicieron una “escala técnica” en Lima, en su regreso del Chile de Salvador Allende.
Se desarrollaba entonces en Lima el II Congreso Nacional Ordinario de la CGTP. Por acuerdo unánime de los delegados, se suspendió el congreso y los delegados se trasladaron al Aeropuerto Internacional Jorge Chávez para dar la bienvenida al ilustre visitante.
Centenares de trabajadores coparon así la rampa del área internacional del campo de aterrizaje y ondearon las banderas de Cuba y el Perú en señal de regocijo. Y en esa circunstancia se produjo el único encuentro registrado entre Fidel y Juan Velasco Alvarado, quien lo recibió con todos los honores y departió con él.
Cuando concluyó el encuentro, los mandatarios, una delegación de la CGTP, liderada por el presidente de la central, Isidoro Gamarra, se acercó a Fidel y lo saludó calurosamente. Ese fue mi segundo encuentro con el máximo dirigente de la Revolución Cubana ya que, en mi condición de Secretario General de la Central tuve el privilegio de integrar el grupo que lo saludó y dialogó con él ante la prensa.
En febrero de 1972, una delegación de la CGTP fue invitada por la Central de Trabajadores de Cuba para visitar ese país. Me correspondió encabezar la delegación, integrada además por José Chávez y Percy Santos, integrantes del Consejo Nacional y dirigentes de los metalúrgicos y los pescadores, respectivamente.
Visitamos fábricas en las que tuvimos encuentros con los trabajadores a los que les expusimos la experiencia peruana y, entre otras actividades, compartimos horas valiosas con Lázaro Peña, histórico líder obrero, y finalmente tuvimos un prolongado encuentro con Fidel, quien nos visitó en compañía de sus colaboradores más inmediatos de entonces: Jesús Montané y Manuel Piñeiro.
La conversación con Fidel Castro tuvo niveles de asombro. Ocurrió en lo que seguramente sería una suerte de Casa de Protocolo, en la última jornada de nuestra visita a Cuba. Tres horas más tarde se abrió la puerta de la casa para dar paso a la imponente figura de Fidel. La entrevista se prolongó casi hasta el amanecer.
Fidel habló con nosotros de todo: la crisis mundial, los problemas que afrontaba el gobierno de los Estados Unidos, la guerra de Vietnam, la situación en Palestina, la política internacional del socialismo, los avances registrados en la construcción de la nueva sociedad cubana, la historia del movimiento obrero.
Nos habló de sindicalismo, reivindicaciones laborales, las tareas de la CTC en Cuba; pero además de economía, política, salud, educación, deporte y cultura. Y auguró largas y fructíferas relaciones entre nuestros dos países. Y abordó ciertamente el rico escenario continental. Fue una verdadera y actualizada lección para nosotros.
Adicionalmente, nos habló del Perú, de su geografía, historia, composición social, posibilidades productivas, recursos. Y muy modestamente, nos expuso los avances de Cuba en las más diversas áreas, pero nos explicó también las inmensas dificultades que debían vencer. Fue una manera muy práctica de asegurarnos que la lucha revolucionaria era extremadamente compleja y difícil.
La conversación con Fidel se desarrolló con preguntas mutuas. Hubo anécdotas, recuerdos, experiencias y un gran interés por conocer y dominar realidades. En lo que a nosotros se refiere, salimos del encuentro convencidos de que Fidel conocía del Perú muchísimo más que nosotros. Y no sólo sabía lo que había ocurrido allí en el pasado, sino también de lo que estaba sucediendo, y de los problemas que se nos habrían de presentar.
Muy expresivo, nos recomendó muchísimo inducir a los trabajadores a conocer y dominar la realidad nacional, educar políticamente a las masas, formar conciencia de clase, alentar a los jóvenes, organizar a las mujeres, ganar a la intelectualidad para que se sume a la causa. Y nos dijo además, que no debíamos “hacernos ilusiones”, porque la lucha sería muy dura y sacrificada. Demás está decir que todos sus pronósticos se cumplieron.
