Por Pedro Rioseco*
Colaborador de Prensa Latina
La lucha independentista de El Libertador abarcó lo que hoy son seis países y seis millones de kilómetros cuadrados, recorriendo a su paso más territorio que Marco Polo, Cristóbal Colón o Julio César, y conquistó la independencia de las actuales repúblicas de Bolivia, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela.
En solo 47 años Bolívar peleó en 447 batallas y fue derrotado sólo seis veces. Liberó seis naciones, cabalgó 123 mil kilómetros, recorrió a caballo 10 veces más territorio que Aníbal, tres veces más que Napoleón y el doble de Alejandro Magno.
Cruzó a pie, al frente de su ejército libertador, sin ropas, calzado y alimentos adecuados, la casi infranqueable Cordillera de Los Andes, con temperaturas bajo cero y a más de seis mil metros de altura.
Sobresalió entre los contemporáneos por su talento, inteligencia, voluntad y abnegación, cualidades que puso íntegramente al servicio de una grande y noble empresa: la de libertar y organizar para la vida civil a muchas naciones que hoy ven en él a un Padre.
Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios y Blanco nació en Caracas el 24 de julio de 1783, descendiente de una familia de origen vasco establecida en Venezuela desde finales del siglo XVI y perteneciente a la aristocracia caraqueña con numerosas posesiones y riquezas.
De su intensa vida se ha escrito mucho, tanto como estratega militar a cuya carrera se integró muy joven y encabezó las batallas independentistas más emblemáticas de América del Sur contra el imperio colonial español, como de su accionar como político, pensador y estadista que ayudó a sentar las bases de la democracia en América Latina y fungió como presidente entre 1819 y 1830 de la república hispanoamericana conocida como Gran Colombia.
En cuanto a la vida de este gran prócer, se han escrito numerosos libros, por los que se sabe que quedó huérfano de padre antes de los tres años y perdió a su madre seis años después, en 1792. Quien lo cuidó fue la esclava de la familia, Hipólita, a la cual Bolívar llamó “la única madre que he conocido”.
Bolívar pasó algunos meses como interno en la casa de Simón Rodríguez (1771-1854), nacido también en Caracas, quien regentaba entonces la Escuela de primeras letras de la ciudad, y entre ese genial pedagogo y reformador social y el niño se estableció pronto una corriente de mutua comprensión y simpatía, que duraría tanto como sus vidas.
En Roma, un día de agosto de 1805, en el Monte Sacro, Bolívar se encontró de nuevo con su maestro y juró en su presencia no dar descanso a su brazo ni reposo a su alma hasta que hubiera logrado libertar al mundo hispanoamericano de la tutela española.
Muy joven viajó a Europa, estudió, se casó a los 19 años y trajo a su esposa a Venezuela, donde quedó viudo antes del año al enfermarse ella de fiebre amarilla.
Se incorporó a las conspiraciones independentistas y, por su carisma y liderazgo, asumió rápidamente la dirección de las campañas que lo llevarían en varias ocasiones al exilio y otras tantas de regreso al campo de batalla.
Bolívar renunció ante el último Congreso de Colombia (el 27 de abril de 1830), y partió de Bogotá 11 días más tarde hacia Cartagena. Fue allí donde le dijeron el 1 de julio que Antonio José de Sucre había sido asesinado.
Esto terminó por minar la ya resentida salud del Libertador, aquejado según dos médicos que lo trataron de catarro pulmonar crónico, convertido en tuberculosis pulmonar, y le pronosticaron pocos días de vida.
Llegó a Santa Marta el 1 de diciembre para trasladarse luego a la quinta de San Pedro Alejandrino, su última morada. Simón Bolívar falleció sólo y en precaria situación económica el 17 de diciembre de 1830.
La voluntad de Bolívar, plasmada en su testamento, elaborado el 10 de diciembre de 1830 en San Pedro Alejandrino, pedía que sus restos fueran enterrados en Caracas, no obstante, hubo que esperar 12 años para que se cumpliera su deseo de reposar en suelo venezolano.
Los restos, inhumados solemnemente en la Catedral de Santa Marta, fueron trasladados a la Catedral de Caracas en 1842. De la catedral pasaron al Panteón Nacional el 28 de octubre de 1876, un templo donde recibe desde entonces los honores de su pueblo y de los hijos de Nuestra América.
arb/prl
*Periodista cubano.





