Por Enrique González
Colaborador de Prensa Latina
Hace pocas semanas, en el contexto de la celebración por los 250 años de la independencia de los Estados Unidos, luego de que el embajador estadounidense ante la Santa Sede, Brian Burch, ofreciera una cena al papa León XIV, trascendieron comentarios del diplomático afirmando que las declaraciones del sumo pontífice sobre la guerra con Irán debían entenderse en su condición de jefe de Estado y no como expresión de su magisterio.
En esa línea, el diplomático sostuvo que cuando el papa se pronuncia sobre la guerra, estaría actuando únicamente como líder político soberano de la Ciudad del Vaticano, situándose al mismo nivel que los líderes mundiales.
Dichas afirmaciones suscitaron de manera casi inmediata la reacción de la Santa Sede y una serie de debates de más de un vaticanista a partir de que las afirmaciones del embajador estadounidense implicaban una relativización de la autoridad moral del papa en materia de guerra y de paz, separando artificialmente su rol de jefe de Estado del de pastor universal.
FUNDAMENTO JURÍDICO Y FUNCIONAL
En primer lugar, debe considerarse que la distinción entre el papa como jefe de Estado y como pastor universal es estructural en la diplomacia vaticana: su soberanía estatal es instrumental, mientras que la lógica que guía su acción exterior es esencialmente espiritual y moral.
Los Pactos de Letrán de 1929 crearon el Estado de la Ciudad del Vaticano como una especie de “soberanía mínima, casi simbólica”, precisamente para garantizar la independencia del papa en su misión espiritual.
El papa es jefe de un Estado, pero se trata básicamente de un Estado funcional para la misión espiritual de los pontífices y no de un proyecto político en el sentido clásico del concepto.
Es decir, en la práctica el papa habla normalmente como cabeza de la Iglesia católica y precisamente la dimensión estatal existe para proteger esa voz y ofrecerle un marco jurídico en el sistema internacional.
La Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas con más de 180 países a través de nuncios y delegados que representan al papa ante la Iglesia local y el Estado. Esta estructura diplomática está al servicio de la política papal, entendida ella como política eclesiástica: gobierno interno de la Iglesia y defensa de su misión espiritual, no como política nacional de un Estado más.
El papa interviene en la escena internacional como un actor dual: sujeto estatal con personalidad jurídica y, a su vez, líder moral de una comunidad global, lo que le otorga una especie de “poder suave” y bien singular.
IMPACTO PAPAL EN DISCURSOS Y GESTOS PÚBLICOS
La distinción “jefe de Estado/pastor” permite a la Santa Sede argumentar que el papa no compite con otros poderes temporales, sino que se dirige a ellos como “hermano” y voz moral. Pasaron a la historia las palabras de Pablo VI cuando afirmó ante la ONU: “su soberanía temporal es mínima y necesaria para estar en libertad de ejercer su misión espiritual”.
En términos diplomáticos, esa especie de “autocomprensión” protege al papa de ser apreciado como una “parte interesada” en los conflictos, permitiéndole, a su vez, presentarse más bien como un mediador o una conciencia crítica, facilitando así su aceptación por muy diversos actores.
ESTRATEGIA INTERNACIONAL
Lo analizado anteriormente tiene tres efectos prácticos:
-Legitimidad moral: cuando la Santa Sede subraya que el papa actúa como pastor, reclama para sus intervenciones un estatuto diferente al de los discursos gubernamentales, garantizando así un cierto peso simbólico en la opinión pública.
-Margen de maniobra: a su vez, la soberanía estatal le garantiza al papa la inmunidad, así como la propia capacidad de evaluar tratados y tener presencia en foros multilaterales, pero de la misma manera la narrativa pastoral le evita el quedar atrapado en rígidos bloques geopolíticos.
-Capacidad mediadora: la diplomacia vaticana se presenta como un actor “sin ambiciones de competencia” respecto a otros Estados, lo que facilita su capacidad de diálogo y mediación.
REGRESANDO AL EMBAJADOR BURCH
Burch, quien posteriormente trató de matizar sus comentarios calificando lo ocurrido como un “malentendido”, centró su tesis exponiendo que cuando León XIV habla como soberano de la Santa Sede, sus intervenciones deben leerse en clave diplomática, no solo eclesial.
El punto más delicado fue su manera de separar la función de jefe de Estado de la misión pastoral del papa, una distinción que la Santa Sede consideró errónea.
Sus declaraciones, voluntariamente o no, apuntaron a una relativización del papel del papa como soberano de la Santa Sede.
El episodio tocó el corazón de cómo se interpreta la autoridad papal en los asuntos internacionales. Asimismo, expuso ciertas tensiones entre la diplomacia vaticana y el lenguaje político de un embajador con perfil activista conservador.
Como punto no menos importante, puso sobre el tapete una cierta “lectura simultánea” de León XIV como líder espiritual y actor geopolítico, algo especialmente sensible en temas como Irán, migración y la relación entre Estados Unidos y la Santa Sede.
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