Cuando en febrero de 1973 el general Velasco sufrió un severo accidente vascular que derivó en la amputación de una de sus piernas, Fidel personalmente recabó toda la información pertinente y dispuso el envío inmediato del equipo médico que salvó la vida al conductor del proceso peruano.
A inicios de 1974, y luego de participar en la 61 Asamblea General de la Organización Internacional del Trabajo, la delegación peruana concurrente a ese evento hizo un viaje de Ginebra a La Habana.
El entonces ministro de trabajo del Perú, el general AP Pedro Sala Orosco había hecho muy buenas migas con el titular de esa Cartera en Cuba, Oscar Fernández Padilla, y aceptó complacido la invitación que éste le formulara para visitar la isla en compañía de los funcionarios del portafolio y los representantes de los trabajadores y empleadores que lo acompañaban.
En mi condición de Secretario General de la CGTP y representante sindical peruano ante a OIT, integré esa delegación.
Como en la experiencia anterior, también en esta el esperado encuentro con Fidel ocurrió el último día de nuestra estancia en ese país. Fue un domingo. Y tuvo lugar en la residencia del embajador peruano en La Habana.
Aprovechando que visitaban Cuba dos delegaciones de nuestro país –la nuestra y una del Ministerio de Energía y Minas, y que estaban también algunos militares con sus esposas- el representante peruano organizó una Pachamanca -carne asada sobre piedras calientes en un hoyo cubierto-, preparada por cocineros peruanos en el Jardín de la embajada. Asistieron Fidel, Raúl, Vilma Espín y varios otros dirigentes, en todal unas 20 personas.
De hecho sorprendió a todos la variedad temática manejada por Fidel. Tan sólo al llegar a la cita y saludar a las esposas de los militares que allí se hallaban, habló de telas, tejidos, bordados, entramados y otros, que nosotros nunca imaginamos que pudieran concitar el interés de un líder de su altura. Se refirió al corte de los trajes, a los estilos de la vestimenta, y aludió a las modas en diversos países. Les explicó a las señoras que lo miraban con asombro, cómo eran los vestidos de las mujeres en la India, Japón, China y Tailandia, y les refirió las costumbres de las mujeres de esos países en cada una de las etapas de sus vidas.
Luego de platicar casi dos horas con ellas, abordó con los uniformados temas militares: el armamento, las municiones para cada tipo de fusiles, el manejo de las ametralladoras ligeras, las modalidades de la retrocarga en las pistolas, las bondades de los fusiles AKM, las tácticas militares usadas por los Partizanos en la II Guerra Mundial en Francia y en Italia.
Asimismo, las modalidades de combate más usadas en la Guerra Civil Española, las acciones de los guerrilleros rusos en la lucha contra la ocupación hitleriana, las operaciones gigantescas del Ejército Rojo. Todo esto de manera fluida, pero con una modestia impresionante. Los oficiales peruanos lo miraban con asombro.
Mientras saboreaba la sabrosa Pachamanca, habló de la comida cubana, explicó lo que era la Caldosa -que pocos conocían-, y de los platos más comunes: el Congrí, la Ropa Vieja; y las distintas variedades de ron que se producían en su país. También habló de la culinaria peruana, que dominaba, y del Pisco, con la sapiencia de quien conocía a fondo sus variedades, proceso de destilación y otros detalles.
Y, claro, hizo una neta diferenciación entre el “Pisco artesanal” y el “Pisco comercial”, aludiendo también a las modalidades de uva que se usaban en la preparación del licor peruano: quebranta, moscatel, albilla, Italia y otras, así como del Pisco Acholado y el Mosto Verde, que también conocía.
