Por Pedro Rioseco López-Trigo*
Colaborador de Prensa Latina
Dirigentes de varias grandes potencias se pusieron de acuerdo hace 66 años para asistir al XV período de sesiones de la Asamblea General, en la que también figuraban importantes personalidades del Tercer Mundo como Jawaharlal Nehru, Gamal Abdel Nasser, Kwame NKrumah y Sékou Touré, entre otros.
Pero, con particular expectación se aguardaba en Nueva York al máximo líder de la triunfante Revolución cubana, el entonces primer ministro Fidel Castro Ruz, a la cita en el palacio de acero y cristal de la ONU, a orillas del East River.
En un gesto de prepotencia y descortesía, desde su llegada al aeropuerto de Idlewild (ahora John F. Kennedy) donde fue recibido con alegría por un grupo de simpatizantes con banderas cubanas, el gobierno norteamericano informó la confinación de Fidel a la Isla de Manhattan, donde se encuentra la sede de la ONU, sin permitirle salir de esa delimitación.
La delegación cubana se alojó en el hotel Shelbourne, cercano a las Naciones Unidas, donde rápidamente se congregaron miles de personas que querían ver a Fidel y el gerente del hotel intentó extorsionar a los cubanos exigiéndoles un depósito de 20 mil dólares por posibles daños, ante lo cual su respuesta, según relato del canciller Raúl Roa, fue inmediata.
“¡Son unos bandidos! ¡La ONU no debería estar en una ciudad donde no se respeta a las delegaciones que vienen a sus reuniones, donde no puede uno alojarse sin que traten de extorsionarlo!”, exclamó Fidel indignado y ordenó al capitán Antonio Núñez Jiménez salir a comprar tiendas de campaña para acampar en el jardín de las Naciones Unidas ya que no se podía vivir en el hotel.
“En la habitación, Fidel daba grandes zancadas de un lado a otro. Pidió al doctor Manuel Bisbé (embajador de Cuba) que llamara al secretario general de la ONU, Dag Hammarskjöld, y le solicitara una entrevista urgente”, agregó Roa, para dejar constancia de la protesta por el ofensivo tratamiento, y la necesidad de trasladar la ONU a un país civilizado, donde los jefes de Estado o Gobierno recibieran las cortesías debidas.
Fidel, mochila al hombro, arribó entonces a los jardines de la ONU para visitar al Secretario General y protestar de los insultos y groserías de que era objeto. Ya el líder afroamericano Malcolm X le había propuesto alojarse en el hotel Theresa, en el barrio negro de Harlem. Fidel aceptó, se instaló allí a las 11:30 de la noche del día 20 y desde una ventana saludó a los amigos de Cuba, la gente de Harlem.
En los alrededores del hotel Theresa, donde lo recibieron como Huésped Ilustre, una gran multitud se mantuvo en sus alrededores y lo aclamó con cariño y respeto. La conmoción mediática fue mayor al recibir allí la visita del entonces primer ministro de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Nikita Jrushchov.
“Súbitamente, aquella instalación más bien pobre se convirtió en noticia de primera plana”, dijo Roa, y contó que sirvió de intérprete durante el encuentro de Fidel con el jefe del gobierno indio, el Pandit Nehru y su ministro de Defensa, Krishna Menon.
“El discípulo de Gandhi, en atuendo característico, fue recibido al pie del elevador. Fidel agradeció su visita y apenado le dijo que no debía haberse molestado en ir hasta el hotel. Nehru respondió, con voz baja y grave: Quería tener el honor de estrecharle la mano a un héroe”, agregó.
El presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser, junto a su canciller, el doctor Mahmoud Fawzi, también acudió al Theresa. “Teníamos muchos puntos de contacto con la lucha antimperialista que libraba Egipto, tras la nacionalización del Canal de Suez; defendíamos idénticos principios: ambos apoyábamos resueltamente la lucha anticolonial de los pueblos africanos”, recordó Roa.
“Similares, por lo fraternales, fueron las reuniones con Kwame Nkrumah (presidente de la República de Ghana, político y filósofo panafricanista) y Ahmed Sékou Touré (presidente de la República de Guinea desde su independencia en 1958 hasta su muerte). Este último visitaría La Habana el 13 de octubre, inmediatamente después de intervenir ante la Asamblea General”, agregó.
En esa habitación del hotel Theresa, apuntó, “alrededor de 400 tarjetas constituyeron la única referencia escrita usada por Fidel en su magistral intervención ante la ONU, que mantuvo en vilo a centenares de delegados, invitados y miembros de la Secretaría (de la organización mundial), de pie en los pasillos, por más de cuatro horas”.
Justamente, a las dos y 40 minutos de la tarde del lunes 26 de septiembre de 1960, un joven de legendario uniforme guerrillero arribó a la entrada principal del edificio de las Naciones Unidas. El primer ministro de un país que, por primera vez en la Asamblea General de la ONU, alzaría su voz a favor de los pobres y la paz para todos y que sería interrumpido unas 30 veces por aplausos de los delegados.
Reseña la prensa de la época que cuando le correspondió su turno, Fidel Castro se puso de pie, y con pasos largos y firmes se dirigió hacia el podio. Tomó dos sorbos de agua y comenzó un discurso que hizo historia. “Eso sí, nosotros vamos a hablar claro”, fueron las primeras palabras pronunciadas.
“Las guerras, desde el principio de la humanidad, han surgido, fundamentalmente, por una razón: el deseo de unos de despojar a otros de sus riquezas. ¡Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra! ¡Desaparezcan las colonias, desaparezca la explotación de los países por los monopolios, y entonces la humanidad habrá alcanzado una verdadera etapa de progreso!”, dijo entonces Fidel y esa verdad mantiene hoy toda su vigencia.
arb/prl
*Periodista cubano.





