Por Verónica Núñez
Redacción de Cultura
No sé bien si, en el sentido de la trascendencia, uno mismo puede llegar a saber quién es, fue lo primero que respondió el Doctor en Ciencias Filológicas en entrevista exclusiva con Prensa Latina.
Nacido en la central provincia Sancti Spíritus, a sus 79 años López Lemus es autor de los poemarios Hacia la luz y hacia la vida (1981), Un leve golpe de aldaba (2006) y Veinte veces el amor (2019), entre otras obras de diferentes géneros literarios.
A su figura y trayectoria se dedicó la edición anterior de la Feria Internacional del Libro de La Habana, junto a la investigadora Francisca López Civeira.
En medio del tránsito de los visitantes a la sede principal del evento, la Fortaleza San Carlos de la Cabaña, López Lemus confesó a esta agencia de información que la prosa es el género con el que se sentía más cómodo escribiendo, aunque la poesía es su intención de vida.
Casi un año después, un jurado presidido por el intelectual Miguel Barnet e integrado por los asimismo importantes autores Nancy Morejón, Waldo Leyva, Alberto Marrero y José Manuel Espino le otorgó por unanimidad el mayor galardón literario del país.
En sintonía con sus profesiones, López Lemus no se limita a responder preguntas; narra, reflexiona y enseña.
“Soy el que creo ser, que es probablemente diferente del que ven en mí mucha gente de maneras diversas, y la suma de tales visiones, más la propia, debe dar el fiel.
“Creo ser escritor desde la más temprana infancia, luego maduré y me di cuenta de que ese deseo de es(des)cribirlo todo era una vocación, un mandato, una fe. Termina por ser un oficio. Soy escritor porque, la verdad, no me gustaría ser otra cosa”.
-¿Qué etapa de su producción literaria siente que marcó un punto de inflexión en su camino como poeta y ensayista?
-Llegó 1990 y ya había publicado cuatro libros, dos de poesías y dos de ensayos. De pronto me di cuenta que estaba siguiendo dos caminos expresivos diferentes, y cuando publiqué un tercer poemario: La sola edad (1990), se me hizo esa luz: tenía que buscar la convergencia entre mi prosa y mi labor en versos, no podía dividirme como si el poeta fuera una persona aparte del crítico, del ensayista.
Así nació Narciso, las aguas y el espejo, que escribí en los años finales del siglo XX, y con el que obtuve el Premio Internacional de Ensayo Millares Carlo, de Investigación de Humanidades, otorgado por la Universidad Nacional de Educación a Distancia y el Gobierno de la Comunidad Canaria, en 2003. Había hallado un camino efectivo para unir una prosa que no desmereciera del lirismo de la poesía. Creo que consumé ese registro de intensidad expresiva entre prosa y verso con mi libro Umbral para una era imaginaria. Acercamientos a Rainer Maria Rilke (2017), que fuera Premio de la Crítica.
No he tenido un nuevo punto de inflexión, pero creo que ahora soy más armónico en lo que escribo, y eso quizás puede verse mejor en mis artículos quincenales de Cubaliteraria.
-¿Qué lecciones cree que pueden extraer los jóvenes escritores y críticos de su manera de leer y analizar la poesía cubana contemporánea?
-No deseo ser pretencioso y creer que otros pueden sacar lecciones de lo que he hecho.
Lo que un escritor concede a otro(s) es imposible de medir, véase cuánta huella nos pueden dejar el clásico Ovidio, el inobjetable Dante, el maravilloso Shakespeare, Villon, Cervantes, Lope de Vega, Bécquer, Juan Ramón, Antonio Machado, Luis Cernuda, Lorca, el cubano Guillén, Lezama Lima… o el inefable José Martí.
Un escritor joven o viejo aprende y aprehende, y a veces las más modestas figuras del orbe literario o de otras artes nos dejan huellas que podemos llamar enseñanzas.
