domingo 2 de agosto de 2026

Víctor Jara y las garras del Cóndor

Buenos Aires (Prensa Latina) La noticia de la captura de un militar chileno condenado por el asesinato de Víctor Jara trae a la memoria una historia que merece ser rescatada del olvido: la de la red clandestina de contraespionaje informativo que, desde un departamento de Buenos Aires, enfrentó a la Operación Cóndor en los años más oscuros del Cono Sur.

Por Alberto Nadra*

Colaborador de Prensa Latina

Un testimonio personal que reconstruye el heroísmo anónimo de quienes, con lapiceras y transmisores, se enfrentaron al terror.

“Capturan en Chile a militar prófugo por asesinato de Víctor Jara. El exoficial Nelson Haase Mazzei ingresó a prisión para cumplir una condena de 25 años, tras ser localizado en una zona rural de la región de Los Lagos”.

La noticia, en el portal de Telesur, me conmovió y la memoria de una gesta desconocida, las acciones de contraespionaje frente a la Operación Cóndor, volvió a mi mente. Para rescatarla y para homenajear a sus protagonistas, casi todos tan heroicos como anónimos.

Fue en algún momento de octubre o noviembre de 1973, cuando con apenas 21 años recibí una de tantas cartas que llegaban a un «buzón» de correo con envíos desde Chile, a pocas semanas del golpe que derrocara a Salvador Allende.

Entre mis manos, mecanografiadas en un papel tipo manifold, leo una primera estrofa:

Somos cinco mil aquí.

En esta pequeña parte de la ciudad.

Somos cinco mil.

Estremecido, estaba ante el último poema de Víctor Jara, de quien ya sabíamos que había sido asesinado en el campo de exterminio que el pinochetismo organizó en el Estadio Nacional, de Santiago de Chile.

Mucho después, también conoceríamos que el 15 de septiembre de 1973 le pidió a su compañero Boris Navia una lapicera y un anotador, y horas antes de ser asesinado alcanzó a entregarle Somos cinco mil o Estadio Chile.

Su cuerpo fue identificado días después en la morgue por su compañera Joan Turner Jara: de acuerdo con posteriores peritajes, había recibido 44 balazos y presentaba 56 fracturas óseas.

DE BUENOS AIRES A MOSCÚ

Semana a semana, aún en periodos de legalidad, llegaban a una sólida y clandestina cadena de «buzones» los envíos desde Chile y otros países bajo dictaduras en el Cono Sur. Algunas veces a una casilla en el antiguo Correo Central, en este caso a Caballito, en la calle Emilio Mitre, la casa de la familia Sosto, madre e hijos comprometidos en la solidaridad con el pueblo chileno.

Uno o dos días después, de forma simultánea por Radio Moscú, la daba a conocer el escritor chileno José Miguel Varas en el programa Escucha Chile, y Arturo Lozza, que conducía La semana argentina. La repercusión fue inmediata en Radio Praga, Radio Berlín y luego buena parte de la prensa occidental.

Este esquema de envíos informativos fue vital para desenmascarar las dictaduras regionales, e informar y promover la solidaridad internacional con las víctimas del llamado «Plan Cóndor».

TRAS LAS GARRAS DEL CÓNDOR

El periodista y escritor soviético Valentín Mashkin, con quien en 1979 me entrevistaría en Moscú por intermedio de mi hermano, Rodolfo, fue el primer autor que sistematizó y reveló al mundo, con fundamentada información, la coordinadora criminal de las dictaduras del Cono Sur en los años ’70, la llamada «Operación Cóndor».

Este trabajo fue profundizado y completado por Stella Calloni en una investigación publicada en 1999, que incluye desde testimonios del Nunca Más, hasta las pruebas de los «archivos del terror», en Paraguay, documentos oficiales descubiertos gracias a una temeraria investigación del escritor, poeta, abogado y Premio Nobel Alternativo Martín Almada.

Poco antes, en 1998, aparecieron pruebas contundentes de la complicidad de las dictaduras y el apoyo estadounidense, con la desclasificación parcial de documentos de los Estados Unidos.

Poco conocida es, sin embargo, la contraofensiva que se realizó clandestinamente contra el Cóndor.

Se trató de un meticuloso trabajo de los servicios de inteligencia de la entonces Unión Soviética, alimentados en gran parte por lo que se dio en llamar «Córdoba 652, 11 E», calle, número, piso y departamento en donde, desde los años 60, se coordinaron los esfuerzos de recopilación de las denuncias y la solidaridad frente al cerco de dictaduras que se iba cerrando sobre el Cono Sur.

¿Los nombres de aquella increíble epopeya? Isidoro Gilbert, corresponsal de la Agencia TASS, que fue la «cobertura» de esta estructura que agrupó a las corresponsalías de las agencias de noticias de los entonces «países socialistas», así como de matutinos de gran impacto europeo como L’Unitá, L’Humanité, Neues Deutschland; Arturo Lozza; Rodolfo Nadra; Adolfo Coronato; y yo mismo, la «mascota» del equipo, hasta que me destinaron a Prensa Latina luego del golpe de 1976, con lo que sumamos, de hecho, otra agencia y vía de transmisión al exterior.