Luego de las dos de la tarde habló de política. Aludió a los capitanes portugueses de la Revolución de abril, a los avances militares de los vietnamitas en la guerra contra el invasor yanqui -pronto los liquidarán, nos dijo con gran seguridad.
Explicó lo que ocurría en Africa, de la presencia de Cuba en Angola, de la batalla de Cuito Cuanavale, de la lucha contra el régimen del Apartheid, de la caída del colonialismo en el continente negro. También habló del pueblo palestino y de la perfidia de Israel contra los pueblos árabes.
Aludió a los pueblos de América Latina, a las tramas golpistas de Pinochet y a la ferocidad del fascismo, que no sólo se ensañaba con el pueblo de Chile, sino que también había asesinado a militares por su resistencia a planes genocidas.
Después preguntó, vivamente interesado, por el proceso peruano. Comentando las opiniones de los asistentes, recomendó a los peruanos actuar con la mayor responsabilidad, mantener muy abiertos los ojos ante los planes del enemigo.
Y asegurar siempre la unidad en todos los niveles: la unidad de la fuerza armada, la unidad del pueblo, la unidad de los sindicatos y la concertación de fuerzas para cumplir los propósitos que el propio gobierno peruano había anunciado.
Volvimos a Lima alrededor del 10 de julio y dos semanas después tuvimos la ocasión de recibir en el Aeropuerto Internacional al Comandante Raúl Castro, quien vino invitado por el gobierno peruano y enviado por Fidel.
En toda esta etapa, entre 1968 y 1976, desde la CGTP se desplegó una amplia campaña de solidaridad con Cuba. Muchos actos de identificación con la Revolución Cubana ocurrieron en nuestro país en todos estos años.
Incluso, una delegación presidida por el ministro de Trabajo de Cuba y los principales dirigentes de la CTC de la época arribaron al Perú invitados por el gobierno de nuestro país. Ellos, en compañía del aún ministro de Trabajo del Perú, el general Sala, fueron recibidos en el local de la CGTP en un acto solemne.
El cambio político ocurrido en el Perú en agosto de 1975 modificó radicalmente el escenario nacional y también el nivel de las relaciones con Cuba. En 1978 Antonio Núñez Jiménez fue convocado a La Habana, y debió volver a su país.
La campaña reaccionaria contra Cuba se fue profundizando al tiempo que la administración de Morales Bermúdez abría campo a lo que se llamaría “la transferencia del poder a los civiles”, alambicada frase que encubría un solo propósito: devolver el gobierno a las camarillas reaccionarias del pasado.
En abril de 1980 la campaña contra Cuba alcanzó su grado más alto en el periodo. Un grupo de supuestos “disidentes” cubanos se introdujo ilegalmente en la sede de la embajada peruana en La Habana y al hacerlo dio muerte a un custodio cubano que protegía la sede diplomática.
El gobierno de Cuba planteó la denegatoria del asilo para los intrusos, opinión que fue compartida por el embajador de nuestro país, Edgardo de Hábich. La Cancillería peruana, dirigida ya por los grupos más conservadores de Torre Tagle, actuó de otro modo y justificó la presencia de los llamados “disidentes”, a los que anunció les concedería asilo.
El gobierno peruano endureció su posición y opto por proteger a los desafectos de Cuba, lo que le permitió guarecer a muchos más. Las autoridades cubanas, en vías de evitar desmanes y violencia, optaron por retirar los custodios de la sede diplomática, lo que permitió que ingresaran a ella alrededor de diez mil personas.
Muchos de los “refugiados“, en realidad eran simples delincuentes. Otros integraban las “partes blandas” de la sociedad cubana -parásitos, aventureros, meretrices. También los hubo quienes simplemente querían “salir del país”, como quisieran salir también del Perú o de otros países de la región, si se les presentara la oportunidad de hacerlo.
La inmensa mayoría de ellos quería realmente irse a Estados Unidos, alentada por las autoridades yanquis, que ofrecían el oro y el moro a todos los “disidentes cubanos”.