De cualquier modo, no hay lección mejor que la de la propia vida. Otra cosa es lo que a mí me gustaría, y me gustaría ser de utilidad para todo lector, escritor o no, que pueda recibir de mis escritos juicio, orientación y belleza.
-Usted ha defendido el ensayo como forma de creación. ¿Qué riesgos y libertades encuentra en este género?
-Se confunde muchas veces el ensayo con el resultado de una investigación, que puede ser una monografía llena de referencias, notas, bibliografía, citas, e incluso paráfrasis de otras lecturas, de otros estudios, de teorías literarias.
El ensayo es la niña bonita de la prosa, la apasionada y bella dama de la escritura reflexiva, la muy serena manera de ser apasionado. Puede tener tesis, envuelta en subjetividad, en belleza expresiva, en deseos más de comunicar que de discutir.
Me refiero al ensayo literario per se, no al sociológico, ni al político, ni al de historia o de las ciencias que muchas veces son tratados antes que ensayismo de dolce et utile piacere.
No digo que el ensayo sea un poema, ni que lo sustituya. Desde Michel de Montaigne en el siglo XVII, el ensayo ascendió a las bellas letras y es hoy una disciplina difícil, que precisa madurez y cultura, talento y tenacidad, así como ideas claras y digamos que originales.
Su libertad se termina cuando el que lo escribe lo usa para “otra cosa” no exactamente literaria y mixtifica con ello o se enrumba en una aventura ancilar. El riesgo comienza cuando no se tiene la suficiente preparación para asumirlo, o cuando teniéndola, se usa la varita mágica de la palabra para ensuciar la vida. En esos puntos se detiene su libertad.
-En su obra crítica ha revisitado figuras como Lezama Lima y Dulce María Loynaz. ¿Qué aspectos de esas lecturas considera que aún no han sido suficientemente explorados por la crítica actual?
-Me considero un estudioso de la poesía de lengua española, y a veces he ido un poco más allá con monografías, estudios, ensayos o investigaciones sobre Rilke, Rimbaud, Pessoa, entre otros.
He estudiado con más detenimiento a Samuel Feijóo, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, José Lezama Lima, José Ángel Buesa, Dulce María Loynaz, Jesús Orta Ruiz, José Martí, entre otros poetas y narradores cubanos.
Todos ellos creo que son infinitos por sus obras ante la crítica literaria.
La reseña es una de las deficiencias esenciales o faltantes mayores de la crítica literaria cubana, y a veces se confunde a toda la crítica con el reseñismo, lo cual es injusto.
No debería haber en los órganos de prensa carencias de reseñas de libros de todo tipo. Cada generación de críticos debe revisar el panteón literario nacional, el nuestro es grande e inagotable, siempre habrá algo nuevo que descubrir.
-Entre sus libros de poesía y ensayos, ¿hay alguno que le gustaría que las nuevas generaciones mantuvieran vivo?
-¿Quién no sueña que lo hecho perdure, siquiera sea un poco más que nuestra condición efímera?
A mí me gustaría que mi poemario Un leve golpe de aldaba (2006) o los ensayos de Las aguas y el espejo, El siglo entero o lo que estoy haciendo ahora, me sobrepasen en el tiempo cuanto sea posible.
Pero mi visión del mundo se reparte entre otros varios libros, los de poemas Cuerpo del día (2000) Hipno (2018), o en mis libros sobre Feijóo o sobre Rilke, y los varios que he dedicado al estudio de la décima. Están por salir Invariancia de escala (ensayos) e Imitación de la manzana (poemas), que quizás me representen muy bien.
Escribí dos libros de utilidad literaria, que muestran mi vocación paralela del magisterio: Métrica, verso libre y poesía experimental de la lengua española, y su complemento en el Diccionario práctico de versología hispánica, por salir en 2026.
-¿Cómo se siente al recibir este reconocimiento, en un momento en que la creación literaria se transforma?
