Por Frei Betto*
Colaborador de Prensa Latina
Viajaba a la luna, salía de los pantanos tirando de sí mismo por los cabellos y cabalgaba sobre proyectiles de cañón. El detalle menos importante era saber si aquello había sucedido realmente; lo esencial era contarlo con convicción. Como enseña Aristóteles, la ficción no necesita ser verdadera, sino verosímil.
En la política brasileña, hay quienes parecen haber descubierto la misma técnica: cuando cuentan una mentira y la realidad aprieta, fabrican otra mentira.
Flávio Bolsonaro no es el barón de Münchhausen, naturalmente. El personaje de Rudolf Erich Raspe (1737-1794) es una creación literaria. Pero la comparación ayuda a comprender un fenómeno político contemporáneo: la capacidad de desviar el foco de lo que está documentado hacia aquello que se desea que el público creyera.
El caso Daniel Vorcaro es un ejemplo. Documentos divulgados en el marco de las investigaciones sobre el Banco Master y su propietario sitúan a Flávio Bolsonaro en el centro de las pesquisas sobre recursos destinados a la película “Dark Horse”, una producción sobre Jair Bolsonaro.
Según el diario Folha de S. Paulo, una investigación de la Policía Federal constató que Flávio Bolsonaro era interlocutor directo de Vorcaro y negoció una financiación que podría alcanzar los 131 millones de reales; al menos 63 millones habrían sido efectivamente
pagados, según documentos difundidos por la prensa.
Flávio Bolsonaro, por su parte, afirma que no negoció contrapartidas por el dinero y, en una entrevista con el noticiero de televisión Jornal Nacional, declaró: «No firmé contrato con nadie». Dijo que su participación consistió en autorizar el uso de su imagen y captar inversores.
Ahí está la materia prima perfecta para Münchhausen: por un lado, documentos, mensajes e investigaciones; por otro, versiones políticas destinadas a reorganizar la narrativa.
Un detalle digno del barón es que, mientras surgían noticias sobre sus relaciones con Vorcaro, Flávio Bolsonaro empezó a preguntar públicamente si Lula sería «amigo, consejero o socio» del banquero. Es una vieja técnica retórica: si la pregunta sobre uno mismo resulta
incómoda, hay que plantear otra -preferiblemente más escandalosa- sobre el adversario.
El problema es que el barón de Münchhausen podía huir a la luna. Un candidato a la presidencia no puede escapar de la documentación acreditada por la Policía Federal y la Justicia.
Y las pruebas registran que Flávio Bolsonaro intentó llamar por teléfono a Vorcaro durante los cuatro días previos a la primera detención del banquero, según mensajes y llamadas hallados por la Policía Federal en el teléfono móvil incautado.
También consta que Flávio Fort LauderdaleBolsonaro viajó, en enero de 2025, en un jet privado propiedad de Vorcaro, desde Fort Lauderdale, Estados Unidos, hasta Brasilia.
Nada de esto, por sí solo, constituye delito. Esa distinción es indispensable. Una investigación no es una condena, una sospecha no es una sentencia y la cercanía no implica, “per se”, una ilegalidad. Pero tampoco se puede convertir la existencia de documentos probatorios en pura fantasía simplemente porque resultan políticamente incómodos.
Münchhausen tenía una ventaja: nadie esperaba que sus historias fueran ciertas. El lector ya sabía que estaba ante un fabulador. En la política, sin embargo, la situación es más delicada. El fabulador puede intentar convencer al elector de que el pantano no existe, aunque tenga el barro hasta las rodillas.
Quizás esa sea la diferencia esencial entre la literatura y la política. En la literatura, la mentira puede resultar encantadora. Puede llevarnos a la luna, hacer volar caballos y transformar a un hombre en héroe de aventuras imposibles.
En la política, la mentira tiene consecuencias mucho más prosaicas, ya que puede ocultar relaciones, confundir responsabilidades, embrollar los hechos y convertir preguntas legítimas en cortinas de humo.
El barón de Münchhausen tiraba de su propio cabello para salir del pantano. Flávio Bolsonaro se enfrenta a otro tipo de pantano, pues cada intento de eludir una pregunta genera otra nueva. Y, en este caso, tal vez Jorge Luis Borges tenga razón respecto a los laberintos: allí, lo más difícil no es encontrar la salida, sino admitir que uno está dentro.
rmh/fb
*Escritor brasileño y fraile dominico, conocido internacionalmente como teólogo de la liberación, Frei Betto es autor de 60 libros de diversos géneros literarios –novela, ensayo, policíaco, memorias, textos infantiles y juveniles y de tema religioso. En dos ocasiones,
1985 y 2005, mereció el premio Jabuti, el reconocimiento literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. Asesor de movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, ha participado activamente en la vida política de Brasil en las últimas cinco décadas.





