viernes 5 de junio de 2026

Cuba: El Embajador Luis Amado Blanco

La Habana (Prensa Latina) En la historia de las relaciones entre Cuba y la Santa Sede hay nombres que si bien no aparecen en los primeros planos, sostuvieron con discreción y oficio puentes decisivos entre ambos mundos.

Por Enrique González

Colaborador de Prensa Latina

Precisamente Luis Amado Blanco pertenece a esa estirpe: periodista, escritor, intelectual y diplomático, fue por varios años (1962-1975) el representante cubano ante la Santa Sede en una compleja etapa histórica, marcada por tensiones ideológicas, la Crisis de Octubre y la necesidad de preservar el diálogo.

Luego se convertiría en decano del cuerpo diplomático acreditado (1969-hasta su muerte en Roma, en 1975).

La figura de Luis Amado Blanco es central para entender la diplomacia cubana ante la Santa Sede porque encarnó, durante más de una década, una relación basada en el diálogo, la confianza y la interlocución política en momentos muy sensibles.

Su papel ayuda a explicar por qué los 91 años de vínculos entre Cuba y la Santa Sede, iniciados el 7 de junio de 1935, no han sido solo una formalidad diplomática, sino está basada en una relación con peso histórico y humano.

VALOR HISTÓRICO

El significado de su figura no se asienta solo a partir del cargo que ocupó, sino en el tipo de diplomacia que representó. Era “socialista y católico”, algo bastante singular y complejo en aquella época, y lo que pudo haberle creado cierta incomprensión por uno u otro sector, resultó, sin embargo, lo contrario.

Fue un embajador recordado con cariño, respeto y admiración, demostrando su capacidad de sostener relaciones de confianza con la Santa Sede en un período en que Cuba atravesaba uno de los momentos más complejos de su historia revolucionaria.

Recuerdo, hace pocos años, las palabras de un anciano “gentiluomo” del papa Francisco, quien había trabajado con el papa Juan XXIII, cuando, en la antesala de la presentación de cartas credenciales del embajador cubano Rodney López Clemente expresó (recordando a Blanco): “Luis Amado Blanco, Embajador y Decano, que siempre vino acá a ofrecer todo y no a pedir nada”.

También están los detalles narrados por el pintor cubano Hugo de Soto, quien residía en Roma por aquellos años y que llegó a ser un amigo cercano de Amado Blanco, cuando describía, años después de la muerte del Embajador, su sufrimiento y preocupación de que Cuba fuera atacada por los Estados Unidos.

Contaba De Soto que una de las mañanas de aquel octubre, en medio de la crisis, tomando un café ambos en las inmediaciones de la Plaza de San Pedro, Amado Blanco le dijo: “Y pensar que estamos acá, tomando este café y no sabemos si mañana, cuando despertemos, nuestra isla estará siendo atacada, es algo insoportable”.

Según narró monseñor Carlos Manuel de Céspedes (quién fuera su amigo y confesor espiritual por muchos años) precisamente en el contexto de la Crisis de Octubre, el papa Juan XXIII mandó a buscar al Embajador, a través de la Secretaría de Estado.

Cuando Amado Blanco llegó, el papa le preguntó directamente si él creía que el Gobierno cubano se ofendería si hiciese alguna gestión, algo para evitar el choque entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética, si debía proponer algún tipo de mediación.

Le dijo exactamente: “Quiero que consulte a su Gobierno si eso se va a considerar como una ayuda. Si su Gobierno entiende que eso no es bueno, no lo hago”. A lo que respondió Amado Blanco:

“Su Santidad, no tengo que consultar con mi Gobierno para saber que se alegrarían. Todo lo que usted haga por evitar una guerra y porque se produzca un entendimiento, mi Gobierno se lo va a agradecer. Ahora mismo voy a comunicarme con La Habana, pero Su Santidad proceda”.

Concluye el prelado en su libro “Monseñor Carlos Manuel de Céspedes se confiesa”, explicando que cuando se estaban despidiendo, Juan XXIII le cogió las manos y le dijo: “Dígale a mi hijito Fidel que resista”.

Estas palabras de Juan XXIII son una muestra de cómo Amado Blanco llegó a desarrollar una diplomacia no construida sólo a nivel de protocolo, sino a través de la palabra, el gesto y la prudencia, pesando ello tanto o más que una nota verbal o un comunicado oficial.

A 91 años del establecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y la Santa Sede, la figura de Luis Amado Blanco adquiere un sentido casi fundacional.

El vínculo entre Cuba y la Santa Sede, iniciado en 1935, ha atravesado etapas diversas. En ese arco histórico, Amado Blanco representa el momento en que la diplomacia cubana supo combinar firmeza política con una extraordinaria capacidad de interlocución.

Dejó un legado de permanencia. En el Vaticano dio la imagen de un diplomático culto, sobrio y eficaz, alguien que entendió que la relación con la Santa Sede exigía paciencia, fina lectura del tiempo histórico y una profunda convicción sobre el valor del diálogo.

Mirar hoy a Luis Amado Blanco es distinguir el origen de una tradición diplomática que supo resistir la crisis sin renunciar a la interlocución. Pasó a la historia no solo por los cargos que ocupó, sino por la manera en que ayudó a sostener una relación entre Cuba y la Santa Sede que, 91 años después, sigue siendo un espacio singular de contacto entre historia, política y fe. arb/EG

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