Por Pedro Rioseco*
Colaborador de Prensa Latina
Sancionada como ley al día siguiente por el presidente estadounidense William McKinley, esta “enmienda” a la naciente constitución de la “República” de Cuba fue una actualización de los fracasados intentos anteriores de Washington para anexar la isla al naciente imperio.
Posteriormente en Cuba, el 12 de junio de 1901, en sesión secreta de la Asamblea Constituyente en Camagüey, se incorporaba la Enmienda Platt como apéndice a la naciente Constitución de la República, pese al enérgico rechazo de los cubanos que lucharon durante 30 años por independizar a Cuba de España.
Con la votación de 16 delegados a favor y 11 en contra, comenzaba a inscribirse una nueva página de hipocresía y engaño, siempre tras el propósito estadounidense de controlar Cuba, esta vez con un apéndice a su primera Constitución para subordinar a Washington las decisiones trascendentes.
Dicha enmienda atenazaba por el cuello la soberanía cubana, lo cual fue reconocido por el interventor norteamericano, general Leonard Wood (1899-1902), quien en carta a Theodore Roosevelt el 28 de octubre de 1901 expresaba:
“Por supuesto que a Cuba se le ha dejado poca o ninguna independencia con la Enmienda Platt y lo único indicado ahora es buscar la anexión. Esto, sin embargo, requerirá algún tiempo y durante el período en que Cuba mantenga su propio gobierno, es muy de desear que tenga uno que conduzca a su progreso y a su mejoramiento”.
Agregaba la nota de Wood que con esta enmienda a su Constitución Cuba “no puede hacer ciertos tratados sin nuestro consentimiento, ni pedir prestado más allá de ciertos límites y debe mantener las condiciones sanitarias que se le han preceptuado, por todo lo cual es bien evidente que está en lo absoluto en nuestras manos y creo que no hay un gobierno europeo que la considere por un momento otra cosa sino lo que es, una verdadera dependencia de Estados Unidos, y como tal es acreedora de nuestra consideración.
“Con el control que sin duda pronto se convertirá en posesión, en breve prácticamente controlaremos el comercio de azúcar en el mundo. La isla se americanizará gradualmente y, a su debido tiempo, contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo…”.
Ese engendro jurídico fue insertado como una enmienda a la Ley de Gastos del Ejército de Estados Unidos, con la instrucción de que fuera anexada como un apéndice a la Constitución de la futura República cubana.
En ese anexo Washington se abrogaba el derecho de intervenir en la isla cuando lo estimara oportuno, controlar su comercio, las relaciones exteriores, y establecer bases carboneras en territorio cubano, como la de Guantánamo, devenida posteriormente en base militar para su control hegemónico del mar Caribe.
El primer presidente de Cuba, después de la ocupación militar de los Estados Unidos, Tomás Estrada Palma, considerado traidor al ideario martiano, aprobó en su mandato tres tratados que permitieron el fortalecimiento de la Enmienda Platt:
Tratado de Reciprocidad Comercial (11 de diciembre de 1902); Tratado Permanente (11 de mayo de 1903); y Tratado de Arrendamiento de Bases Navales y Carboneras en Guantánamo (16 de febrero de 1903).
Ninguno de los ocho puntos contenidos en la Enmienda Platt se abolieron posteriormente con la firma del Tratado Permanente de Relaciones Recíprocas entre Estados Unidos y Cuba, el 29 de mayo de 1934, pues esas humillantes condiciones se mantuvieron vigentes en el nuevo documento, solo que elaboradas un poco más sutilmente.
La Enmienda y el Tratado eran el mismo perro con diferente collar, basado en la llamada “política del buen vecino”, para intentar apaciguar el auge revolucionario y antiimperialista que dejó la Revolución de 1933.
En años posteriores, los gobiernos de Washington contarían en la política cubana con su representante más fiel, el general Fulgencio Batista, personaje clave en la frustración del proceso popular de los años 30, en socavar la llamada Revolución del 33, y regir los destinos del país con su demagogia y ascendencia en las fuerzas armadas que le llevaron al poder nuevamente con el golpe militar del 10 de marzo de 1952.
Tendrían que transcurrir casi 25 años después del Tratado, hasta enero de 1959, para que definitivamente Cuba aboliera todos los acuerdos existentes con el gobierno de Estados Unidos, declarándose un país verdaderamente independiente para labrar su propio destino y establecer el camino de justicia social emprendido por la Revolución cubana.
Pero, los propósitos del imperialismo yanqui de imponer su voluntad sobre Cuba se mantuvieron presentes después del triunfo revolucionario de 1959, con su invasión mercenaria por Playa Girón en abril de 1961, la Crisis de Octubre en 1962 y la imposición ese año del extraterritorial y genocida bloqueo económico, comercial, financiero y diplomático a la isla, que en más de seis décadas ha evidenciado su fracaso ante la firme resistencia del pueblo cubano.
A ello se suman las permanentes agresiones de la CIA, sabotajes, las leyes Torricelli y Helms Burton, de 1992 y 1996, respectivamente, las 242 medidas impuestas por el gobierno de Donald Trump en su primer mandato y mantenidas por el gobierno de Joe Biden, durante la pandemia de la Covid-19.
Con la llegada de Trump a la Casa Blanca en su segundo mandato, en enero de 2025, estas medidas se reforzaron más en un intento genocida para asfixiar y rendir por hambre y necesidades al pueblo cubano, según las recomendaciones del “Memorando Mallory” del 6 de abril de 1960, llegando al extremo de aplicar un férreo bloqueo energético para impedir toda llegada de petróleo y gas al país.
Todo esto ocurrió pese a la condena casi unánime de la comunidad internacional en 33 votaciones en la Asamblea General de Naciones Unidas desde 1992, donde Estados Unidos fue el único en votar a favor del bloqueo junto a Israel y muy escasos países sometidos a sus dictados.
La recurrencia, más de un siglo después, del intento infructuoso de Estados Unidos de usar sus propias legislaciones para pretender imponer sus intereses a la nación cubana, han fracasado siempre ante la heroica resistencia del pueblo cubano a las medidas anexionistas y neocoloniales herederas de la oprobiosa Enmienda Platt, y ahora al auge del neofascismo en Washington.
arb/prl
*Corresponsal jefe de Prensa Latina en Nicaragua y concurrente en El Salvador, Guatemala y Honduras durante 10 años; corresponsal jefe en República Dominicana, Ecuador y Bolivia. Creó y dirigió la Editorial Génesis Multimedia que hizo la Enciclopedia Todo de Cuba y 136 títulos más. Anteriormente, director del periódico Sierra Maestra en la antigua provincia de Oriente, ayudante del ministro de Cultura Armando Hart; jefe de la Redacción Internacional de la revista Bohemia con coberturas internacionales en más de 30 países y es autor del libro Comercio Electrónico, la nueva conquista. Dirige la revista Visión de la UPEC y es presidente de su Grupo Asesor.