-¿Qué es un premio? Un premio vital pudiera ser el resultado de poder vivir en utilidad social y con cierto grado de confort para poder crear (pero cuidado, el mucho confort puede paralizar tanto como su carencia).
El mayor premio de mi vida es el trabajo que hago con placer y amor. Mientras pueda hacerlo, soy un hombre premiado por la vida.
El Premio Nacional de Literatura es un reconocimiento a la labor realizada, lo tomo como un lauro sobre el trabajo realizado y no estrictamente para la persona, y ello hace diluir cualquier vanidad inútil.
Un premio tal hace mirar hacia atrás, hacia lo hecho, y hacia delante, lo que se desea hacer. Quise hacer más, quiero hacer más.
La obra colectiva fomenta y transforma, esa es ley de vida, una ley debida. Para mí, el Premio Nacional de Literatura es alegría y acicate, porque vivo consciente de que el futuro pertenece por entero a la poesía.
-Sobre dichas transformaciones, ¿qué opinión le merecen?
-A nadie se le debería ocurrir que podemos vivir como se vivió en siglos anteriores, los modos de divulgación cambian y con ellos las obras literarias se transforman, para representar a su tiempo, a cada tiempo.
Cada generación suele llegar a renovar, a ver al mundo desde su perfil, a querer transformarlo, y cuando lo logra, si lo logra, ya viene otra hornada detrás derribando muros y queriendo cambiar la vida. Así mismo funciona el arte, en particular el literario.
Me asusta la palabra “mercado”, ese susto se ve, por ejemplo, también en las obras de Rilke. Cuando se mercantilizan, el arte y la literatura se adocenan, se transforman en cosa, se cosifican. Me parece que es mejor hablar de divulgación nacional e internacional de los efectos de la creación, que son “productos” del alma.
Toda divulgación puede ser buena, y las preferencias juveniles también necesitan orientación, no anarquía. Los gustos también se orientan, y por eso es mejor divulgar lo mejor que cada artista crea.
Hay una suerte de ley oculta que ordena que las obras creadas a la moda temporal, pasan con esas modas, y lo que queda de ellas es solo un testimonio de época, si logran serlo.
No hay que dejar a los jóvenes que se enfrentan al arte en la sola espontaneidad, porque entonces pueden repetir lo ya hecho o tratarán de ajustar sus gustos inmanentes a perfiles que pueden ser erróneos.
Las artes, incluidas por supuesto las literarias, tienen sus propias reglas que suelen ser suprageneracionales.
También existen las técnicas de escrituras, y hay que aprenderlas para no enfrentar de manera negativa los polos dialécticos de contenido y forma.
-A propósito de la Feria Internacional del Libro, ¿íué libros o autores recomienda como imprescindibles para los lectores, sin importar su edad?
-La Feria Internacional del Libro de La Habana es una de las mejores de Hispanoamérica, a pesar incluso de las dificultades graves que aquejan la producción de libros impresos en Cuba.
El prestigio de esta Feria nos hace esperarla cada año como gran fiesta del libro, pero hoy por hoy se hace difícil saber con exactitud qué se venderá en ella, qué libros lograrán salir.
Las dificultades impuestas a nuestro país también complican el mundo ferial. Es una pena que aún no podamos hacer todo lo que quisiéramos en favor de esa Feria que nos enorgullece.
¿Qué recomendar? Todo lo que salga por la colección de Biblioteca del Pueblo, siempre lo que haya de y sobre Martí, los libros para la infancia, que a veces son goces para los adultos, y lo que le plazca al lector, que sabrá elegir según sus preferencias.
-¿Tiene algún nuevo proyecto/obra en curso para este 2026?
-Sí: sobrevivir. ¿Se quiere un proyecto mayor? Obrar bien y escribir lo mejor que mi vocación me imponga. Amar la vida y esperar que el mundo cambie para bien en el curso del año. Todo ello es imprescindible para tener proyectos, para hacer literatura.
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