Por Enrique González
Colaborador de Prensa Latina
Cuando en más de una ocasión, hace ya varios años, tuvimos el privilegio de visitar el apartamento del cardenal Etchegaray, en el Palazzo San Callisto, propiedad extraterritorial de la Santa Sede situada en el Trastevere Romano -uno de los barrios históricos más característicos de Roma-, podía observarse en su sala, junto a otros objetos de cierto valor, un regalo navideño que Fidel Castro le había regalado entre finales de los años 80 y principios de los 90. Se trataba de un “nacimiento cubano” -un belén o pesebre.
Durante más de dos décadas el cardenal francés mantuvo ese nacimiento expuesto en la sala de su residencia romana. Ese detalle, a juicio de más de un experto, sugiere que no lo consideró una cortesía protocolaria menor, sino la huella de una relación que contribuyó a modificar la interlocución entre La Habana y la Santa Sede.
El cardenal Roger Etchegaray fue una figura clave de la diplomacia vaticana hacia Cuba, especialmente en el proceso de acercamiento entre ambas partes durante los años 80-90 del pasado siglo.
Fue un diplomático eclesial que entendía cómo en ciertos contextos la autoridad moral se mide menos por la contundencia del discurso que por la capacidad de permanecer en la mesa cuando otros se levantan, representante de una “diplomacia secreta” vital para que la relación entre la Iglesia y el Estado evolucionara desde la “sospecha” hacia una interlocución más madura.
UN ENVIADO PARA ABRIR PUERTAS
Roger Etchegaray, cardenal francés y en aquel entonces un alto funcionario de la Curia Romana, llegó a Cuba por vez primera en diciembre de 1988, en una misión diplomática discreta. En aquel momento la Iglesia católica cubana comenzaba a recuperar espacio tras décadas de una complicada relación con el Gobierno.
Su diplomacia no consistió en una conspiración, sino en algo mucho más difícil: crear un idioma compartido. Llegó a La Habana para demostrar que la Iglesia podía ser un interlocutor autónomo, socialmente útil y espiritualmente arraigado en la nación cubana.
DIÁLOGO CON FIDEL CASTRO
La historia de Roger Etchegaray en Cuba adquiere una densidad particular cuando se lee no sólo por lo que otros han escrito, sino por sus propias memorias, “J’ai senti battre le coeur du monde. Conversations avec Bernard Lecomte” -traducible como “He sentido latir el corazón del mundo”, que recogen episodios de sumo interés tales como su percepción de Cuba y las conversaciones con Fidel Castro.
Cuba ocupa en dicho texto una función reveladora. No aparece sólo como un destino más de su intensa geografía diplomática -junto a países como Iraq, Ruanda, China o la región del Medio Oriente-, sino como un laboratorio de la diplomacia vaticana.
Puso énfasis en el intento de restablecer la interlocución con un Estado marxista sin convertir a la Iglesia en brazo de una potencia extranjera ni reducirla a una institución tolerada y silenciosa.
Las memorias del cardenal presentan a Fidel Castro con una curiosidad religiosa e intelectual que niega la imagen de un dirigente impermeable a lo religioso.
Según cuenta el cardenal, Fidel en varios de los diálogos compartidos, evocó su formación en un colegio religioso, preguntó por la salud de Juan Pablo II, se interesó por el encuentro interreligioso de Asís, así como las relaciones de la Iglesia católica con judíos, budistas, hindúes, musulmanes y chiitas.
Etchegaray logró ser aceptado por el Comandante en Jefe a través de temas de conversaciones tales como: el antiguo alumno jesuita, el atento lector de documentos pontificios y el líder de un país que padecía de un cierto aislamiento internacional.
Uno de los pasajes narrados por el cardenal y más cargado de simbolismo se enmarca en diciembre de 1992. Esa mañana había encabezado una peregrinación al santuario de San Lázaro, en el Rincón, y Fidel le dijo que su madre participaba cada año y que, de niño, él la acompañaba.
Al preguntar el Comandante en Jefe al cardenal cuántos santos había en el cielo, Etchegaray le explicó el sentido de Todos los Santos e imaginó que las madres de ambos podían estar juntas alabando a Dios.
En esa misma charla Fidel preguntó por la Iglesia y el Evangelio. Etchegaray respondió que era la primera vez que hablaba del Evangelio con un jefe de Estado marxista, a lo que respondió Fidel: “En mi vida hay dos cosas importantes: el Marxismo y el Evangelio”.
Es importante señalar, además, cómo en su primer diálogo con el cardenal, ante la posibilidad planteada por Etchegaray de un viaje de Juan Pablo II a la isla, el líder histórico significó que dependía de la decisión del Pontífice, dejando abierta la posibilidad de recibirlo y afirmando que el papa sería acogido no sólo por los católicos, sino por el gobierno y el pueblo.
Aquella apertura no fue una invitación inmediata ni resolvió de golpe determinadas cuestiones en las relaciones Iglesia-Estado. Como es conocido, Juan Pablo II viajó a Cuba en enero de 1998, 10 años después.
Este intervalo muestra que el acuerdo inicial debió pasar por negociaciones sucesivas, cambios de contexto y una paciente protección de los canales de contacto.
Tal vez el legado más visible del cardenal fue haber ayudado a preparar el terreno para la histórica visita de Juan Pablo II a Cuba en 1998. Es decir, ese viaje papal fue el resultado de años de contactos, visitas y mediaciones discretas en las que Etchegaray cumplió un importante papel.
VALOR HISTÓRICO
En perspectiva, Etchegaray representó una fina diplomacia vaticana, basada en la prudencia y la utilización de canales informales.
Todo ello a través de la paciencia diplomática y la autoridad moral. Es por ello que sigue siendo recordado como uno de los grandes arquitectos del acercamiento entre Cuba y la Santa Sede.
Fue, en suma, un arquitecto de la sombra. No porque actuara en la penumbra por falta de claridad, sino porque entendió que ciertas transformaciones históricas requieren un espacio donde la confianza pueda crecer sin presión mediática.
En la historia de Cuba y del Vaticano, su nombre pertenece a esa rara categoría de los hombres que cambian el curso de los acontecimientos sin reclamar el centro de la escena. Valgan estos apuntes como recordatorio de su nacimiento el 25 de septiembre de 1922; falleció el 4 de septiembre de 2019, a la edad de 96 años.
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