Por Mariela Pérez Valenzuela
Corresponsal jefa en República Dominicana
Mientras el Gobierno apuesta por fortalecer su cosecha y comercialización, voces vinculadas al estudio de este patrimonio cultural advierten que el nuevo organismo debe ir más allá del enfoque económico y colocar en el centro a los productores, la historia y la identidad asociada a esta torta ancestral.
UN INSTITUTO CON AMPLIAS RESPONSABILIDADES
El proyecto, aprobado por el Senado, establece que el futuro instituto tendría como misión impulsar la siembra de la yuca, ofrecer asistencia técnica, facilitar crédito agrícola y supervisar la calidad para el mercado local y la exportación.
También contempla el fomento de investigaciones científicas e intercambios con instituciones internacionales vinculadas a toda la cadena de valor.
La dirigente política y activista social Virtudes Álvarez valoró como positivo el avance legislativo de la iniciativa, aunque consideró aún más relevante su eventual aprobación definitiva en la Cámara de Diputados.
A su juicio, el organismo no debe limitarse a tratar el casabe como una mercancía, sino reconocerlo como un bien de profunda raíz histórica.
“El casabe forma parte de nuestro ADN cultural. Es comunidad, resistencia y nuestro pan”, afirmó en entrevista con Prensa Latina.
Álvarez sostuvo que constituye un símbolo de perseverancia en países como República Dominicana, Haití, Cuba, Venezuela y Honduras, y advirtió sobre lo que describe como procesos históricos de sustitución alimentaria vinculados a un “colonialismo gastronómico”.
La también comunicadora expresó que esta idea debe reiterarse, pues el casabe ha sobrevivido a intentos de desplazarlo por pan de trigo.
Comentó que esos esfuerzos tampoco prosperaron con otros sustentos tradicionales, como la torta de maíz y la quinua.
A su juicio, distintas potencias coloniales intentaron durante siglos relegar el casabe de la dieta del pueblo dominicano. Agregó que, en tiempos más recientes, esas dinámicas de sustitución se han expresado a través de la expansión de cadenas internacionales de comida rápida, como McDonald’s.
EL PRODUCTOR EN EL CENTRO DEL MODELO
La dirigente se refirió al rol que debería asumir el nuevo instituto en la atención a las condiciones de vida de quienes participan en toda la cadena productiva.
Planteó que el desarrollo de esta industria exige políticas integrales que garanticen tanto la sostenibilidad del cultivo como la dignidad de los trabajadores del campo.
Puntualizó que su elaboración depende de un encadenamiento que incluye la calidad de la tierra, el riego, la fertilización y el control de plagas, entre otros aspectos, por lo que no puede abordarse de forma aislada.
Advirtió, además, que sin una visión estructural, el instituto podría reproducir limitaciones ya vistas en otras entidades del sector agroproductivo.
UN PATRIMONIO VIVO
El escritor e investigador Bernardo Rodríguez Vidal recuerda que este alimento es uno de los más antiguos del Caribe y que su elaboración se remonta a los pueblos taínos, mucho antes de la llegada de los europeos.
La técnica artesanal ha evolucionado, pero conserva saberes transmitidos de generación en generación, señaló a Prensa Latina.
Rodríguez Vidal destacó que su reconocimiento como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco representa una oportunidad para fortalecer su elaboración y la preservación de su identidad, siempre que se acompañe de políticas públicas coherentes.
MUJERES Y PEQUEÑOS AGRICULTORES
Gran parte de la fabricación artesanal sigue en manos de familias, especialmente mujeres, que trabajan en condiciones precarias y con remuneraciones limitadas.
El investigador sostuvo que el crecimiento del sector debe traducirse en mejores ingresos, asistencia técnica y oportunidades reales para estos actores tradicionales, que sostienen la continuidad de esta práctica.
UN POCO DE HISTORIA
Antes de 1492, el casabe ya formaba parte de la dieta de los pueblos originarios del Caribe, incluyendo La Española, Cuba, Puerto Rico y otras islas.
Diversos estudios señalan que su cultivo tiene orígenes en distintas regiones de América, tanto en Mesoamérica como en Sudamérica, desde donde se expandió a través de procesos migratorios.
En La Española, los pueblos oriundos elaboraban el “casabí”, una pieza plana obtenida tras procesar la yuca para eliminar su toxicidad natural y cocerla sobre un burén.
Con el tiempo, la técnica evolucionó y en la actualidad incorpora prensas y rodillos, además de nuevas variantes de sabor con ingredientes como coco, ajonjolí o especias.
Tras la llegada de poblaciones africanas al Caribe a partir del siglo XVI, se produjo un intercambio de saberes que dio origen a versiones como el “bobote”, una variedad más gruesa y enriquecida.
Aunque no existe un único origen territorial en el país, estudios del Ministerio de Cultura y la Asociación Dominicana de Antropólogos señalan como zonas relevantes algunas comunidades del norte de Santo Domingo y Monte Plata, donde se consolidó parte importante de su producción histórica.
MÁS QUE UN BIEN DE CONSUMO
Para Virtudes Álvarez, el sentido del Instituto Dominicano del Casabe dependerá de su capacidad para equilibrar desarrollo económico y preservación cultural.
“La revalorización de este alimento no puede reducirse a la exportación o al turismo; debe sostener su significado histórico y su legado de resistencia”, concluyó.
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