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sábado 25 de mayo de 2024
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Hoang Thi Khanh, “la niña” de la selva del sur de Vietnam (+Fotos)

Hanoi (Prensa Latina) Hace casi seis décadas, su labor en el Departamento de Educación y Propaganda del Partido Comunista en el Sur de Vietnam colocó a la entonces jovencita Hoang Thi Khanh en el camino de la hermandad con Cuba.

Por Moisés Pérez Mok

Corresponsal jefe en Vietnam

A ella, en aquel entonces con apenas 17 años de edad, le asignaron junto a otros de sus compañeros la tarea de atender durante tres días a dos periodistas cubanos que viajarían a la selva del sur vietnamita como corresponsales de guerra.

Corría entonces el año 1965 y aunque pasó mucho tiempo desde entonces “nunca olvidaremos esos nombres tan queridos: Marta (Rojas) y Raúl (Valdés Vivó)”, confesó a Prensa Latina esta admirable y risueña mujer, que participara como soldado en la Ofensiva General y el levantamiento de la Primavera de Mau Than de 1968.

Para Marta y Raúl confeccionamos los bá ba (una túnica de mangas cortas, suelta y cómoda, apropiada para el clima cálido y húmedo del sur vietnamita), las sandalias, los sombreros y hasta una lámpara de alcohol, recuerda.

En esa breve convivencia –rememoró- también tuvimos oportunidad de conversar, respondiendo a sus preguntas, sobre qué motivaba a los jóvenes vietnamitas a incorporarse a la lucha guerrillera, cuál era su ideal revolucionario y cuáles sus expectativas y sus sueños. Después partieron al frente de combate para recoger vivencias.

EMBAJADA EN LA SELVA

Transcurrieron cuatro años antes que Hoang Thi Khanh asumiera una nueva tarea relacionada con la nación antillana: integrar el equipo de apoyo para la apertura, en plena selva, de la Embajada de Cuba, primera y única representación diplomática acreditada ante el Gobierno Revolucionario Provisional de Vietnam del Sur.

Entonces volvió a encontrarse con Valdés Vivó, nombrado flamante embajador, a quien sirvió como asistente personal. Entre sus funciones estaba cocinar, algo que debían hacer entre las cuatro y las cinco de la madrugada, para evitar que el humo delatara la presencia del campamento guerrillero.

De aquellos momentos recuerda que el diplomático cubano solía levantarse muy temprano y dirigirse a la cocina, donde permanecía callado observando el quehacer de las muchachas frente a un fuego en el que, por lo general, solía cocerse solo arroz y yuca (mandioca).

Pero más allá de ello, casi dos décadas después, en 1988, cuando fungía como presidente de la Asociación de Amistad Vietnam-Cuba en la sureña Ciudad Ho Chi Minh, tocó a Khanh abogar por la reconstrucción y conservación de aquella pionera Embajada de Cuba en la selva survietnamita.

Durante una visita al lugar, enclavada en la propia zona que sirvió de base al Gobierno Provisional Revolucionario, la infatigable luchadora abogó porque se restaurara aquella modesta y emblemática construcción, que además de su elevado simbolismo está revestida, sin dudas, de gran significación histórica.

Para los jóvenes que entonces luchábamos por la liberación y la independencia fue una motivación muy grande primero recibir a aquellos dos periodistas cubanos que venían a conocer de nuestra lucha, pero también a compartir riesgos y dificultades, subrayó.

Pero la apertura de la Embajada de Cuba en la selva fue algo muy especial para nosotros, pues a pesar de la distancia geográfica que nos separaba, aquella isla que también luchaba contra el imperialismo norteamericano, era la primera en reconocer a nuestro Gobierno Provisional Revolucionario. Eso –aseveró – fomentó nuestra confianza en la victoria final.

El reencuentro con Marta Rojas, sin embargo, no se produjo hasta 1975 y tuvo lugar en circunstancias especiales: cuando el pueblo de la entonces Saigón, luego Ciudad Ho Chi Minh, festejaba la victoria sobre el agresor imperialista y el gobierno títere del Sur, consumada el 30 de abril.

Recuerda Khan que ella y un grupo de sus compañeras de combate presenciaban desde la acera el Desfile de la Victoria cuando vislumbraron, en el bloque internacional, a la destacada periodista cubana.

La alegría y el alboroto fueron inmensos, pues –como si fuéramos adolescentes- todas comenzamos a gritar ¡Viva Marta! Ella se acercó al grupo y nos saludó calurosamente, haciéndonos revivir aquellos momentos cuando, orgullosas, comenzamos a forjar una hermandad sincera, leal e indestructible con Cuba.

Casi tres lustros después, en 1999, Hoang Thi Khanh viajó a La Habana acompañando a los ganadores de un concurso organizado por la Asociación de Amistad Vietnam-Cuba en Ciudad Ho Chi Minh, la cual presidía, y nada más llegar a La Habana pidió encontrarse con sus viejos conocidos, de quienes solo recordaba el nombre.

Mas eso no fue óbice para que sus anfitriones los localizaran de inmediato: a Valdés Vivó, quien fungía entonces como rector de la Escuela Superior del Partido Ñico López, y a Rojas, que continuaba laborando en el diario Granma.

Kahn se dice todavía sorprendida del reencuentro con Marta, pues pensó que no la recordaría, ya que memorizar la figura de un extranjero que estuvo en la selva de Vietnam en plena guerra era fácil, pero no así recordar uno entre tantos rostros de jóvenes combatientes vietnamitas…” pero nada más verme vino rápido a darme un abrazo preguntándome, niña cómo tú estás?”, relató.

SOBREVIVIENTE DEL INFIERNO EN LA TIERRA

Como otros tantos combatientes que tomaron parte en la sorprendente y definitoria Ofensiva General del Tet en 1968, iniciada en la noche del 29 de enero, y tras intensos combates frente a un enemigo mejor equipado y numéricamente muy superior, Khanh fue apresada y enviada a la cárcel de la isla de Con Dao, donde permaneció hasta 1975.

Tristemente célebre por los terribles castigos a que eran sometidos los reos, en particular los presos políticos, la prisión de Con Dao es recordada como un infierno en la tierra por los miles de prisioneros encerrados allí por luchar contra el colonialismo francés, primero, y el régimen títere de Saigón, años más tarde.

En Con Dao todo era muy difícil, recuerda. Nos mantenían en lo que ellos llamaban “jaulas de tigre”, un lugar horrible, falto de higiene, protegido por barras de hierro para facilitar la vigilancia y en las que cualquier atisbo de resistencia era respondido con torturas, golpes o esparciéndoles cal en polvo y luego agua sobre el cuerpo desnudo para provocar quemaduras.

La alimentación era pésima, pues sobre el arroz solían echar un poco de caldo de pescado fermentado que servía solo para atraer las moscas, y cuando algunos pocos rayos de sol penetraban preferíamos dejar que fueran los niños y los ancianos quienes los recibieran.

Interrogada sobre cómo sobrevivir durante tantos años a esta dramática situación, Hoang Thi Khanh nos confesó que lo fundamental era mantener el indoblegable espíritu de lucha del pueblo vietnamita, manifiesto allí en la desobediencia, y apoyarse unos a otros bajo cualquier circunstancia. A resistir nos ayudaba tanto componer canciones, cantar, o dar clases a los niños aún sin cuadernos, libros, ni pizarrones, como la certeza de que la victoria final sería nuestra…y ese día, finalmente, llegó.

arc/mpm

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