Y, con nosotros, paraguayos, como el escritor y poeta Elvio Romero; chilenos, como José Madlavsky, Enrique Martini, o Luis «Lucho» Córdoba; o Nicko Scwartz, años después embajador uruguayo en Vietnam. Gilbert fue el «responsable político» de Córdoba 652. En ese carácter hay muchísimas historias, datos y directivas que jamás nos comentó, ni debía hacerlo. Nosotros siempre lo aceptamos, pues era el jefe.

Lo curioso es que él tampoco supo que algunos de nosotros también conocíamos otros datos, establecíamos otras relaciones y recibíamos otras directivas -que expresamente no contradecían las que él recibía, simplemente eran otras- pero que se cumplían en estricto secreto, en primer lugar, para el propio Isidoro.

Eran, aunque no lo supiéramos cabalmente, los años que fuimos tras las garras de El Cóndor.

UN RASTRO SANGRIENTO

Horroriza hoy -a más de 40 años de los hechos- repasar las acciones de la Operación Cóndor, dirigida por la CIA de George Bush (padre) y el secretario Henry Kissinger, con sicarios cubanos de la antigua OAS francesa o la Triple A nativa, todos a su servicio.

Chile, mediante el golpe organizado por Estados Unidos, se convierte en pieza clave y se une a los regímenes sangrientos de Paraguay, Brasil, Bolivia, Uruguay y -antes y después- a las distintas dictaduras argentinas.

Bajo su coordinación, las Fuerzas Armadas del Cono Sur concretaron el crimen del expresidente boliviano Juan José Torres el 2 de junio de 1976; los del exjefe del Ejército de Chile, general Carlos Prats, y su esposa, Sofía Cuthbert -el 30 de octubre de 1974- y el secuestro, tortura y muerte de los exlegisladores Zelmar Michellini y Héctor Gutiérrez Ruiz, el 21 de mayo de 1976. Todos cometidos en Buenos Aires, durante el gobierno de Isabel Perón primero y bajo la dictadura después.

También planificaron y concretaron -nada menos que en territorio de los Estados Unidos- el asesinato de Orlando Letelier, exministro y embajador de Allende, y su secretaria, con la activa participación del agente de la CIA Michael Townley, el 21 de septiembre de 1976; así como el brutal atentado al vuelo CU-455 de Cubana de Aviación, sobre la isla de Barbados, en el que perdieron la vida 73 personas el 6 de octubre de 1976.

Hubo intentos fallidos en 1975. Tal es el caso del vicepresidente chileno Bernardo Leighton en Italia, del socialista Carlos Altamirano y del comunista Volodia Teitelboim. Asimismo, hay otras muertes sospechadas en la lista, aunque no probadas como asesinatos.

Entre ellas se encuentran la del presidente de Ecuador Jaime Roldós, y la del líder panameño Omar Torrijos, considerados «peligrosos» por los Estados Unidos, y ambos víctimas de «accidentes» aéreos en 1981.

En octubre de 2011, abierto nuevamente en Argentina el rumbo para la Memoria, la Verdad y la Justicia, Sergio López Burgos -sobreviviente uruguayo de la Operación Cóndor y exdetenido de Automotores Orletti- denunció penalmente ante la justicia argentina a un centenar de funcionarios civiles y militares de su país por su participación en la coordinación del plan de represión ilegal.

Todos ellos forman parte de la legión de miles -miles- de hombres y mujeres secuestrados, cada uno de ellos con su nombre y apellido, su familia, su historia, a quienes en distintos territorios se torturó bárbaramente, y »remitidos» a sus países de origen; finalmente fueron asesinados en su mayor parte.

El «rastro sangriento de El Cóndor» -al decir de Mashkin- es imposible seguirlo en unas líneas, pero puede insinuarse al citar que, en 1992, el juez paraguayo José Fernández y el abogado, pedagogo y víctima de Stroessner, Martín Almada, descubrieron los llamados «archivos del terror».

De esta forma quedó probado, con documentación de sus autores, el plan sistemático de persecución y eliminación de los adversarios políticos -comunistas, socialistas e izquierdistas (con un sentido amplísimo del término)- con independencia de las fronteras nacionales.

Hay dos maneras de percibir la magnitud del horror. Una, por las -literalmente- cuatro toneladas de fichas de detención, grabaciones y fotos de torturas, registro de apresamiento y traslado entre los países integrantes.

Y otra, espeluznante, porque esas toneladas de documentación permiten probar al menos los casos de 50 mil personas asesinadas, 30 mil desaparecidos y 400 mil encarcelados.

Frente a esa inmensidad de dolor, las palabras de Víctor Jara, escritas en la víspera de su propia muerte, resuenan hoy con una vigencia estremecedora. Es el grito de los cinco mil, que son en realidad todos.

arb/mh/an

*Político, escritor y periodista argentino, quien trabajó para Prensa Latina durante los duros, peligrosos y cruentos años de la última dictadura cívico-militar (1976-1983).

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