Por Germán Ferrás Álvarez
Corresponsal jefe en Moscú
El Aral se secó casi por completo después que a sus ríos alimentadores, el Sir Daria y el Amu Daria, les cambiaron su curso natural para proyectos de irrigación a gran escala en la década de 1960.
Era un ambicioso plan de convertir un desierto en fértiles tierras algodoneras y de cultivos varios, el cual obvió que cortar la entrada del vital líquido podría, como sucedió, llevar a la desaparición del lago.
Hoy, en su lugar se extiende un vasto desierto de sal, cuya desecación catastrófica para el ecosistema local, provocó la extinción de la fauna autóctona y aún más, porque los científicos detectaron otro grave peligro: el lecho seco del mar de Aral resulta ahora una importante fuente de emisiones de dióxido de carbono.
Los lagos y mares interiores desempeñan un papel vital en el ciclo global del carbono, ya que acumulan materia orgánica en sus sedimentos y evitan daños al entorno.
Sin embargo, cuando esas masas de agua se secan, los sedimentos quedan expuestos, la materia orgánica se descompone y el carbono almacenado regresa a la atmósfera en forma de dióxido de carbono.
Un estudio realizado por científicos del Centro de Estudios Avanzados de Blanes, en colaboración con el Instituto Leibniz de Ecología de Agua Dulce y Pesca Continental, reveló que los sedimentos expuestos del Aral liberaron 748 megatones de CO₂ a la atmósfera desde 1960.
Una cantidad significativa permanece bajo el antiguo lecho del lago, y la restauración de la capa de agua que lo cubre podría evitar la liberación de 605 megatones adicional, lo que equivale aproximadamente a tres años de las emisiones de gases de efecto invernadero de España.
“Hay un tesoro de carbono oculto bajo el mar de Aral”, explica el autor principal, Rafael Marse. “Si estos sedimentos permanecen expuestos, el carbono seguirá entrando en la atmósfera. Si el mar se vuelve a inundar, este carbono podría transformarse de una fuente de emisiones en parte de la solución al cambio climático”.
Los autores del estudio calcularon que la preservación de este carbono podría tener un valor económico significativo en los mercados voluntarios de carbono: de tres mil 600 y 18 mil millones de dólares en créditos de carbono negociables.
“La restauración suele analizarse principalmente en términos de costes. Nuestro estudio demuestra que la protección de estas vastas reservas de carbono también tiene un valor climático que podría incorporarse a los mecanismos de financiación del carbono”, señalan los autores.
ES POSIBLE RESTAURAR EL MAR DE ARAL
El coautor del estudio, Georgy Kirillin lleva más de 10 años estudiando el mar de Aral: “Mi investigación, realizada 20 años después de que se salvara el norte del mar de Aral, demostró que el lago ha recuperado un estado similar al que tenía antes de secarse. Por lo tanto, la parte restante del mar de Aral también tiene un gran potencial de restauración”.
Los científicos destacan que la restauración completa del mar de Aral supone un enorme desafío técnico, social y político.
Sin embargo, contabilizar el impacto del carbono y utilizar la financiación climática podría ser un catalizador importante si se combina con una mejor gestión del agua y programas de restauración ambiental y social para la región.
El mar de Aral no es el único ejemplo del impacto ambiental asociado a la desecación de grandes masas de agua. Procesos similares ya afectan al Gran Lago Salado y al lago Salton en Estados Unidos, al lago Urmia en Irán, al lago Chad en África y al mar Caspio, que se ve amenazado por una importante disminución de su profundidad en las próximas décadas.
La reducción de los mares interiores no solo constituye un desastre local, sino también un factor importante en el balance global de carbono.
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