Por Mariela Pérez Valenzuela
Corresponsal jefa en República Dominicana
Es un espacio oculto, un mundo de piedra, ladrillo y oscuridad que permanece fuera de la mirada de quienes recorren a diario el casco histórico y revela el ingenio de los constructores para enfrentar uno de los desafíos esenciales de cualquier asentamiento urbano: conducir las corrientes.
Allí, en las profundidades del centro histórico, permanece la Alcantarilla de las Atarazanas, una obra vinculada a las primeras soluciones hidráulicas de Santo Domingo y que constituye una de las expresiones menos conocidas de su patrimonio.
Su origen se remonta a inicios del siglo XVI, cuando el enclave comenzaba a organizarse en la margen occidental del río Ozama y sus maestros de obras debían encontrar soluciones para las corrientes que descendían por el terreno.
LA RESPUESTA FUE LLEVARLAS BAJO TIERRA
Las fuentes históricas señalan que el sistema de evacuación de aguas estuvo compuesto por dos grandes tramos. El inicial, conocido como Alcantarilla de Ovando, fue edificado hacia 1502. El segundo, levantado hacia 1509, cuando se erigían las Reales Atarazanas, recibió el nombre de Alcantarilla de las Atarazanas.
Esta última recogía el escurrimiento procedente de una extensa cuenca cuyo antiguo cauce era conocido como Caño Sucio, denominado así por la cantidad de animales y desperdicios que arrastraba la corriente.
Sin aquella solución, el caudal podía convertirse en una amenaza para las obras en el entorno de las Atarazanas.
Los contratistas optaron entonces por una respuesta que hoy sorprende por su resistencia: un conducto de mampostería, cubierto por una bóveda de ladrillos, que permitía encauzar el líquido.
UN INGENIO EN LAS PROFUNDIDADES
La obra nació de una necesidad práctica y permite apreciar las técnicas empleadas en una época en la que no existían los medios modernos de la ingeniería. Había que controlar el escurrimiento que descendía hacia el asentamiento y evitar afectaciones a las vías y el área próxima al puerto, donde las Reales Atarazanas desempeñaban una función esencial en la actividad comercial de la época.
Con el paso de los siglos, aquella solución terminó convirtiéndose también en un testimonio excepcional de la capacidad de ejecución de quienes dieron forma a los espacios urbanos pioneros.
La obra tampoco permaneció inalterada. La edificación de inmuebles sobre uno de sus extremos ejerció presión sobre la bóveda, que tuvo que ser reparada y reforzada con arcos para garantizar su supervivencia.
UNA MIRADA ARQUEOLÓGICA
El subsuelo comenzó a revelar con mayor claridad sus secretos durante las investigaciones vinculadas al proceso de recuperación de la Ciudad Colonial.
Entre los trabajos derivados de ese proceso destaca Arqueología del agua en Santo Domingo, investigación del arqueólogo y docente Ildefonso Ramírez, publicada en 2019 por el Programa de Fomento al Turismo Ciudad Colonial, con apoyo del Ministerio de Turismo y el Banco Interamericano de Desarrollo.
La obra fue elaborada a partir de las prospecciones arqueológicas desarrolladas entre 2013 y 2018, y demuestra que estudiar la ciudad colonial no significa mirar solamente sus iglesias, plazas, fortalezas y viviendas.
También hay que observar lo que permanece oculto bajo ella puesto que el subsuelo conserva evidencias de cómo se organizó la vida urbana.
En ese sentido, el antiguo sistema de drenaje adquiere una importancia que va mucho más allá de su función original.
Es una pieza de infraestructura que permite comprender cómo una población en formación tuvo que adaptarse al terreno y resolver problemas que continúan siendo esenciales para cualquier comunidad.
LAS ATARAZANAS
La historia de esta obra hidráulica está estrechamente relacionada con las Reales Atarazanas, un conjunto histórico de antiguos almacenes y astilleros navales situados en las proximidades del antiguo puerto.
Fue uno de los espacios estratégicos de la naciente urbe, vinculado al almacenamiento y movimiento de mercancías y a las relaciones marítimas entre Santo Domingo y otros territorios del imperio español.
Por eso, controlar el escurrimiento tenía también una importancia económica.
Las corrientes que bajaban hacia la zona podían afectar las edificaciones y las actividades desarrolladas allí.
El conducto permitió encauzarlas por debajo de la superficie y proteger un espacio que adquiría creciente importancia dentro de la organización urbana.
De esta manera, una obra hidráulica aparentemente modesta quedó integrada a un proyecto mucho mayor: la creación de un asentamiento capaz de funcionar y crecer.
UNA URBE ESCONDIDA
El tramo de la Alcantarilla de las Atarazanas que actualmente puede visitarse comienza en la intersección de las calles Restauración e Isabel la Católica y llega hasta el patio de las Reales Atarazanas.
El propio Ministerio de Cultura mantiene un protocolo específico para la conservación, puesta en valor, protección, mantenimiento y seguridad.
Para acceder es necesario solicitar autorización a la Dirección Nacional de Patrimonio Monumental, una medida destinada a preservar el sitio.
Descender hasta allí significa abandonar por unos momentos el espacio abierto y luminoso de la Ciudad Colonial para entrar en un ambiente completamente diferente.
Arriba están los adoquines, las fachadas, las plazas y el movimiento cotidiano. Abajo permanecen los muros que durante siglos recibieron la lluvia y soportaron el peso de un espacio urbano en permanente transformación.
EL TESORO HISTÓRICO QUE NO SE VE
La Ciudad Colonial fue declarada Patrimonio Mundial por la Unesco en 1990 debido a su excepcional valor histórico y cultural. Sus calles, edificios y monumentos permiten reconstruir buena parte de los primeros siglos de la presencia europea en América.
Pero existe otra dimensión de esa herencia que no siempre aparece en las fotografías ni en las guías turísticas. Está bajo los pies de quienes recorren el casco histórico, y esa extraordinaria obra hidráulica forma parte del legado invisible.
Su existencia demuestra que la formación de la capital dominicana no consistió solo en hacer casas, iglesias, fortificaciones y edificios públicos; también significó modificar y organizar el espacio situado bajo la superficie.
MÁS DE CINCO SIGLOS DESPUÉS
Quizás lo más extraordinario de esta obra no sea solamente su antigüedad, sino que todavía es posible recorrerla como testimonio de una etapa fundamental de la memoria urbana.
Y aunque nació para conducir el escurrimiento, hoy cumple otra función: transportarnos hacia el pasado.
Un espacio silencioso, que permaneció durante siglos fuera de la mirada cotidiana y que ahora permite descubrir el ingenio de quienes, hace más de 500 años, comenzaron a levantar un núcleo urbano pensando no solo en lo que debía ejecutarse sobre la tierra, sino también en lo que debía ocurrir debajo de ella.
La Alcantarilla de las Atarazanas es, así, mucho más que una antigua obra para conducir las corrientes. Es una solución de ingeniería que sobrevivió a la sociedad que la creó y que, todavía hoy, revela sus secretos desde las profundidades.
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