Frei Betto*, colaborador de Prensa Latina
La elección presidencial de 2026 nació ya en un formato altamente polarizado. Los candidatos de centro o de la “tercera vía” no encontraron espacio para sobrevivir, y la disputa se desarrolla, en la práctica, entre Lula y Flávio. Una encuesta de Datafolha de abril mostraba que, ya fuera contra Flávio, Romeu Zema o Ronaldo Caiado, Luiz Inacio Lula da Silva empataría técnicamente. Sin embargo, posteriormente, la dispersión interna del campo de la derecha comenzó a disiparse: candidatos como Ronaldo Caiado, Romeu Zema y Augusto Cury vieron reducirse sus intenciones de voto, y esos sufragios migraron casi en su totalidad hacia Flávio Bolsonaro.
En otras palabras, el crecimiento de Flávio no proviene, en gran medida, de la incorporación de nuevos votantes ni de un giro del electorado de centro hacia la derecha, sino de la concentración del “voto útil” de la derecha. El votante antipetista concluye que Flávio es la única opción de derecha capaz de derrotar a Lula. El voto antipetista, antes disperso, se desplaza rápidamente hacia él. Se trata de una valoración sobre “quién tiene más posibilidades de ganar”, lo que no equivale necesariamente a una adhesión ideológica al candidato bolsonarista.
La campaña de Flávio demuestra una mayor disciplina en la definición de los temas de agenda: se centra en el miedo a la inseguridad, en el costo de vida y en la construcción de la imagen de una versión moderada de Bolsonaro. Estos temas tienen una penetración directa en la clase media urbana y en el electorado del Sudeste.
En cambio, la campaña de Lula no logró, durante bastante tiempo, presentar una narrativa clara y sólida sobre las razones para gobernar otros cuatro años; su material de campaña se limitaba a enumerar proyectos ya realizados, en lugar de construir un mensaje emocional orientado hacia el futuro.
Datos de AtlasIntel, de mediados de septiembre, muestran que el rechazo a Lula alcanza el 52 por ciento, mientras que el de Flávio es del 50,2 por ciento. Esto significa que cerca de la mitad del electorado brasileño no votaría a Lula bajo ningún concepto. Para este sector, la cuestión nunca fue apoyar todas las propuestas de Flávio, sino quién es el único capaz de derrotar al PT.
La campaña de Flávio no está exenta de debilidades. El escándalo del Banco Master, desatado en mayo (que involucraba un acuerdo de 134 millones de reales con el banquero Daniel Vorcaro para financiar una película biográfica de Jair Bolsonaro), llegó a provocar una caída significativa en la intención de voto a su favor. AtlasIntel registró, en aquel momento, un descenso del 39,7 por ciento al 34,3 por ciento para la primera vuelta.
Sin embargo, en septiembre, a medida que la controversia en torno al Supremo Tribunal Federal (STF) desplazaba el foco de la opinión pública desde el escándalo de Flávio hacia la propia institución judicial, él recuperó el terreno perdido.
El gobierno de Donald Trump ha mostrado un apoyo abierto a Flávio Bolsonaro y ha cuestionado la fiabilidad del sistema electoral brasileño. Esta actitud contrasta con el pasado, cuando la injerencia era más velada. Según los analistas, esta injerencia no une necesariamente al país; por el contrario, intensifica la polarización, ya que cada elector interpreta las amenazas externas en función de su identidad política. ¿Cuáles son las razones de esta ofensiva de la Casa Blanca? La disputa geopolítica con China, dado que Brasil es un socio comercial importante del gigante asiático. Para Washington, contar con un gobierno brasileño alineado automáticamente con EEUU. supondría retirar una pieza china más del tablero en América Latina. Asimismo, un gobierno sumiso a Washington podría permitir operaciones militares estadounidenses en la Amazonia bajo el pretexto de combatir el narcotráfico, algo que ya ocurre en países vecinos y que representaría una enorme ventaja estratégica para EEUU.
En 2018, la contención del movimiento progresista en Brasil se produjo mediante una operación judicial que llevó a prisión al principal líder de centroizquierda. En 2026, la presión externa es más directa y declarada, y busca influir en el electorado a favor del candidato alineado con los intereses de EEUU. El objetivo- evitar que Brasil se consolide como un polo de poder autónomo- sigue siendo el mismo.
En este proceso electoral cabe preguntarse dónde reside la responsabilidad de la izquierda. Esta se acomodó a la imagen de Lula y el PT, al apoyarse excesivamente en el carisma personal de su líder, y debilitó su capacidad de organización autónoma. Abandonó el trabajo de base, así como la organización y movilización populares. El partido nunca se planteó seriamente cómo abordar la compleja ingeniería política del sistema federal brasileño, lo que dificultó la implementación de proyectos de cambio más profundos, como la reforma agraria.
La extrema derecha promovió en las redes digitales una degradación del debate público mediante ataques más agresivos, discursos de odio y desinformación. El campo progresista no logró contrarrestar eficazmente esta ridiculización y virulencia ostensibles, ni crear una comunicación igualmente poderosa en la era digital; esto a pesar de que los grandes medios de comunicación también han desempeñado históricamente un papel similar al de un “partido político” como aparato de hegemonía.