Finalmente, los ocupantes de la embajada del Perú en La Habana salieron de Cuba por un embarcadero especialmente habilitado en Mariel, y arribaron a nuestro país en busca de “una vida mejor”, que nunca encontraron.
Muchos usaron al Perú como “puente” para viajar a Estados Unidos, o a España. Muy pocos quedaron acá y hubo quienes optaron por retornar a su patria. La relación oficial peruano-cubana, sin embargo, quedó mellada.
Fidel siguió muy de cerca los sucesos aquellos. Y adoptó todas las medidas necesarias para resolver las cosas sin daños a la vida humana y a los bienes del Perú. Se esforzó también al máximo porque no se deterioren los vínculos entre los dos países.
Se abrió un periodo complicado que duró casi todo el segundo gobierno de Fernando Belaunde. En esa etapa, las relaciones fueron formales y el intercambio en todos los niveles descendió significativamente. Las fuerzas progresistas lucharon de modo consecuente por la afirmación de las relaciones con Cuba.
En diciembre de 1986 una delegación parlamentaria peruana integrada por 10 miembros de la Cámara de Diputados, visitó Cuba. Con Alejandro Olivera, de mi Partido, y otros colegas congresistas de diversas bancadas, integré ese grupo y participé en un nuevo encuentro con Fidel, que se realizó en el Palacio de la Revolución, en La Habana, y que duró entre las cinco de la tarde y las nueve de la noche.
En esa circunstancia, los parlamentarios peruanos –de las filas del APRA y de distintos partidos de Izquierda Unida- intercambiamos con Fidel puntos de vista y criterios referidos al escenario de entonces.
El líder cubano abordó con detenimiento los problemas derivados de la crisis de la economía capitalista, el no pago de la deuda externa, los programas económicos del neoliberalismo y la crisis política regional que se expresaba también en violentas confrontaciones armadas en América Central.
Aludió a la última etapa del régimen de Pinochet en Chile y a la lucha de los sandinistas en Nicaragua por recuperar el poder, así como a la necesidad de afirmar los procesos democráticos que se instauraban en Brasil, Argentina, Uruguay y otros países.
A partir de la caída del régimen socialista en Europa del Este y la posterior desaparición de la Unión Soviética, Cuba inició lo que se dio en llamar el “Periodo Especial” en el que la preocupación de Fidel fue salvar a su país y proteger los derechos de su población.
Desde el Perú fue muy poco lo que pudo hacerse por Cuba. Los peruanos, después del gobierno de García vivimos la trágica experiencia de la dictadura fujimorista. Fueron diez años –entre 1990 y el 2000- en los que la relación con Cuba se redujo significativamente.
En 1997, Fidel recibió a Alberto Fujimori y aceptó recibir a los activistas del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) que mantenían rehenes en la embajada de Japón, que habían tomado. Fujimori optó por liquidar a los emerretistas.
En octubre del 2001 tuvo lugar en La Habana el Congreso Latinoamericano de Periodistas. Se acababan de producir los atentados terroristas de Nueva York y el mundo miraba con preocupación el desarrollo de los acontecimientos.
En el evento celebrado en el Palacio de las Convenciones de La Habana, 350 hombres de prensa de diversos países abordamos diversos temas: el rol de los medios de comunicación, la lucha contra el monopolio de los medios informativos, el papel de la prensa grande, los derechos de los periodistas y otros temas.
Integrando la delegación peruana, tuve la posibilidad de intervenir en el segundo día, exponiendo ante todos los asistentes algunos rasgos vinculados al papel de los medios en nuestro país.
Mi intervención fue bien recibida por los asistentes, pero al término de la misma, Fidel anunció que quería comentarla, razón por la que solicitaba que yo permaneciera en el podio.
