Por Enrique González
Colaborador de Prensa Latina
Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, 17 de diciembre de 1936 – Ciudad del Vaticano, 21 de abril de 2025), el papa Francisco, rompió tres “reglas de oro” en el momento de ser electo en marzo de 2013, según análisis de los vaticanistas:
No era el momento de un papa “latinoamericano”, no era concebible un papa “jesuita” y no estaba entre las figuras “papables” potenciales dentro del cónclave a partir de que había perdido su “oportunidad” de ser electo en el anterior, donde resultó elegido Benedicto XVI.
Para realizar una breve aproximación a lo que fue su Pontificado, podríamos comenzar por tres “claves” de lectura: Una agenda social centrada en los pobres y los migrantes, una Iglesia más abierta y cercana, y un impulso reformista que pretendió cambiar tanto la cultura como la propia estructura del Vaticano.
Su Pontificado quedó marcado por la defensa a los vulnerables, los migrantes, los pobres y los “descartados”, como le gustaba decir al papa argentino, unido ello a una preocupación constante por la dignidad humana y la justicia social.
Francisco, con esta línea pastoral convirtió su figura, tal vez sin proponérselo, en un referente moral para personas, más allá de la Iglesia católica.
Bergoglio dibujó una imagen de una Iglesia mucho más acogedora, menos rígida doctrinalmente hablando y mucho más dispuesta al diálogo adentro y afuera. Su estilo pastoral se basó en la cercanía, la sencillez y un lenguaje menos solemne, traspasando las fronteras del catolicismo.
Referencia obligada hay que hacer a sus intentos por reformar la Curia Romana y la vida interna de la Iglesia, introduciendo una mayor transparencia financiera y un mayor espacio a la sinodalidad como estilo de gobierno eclesial y con procesos de escucha y participación que buscaban ampliar la corresponsabilidad dentro de la institución.
Esto incluyó una remodelación del Colegio Cardenalicio, logrando una Iglesia más global y mucho menos eurocéntrica.
Sin embargo, una Iglesia “sinodal para todos” como proyecto, también generó tensiones. Si bien por un lado amplió espacios de participación y de discusión eclesial, por otro dejó abiertas varias interrogantes sobre sus límites reales dentro de una estructura todavía fuertemente centralizada.
Podríamos afirmar que en esta línea su reforma fue ambivalente: logró instalar una nueva gramática eclesial, pero no resolvió del todo la distancia entre el ideal sinodal y la práctica del poder en la Iglesia.
Por otra parte, debe significarse como uno de los rasgos más significativos de su ministerio fue el de la defensa constante de la paz. Su Pontificado estableció una trayectoria marcada por la reconciliación, el diálogo y la urgencia de terminar con la violencia.
Francisco entendía la paz no solo a partir de la ausencia de guerra, sino como el fruto de la justicia, la fraternidad y el encuentro.
En el plano doctrinal, las encíclicas “Laudato sí” y “Fratelli tutti” constituyeron dos de los principales aportes del Pontífice al pensamiento católico contemporáneo.
La primera introdujo con fuerza el concepto de ecología integral, articulando la crisis ambiental, la justicia social y la responsabilidad intergeneracional. La segunda propuso una ética de la fraternidad e introdujo el concepto de “amistad social”, ampliando así el horizonte de la doctrina social de la Iglesia hacia una crítica de la fragmentación, el individualismo y la polarización.
Ambos textos avalan la tesis de cómo Francisco no separó la cuestión religiosa de los desafíos estructurales del mundo contemporáneo. Su noción de la paz fue inseparable de la justicia, del cuidado de la creación y del reconocimiento de la dignidad humana.
Es precisamente por ello que su Pontificado puede leerse como un intento de reponer la centralidad moral del cristianismo en un escenario global atravesado por guerras, crisis ecológicas y debilitamiento del pacto social.
SOBRE CUBA
Antes de ser papa, Bergoglio ya había escrito sobre Cuba en el contexto de la visita de Juan Pablo II en 1998, defendiendo el valor del diálogo y criticando tanto un grupo de limitaciones internas como al bloqueo estadounidense.
El libro titulado “Diálogos entre Juan Pablo II y Fidel Castro” constituye una muestra de que su enfoque sobre Cuba venía desde antes de su Pontificado.
La visión de Cuba y la Revolución tuvo siempre un carácter histórico-simbólico en el pensamiento de un cura “peronista” y defensor de la “teología del pueblo”.
En sus memorias, parte de las cuales están contenidas en su autobiografía “Esperanza”, Francisco vincula a Cuba con su apuesta por la reconciliación, la diplomacia y la crítica al aislamiento económico.
El papa argentino fue un admirador del pueblo cubano.
Visitó Cuba en dos oportunidades. Primero en viaje apostólico, en septiembre de 2015; y después, en 2016, cuando se encontró con el patriarca Kirill, facilitando así el histórico abrazo entre católicos y ortodoxos y posicionando a La Habana como capital de la unidad cristiana.
Su legado diplomático se entiende hoy, en importante medida, a través de su papel en el acercamiento entre Cuba y los Estados Unidos, que se convirtió en uno de los ejes más emblemáticos de su Pontificado.
Fue el tercer papa en pocos años en visitar Cuba, mostrando un fortalecimiento en las relaciones diplomáticas entre ambos Estados en línea con la trayectoria de Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Mantuvo una mezcla de reconocimiento oficial al Estado cubano, unido a la defensa de la libertad religiosa y la consolidación de la Iglesia aquí, reforzado ello con la figura de la Virgen de la Caridad del Cobre como símbolo de reconciliación nacional.
El tema Cuba constituyó un núcleo importante de su Pontificado. Cubanos, católicos y no católicos, creyentes y no creyentes, lo recordamos hoy como una persona que nos respetó, admiró, nos trató bien y nos defendió en complejas circunstancias.
A un año de su muerte, el balance del Pontificado de Francisco muestra que cambió el tono, las prioridades y parte de la autocomprensión de la iglesia, pero sin resolver todas las líneas que abrió.
Su legado permanece activo precisamente porque no fue un cierre, sino una apertura, al dejar reformas en curso, debates inconclusos y una impronta pastoral difícil de revertir, al menos, de manera inmediata.
En una perspectiva histórica, Bergoglio permanecerá asociado por algún tiempo a una etapa de transición en la que el papado pretendió hablar menos desde la defensa institucional y más desde el plano del acompañamiento humano.
Esa será, muy probablemente, una de las claves centrales para entender por qué su figura sigue siendo decisiva incluso después de su fallecimiento.
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