El gobierno implementó políticas de gran acogida popular, como la exención del impuesto sobre la renta para quienes ganan hasta cinco mil reales reales, la propuesta de eliminar la jornada laboral de seis días de trabajo por uno de descanso (6×1) sin reducción salarial, el control de los precios de los alimentos, la reducción del desempleo y, ahora, el aumento de la cuantía del programa Bolsa Familia. Al situar a los pobres en el centro del presupuesto de manera radical, se reconquista la confianza de la base electoral.
Sin embargo, es necesario que el campo progresista se posicione claramente en primera línea en defensa de la soberanía nacional, oponiéndose a la injerencia externa (como la del gobierno de Trump) y a la subordinación del bolsonarismo a EEUU. Este es un punto de movilización con gran atractivo popular. Es necesario que el propio Lula lidere la batalla comunicativa, contrarrestando la desinformación de la extrema derecha con narrativas políticas claras y movilizadoras, en lugar de limitarse a utilizar el aparato estatal para transmitir información.
El desafío reside en transformar esta elección en una votación sobre soberanía nacional frente a la subordinación externa, y no en una competición de personalidades o propaganda negativa.
Las encuestas y los análisis académicos muestran que la base de apoyo del bolsonarismo es más amplia que la de los “fascistas” puros. El núcleo de este grupo incluye a sectores evangélicos conservadores, parte del agronegocio, electores contrarios al PT y partidarios de políticas de seguridad de corte “bukeliano”. Es posible que estos votantes no compartan todo el radicalismo de Bolsonaro y sus hijos, pero sus preocupaciones sobre la delincuencia, la moral tradicional o la corrupción los inclinan hacia la derecha.
Los datos más recientes revelan una contienda extremadamente reñida. Una encuesta de Datafolha del 17 de septiembre sitúa a Lula con un 39 por ciento y a Flávio con un 36 por ciento, cifras que se encuentran dentro del margen de error (dos puntos porcentuales), lo que supone un empate técnico. La simulación de una segunda vuelta muestra a Lula con un 46 por ciento y a Flávio con un 44 por ciento, también un empate técnico. La clave reside en los indecisos y en quienes se abstienen de votar. La consultora Quaest estima que el 10 por ciento de los electores brasileños están indecisos – unos 21 millones de personas-, el doble que en el mismo periodo de 2022. Este grupo se concentra principalmente en las regiones Sur y Sudeste, que son precisamente los estados que deciden la elección. Además, históricamente la tasa de abstención en Brasil ha sido elevada: más de 30 millones de personas no acudieron a las urnas en cada una de las vueltas de las elecciones de 2022.
Para impedir el retorno del bolsonarismo, la izquierda y las fuerzas progresistas deben centrarse en varios frentes: difundir los avances sociales logrados durante los gobiernos del PT y transformar la elección en un referéndum sobre “soberanía frente a subordinación a EEUU.”. Este es, actualmente, el marco narrativo más prometedor.
Las acciones del gobierno de Trump- el aumento de aranceles a Brasil, la clasificación de organizaciones criminales brasileñas como “organizaciones terroristas extranjeras” y los comentarios públicos sobre la posición de Flávio en las encuestas- actúan como un incentivo para la derecha. Pero también le ofrecen a Lula la oportunidad de transformar el tema electoral en una defensa de la soberanía nacional y en una oposición a la injerencia externa.
La campaña de Flávio está llena de señales de alineamiento con Estados Unidos. Su hermano, Eduardo Bolsonaro, fue condenado por el Supremo Tribunal Federal por realizar gestiones de presión en Estados Unidos para influir en el sistema judicial brasileño.
La ventaja de Lula proviene de su base sólida: políticas de transferencia social, promoción del empleo para los sectores más pobres y su reputación internacional. Sin embargo, su debilidad también es evidente: la edad (81 años en octubre de 2026), problemas de salud, el desgaste del electorado tras un largo periodo en el poder y un crecimiento económico reducido- de alrededor del 1,9 por ciento en 2026-, con una inflación que ronda el 4,0 por ciento.
Para los indecisos que se preocupan más por el bolsillo que por la ideología, la izquierda necesita propuestas más específicas y tangibles. La campaña de Lula ya ha prometido crear un Ministerio de Seguridad Pública para combatir a las organizaciones criminales, una respuesta a la inquietud de los votantes sobre la seguridad.
Las debilidades de la izquierda mencionadas anteriormente- la excesiva dependencia del PT respecto al carisma personal de Lula, la falta de organización autónoma y la desventaja en la comunicación a través de redes digitales- siguen siendo obstáculos. La derecha ha construido una sofisticada maquinaria de movilización en las redes, mientras la izquierda aún intenta recuperar terreno. Si el campo progresista no logra una capacidad de comunicación igualmente eficaz, le resultará difícil movilizar con éxito a los indecisos.
La mayoría de los votantes de Bolsonaro no son fascistas, sino personas insatisfechas. Si la izquierda los trata como “enemigos ideológicos” en lugar de como “votantes a los que hay que reconquistar”, perderá la batalla.
Ahora, la tarea urgente es conquistar a los indecisos y convencer a los abstencionistas de votar por Lula y por la renovación del Congreso Nacional.
rmh/fb
* Escritor brasileño y fraile dominico, conocido internacionalmente como teólogo de la liberación, Frei Betto es autor de 60 libros de diversos géneros literarios –novela, ensayo, policíaco, memorias, textos infantiles y juveniles y de tema religioso. En dos ocasiones, 1985 y 2005, mereció el premio Jabuti, el reconocimiento literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. Leer más… Asesor de movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, ha participado activamente en la vida política de Brasil en las últimas cinco décadas.