La intervención de Fidel fue de unos veinte minutos. En ellos, comentó lo que yo había dicho; subrayando que en el Perú se habían usado recursos novedosos en la lucha contra el gobierno de Fujimori, que ellos eran comprensibles y estaban plenamente justificados. Habló de las formas de lucha de las que los periodistas cubanos se habían valido combatiendo a la dictadura de Batista, y aseguró que esas épocas jamás volverían a Cuba.
El último día, en efecto, Fidel comenzó su intervención poco antes de las 10 de la noche y se extendió por seis horas, concluyendo casi a las cuatro de la madrugada. Fue una exposición medular y sustanciosa, en la que el líder cubano abordó todos los temas de interés mundial.
Seguimos con interés el hilo del discurso, y luego intercambiamos apreciaciones con el poeta Marco Martos, que integró también ese colectivo peruano, y coincidimos en considerar el cuadro presentado por el Comandante como el más acabado y vivo retrato de la situación mundial, y como un aliciente para todas las generaciones venideras.
Dos años más tarde, en abril del 2003, siendo presidente de la República Alejandro Toledo, se produjo un conflicto en las relaciones entre nuestro país y Cuba.
El gobierno peruano, en la reunión del Comité de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, celebrada en Ginebra, alentó y logró que fuera aprobada una resolución mediante la cual se demandaba a Cuba que permitiera la visita de un Comisionado de Naciones Unidas para la Protección de los Derechos Humanos. Los términos en los que fue planteada la exigencia y su fundamentación implicaban una virtual censura a Cuba.
Las autoridades de la isla, con evidente malestar, rechazaron la resolución y el diario “Granma” editorializó, considerando que la idea respondía a una iniciativa del Imperio. Y añadió que “los lacayos del Imperio” habían usado el tema para atacar a Cuba
El diario “La República” tomó nota de la controversia y puso en primera plana la foto de Fidel diciendo que el líder cubano había “injuriado al Perú”, al calificar de lacayo del Imperio al gobierno peruano, versión que repliqué en la página editorial del mismo diario. Se trató de un simple incidente que no tuvo mayor implicancia.
En cambio, sí alcanzó notoriedad en el Perú el esforzado trabajo que se hizo en demanda de la libertad de los cinco héroes cubanos prisioneros del Imperio desde 1998 y liberados finalmente y en su totalidad solo en diciembre de 2014.
La “Causa de los Cinco” -de la que fue Fidel el primer abanderado- fue tomada en manos de peruanos que hicieron honor al requerimiento planteado por Cuba en esa circunstancia.
Hoy podemos decir que este valeroso combatiente vive siempre entre nosotros. Como lo hemos precisado antes, aunque nunca permaneció un tiempo en nuestro país, siempre tuvimos la idea que nos conocía más que nosotros mismos.
En cada uno de los encuentros brillaba su dominio de la realidad nacional. Sabía de nuestra geografía y nuestra historia. Dominaba nuestra cultura en las más diversas esferas: la poesía, la pintura, el teatro, la literatura. Evocaba las costumbres ancestrales de los peruanos desde los desiertos de la costa hasta la amazonía, pasando por cierto, por los contrafuertes andinos.
Sabía de música y de leyenda. Pero también de tejidos, cerámica y colores. Y conocía de sobra el carácter de nuestros hombres y nuestras mujeres. Y nunca tuve duda que los amaba profundamente porque siempre –cuando hablaba- nos miraba a los ojos con una sencilla pero infinita ternura.
Hoy podemos asegurar que aún tenemos una inmensa deuda con él, pero también con nuestro pueblo. Venciendo todos los obstáculos, nosotros u otras generaciones de peruanos lograremos llegar a la meta para hacer honor a nuestra historia.
arb/ge-mrs
*Periodista y profesor peruano. Presidente de la Asociación de Amigos de Mariátegui y director colegiado de Nuestra Bandera. Excongresista y ex secretario general de la Confederación General de Trabajadores del Perú.





