Por Enrique González
Colaborador de Prensa Latina
Existe una curiosa paradoja: el presidente que más se ha apoyado en los católicos para ganar, es ahora el más repudiado por parte de la jerarquía católica estadounidense, y no solo por esta.
Los números hablan por sí solos. La aprobación general de Trump se ha desplomado al 33 por ciento, el nivel más bajo dentro de su carrera política. En esto coinciden prestigiosos sondeos y varias agencias.
Téngase en cuenta que la aprobación de Trump entre los llamados católicos blancos cayó del 59 por ciento al 52 por ciento entre febrero de 2025 y comienzos de 2026, según Pew Research.
Si analizamos los católicos latinos, encontramos un brutal desplome del 25 por ciento frente a un 37 por ciento que mostraba justo antes de las elecciones de noviembre de 2024. Según analistas, esos mismos votantes le habían dado el margen de victoria en Texas, Arizona y Nevada, muy relacionados con el llamado “voto swing” dentro del electorado.
Ahora la pregunta es, ¿qué rompió la coalición?: no fue la economía, aunque sigue siendo la preocupación número uno del 51 por ciento de los católicos, sino la guerra y el papa.
Como es conocido, el pasado 28 de febrero, Trump lanzó la “Operación Epic Fury” contra Irán. Desde ese mismo momento, los obispos estadounidenses han mantenido una unanimidad sorprendente: ningún prelado católico “de peso” ha defendido la guerra.
Cardenales como Robert McElroy y Blase Cupich han calificado la operación como incompatible con la doctrina de la guerra justa.
Por otra parte, cuando Trump amenazó con “borrar del mapa una civilización entera”, si Irán no reabría el Estrecho de Ormuz, León XIV respondió que la amenaza era “totalmente inaceptable”.
Hablamos del primer pontífice estadounidense de la historia (nacido en Chicago). La aprobación de este papa entre los estadounidenses alcanza el 60 por ciento, casi el doble que la de Trump.
No es un detalle meramente simbólico: primera vez en la historia republicana moderna que un presidente entra en “choque público” y directo con un pontífice que comparte su nacionalidad y que goza del doble de popularidad.
Para colmo, en su poco inteligente enfrentamiento contra León XIV, Trump ha ido escalando. Llamó al papa “débil frente al crimen y terrible en política exterior”. Se atribuyó su elección en el cónclave y durante la Semana Santa publicó una imagen generada por inteligencia artificial que lo retrataba (a Trump) como Jesús.
Como es perfectamente entendible, para un votante católico practicante, quien cree que el Espíritu Santo guía la elección del papa, resulta un verdadero insulto que un presidente afirme que los cardenales durante el cónclave fueron “políticamente influenciados”.
QUÉ DICEN LAS ENCUESTAS
Las encuestas hablan por sí solas: el 55 por ciento de los católicos se opone al uso de la fuerza militar en Irán. Entre católicos no blancos, el 75 por ciento desea el fin de la guerra aún sin alcanzar todos los objetivos, y apenas un 33 por ciento apoya los ataques. Existe una coincidencia en las posiciones de la jerarquía católica y su base.
A lo anterior se suma la campaña de deportaciones masivas de 2025, que afectó directamente a comunidades con alta presencia de católicos latinos y que contradice de plano la doctrina social de la Iglesia católica respecto al tema de la migración.
Las carreras competitivas de 2026 se concentran precisamente en estados donde los católicos representan al menos el 20 por ciento del electorado: 30,6 por ciento en Nueva York; 21,8 por ciento en Pensilvania; 21 por ciento en Wisconsin y 20,3 por ciento en Texas.
Son precisamente algunos distritos de Nueva York, Pensilvania y Wisconsin los que podrían decidir la mayoría en la Cámara de Representantes.
ACCIONAR DE LOS DEMÓCRATAS Y REPUBLICANOS
La realidad descrita es conocida perfectamente por demócratas y republicanos. Los demócratas han desplegado un esfuerzo nacional de movilización católica progresista en casi tres docenas de distritos donde los católicos superan el 20 por ciento del electorado.
Por primera vez cuatro grandes organizaciones latinas (UnidosUS, LULAC, Mi familia en acción y Latino Victory) han unificado sus operaciones de campo con el objetivo de conectar con más de cinco millones de votantes. Por su parte, Pax Christi USA distribuye tarjetas de oración en parroquias bajo el lema: “Vote PAX2026”.
Por su parte, los republicanos apuestan todo al vicepresidente JD Vance, católico converso desde 2019 y la figura católica más visible de la administración que, precisamente, publicó este año un libro sobre la fe, y que se ha atrevido a desafiar teológicamente al propio papa.
Se trata de un movimiento arriesgado: Vance queda atrapado entre un pontífice atacado por su propio jefe (Trump) y una base latina católica que se le escapa.
RIESGO FINAL
El riesgo para Trump es que la erosión se vuelva estructural y no coyuntural. Si la guerra contra Irán continúa prolongándose, el petróleo no baja y los datos económicos se deterioran, el desplazamiento de los católicos latinos podría consolidarse. Las elecciones de medio término despejarán si el vuelco hispano de 2024 era estructural o circunstancial.
La pregunta decisiva del próximo 3 de noviembre no es si los católicos votarán en bloque -nunca lo hacen-, sino qué número de los católicos latinos y suburbanos que respaldaron a Trump en 2024 lo abandonarán ahora.
En conclusión, el presidente que ganó la Casa Blanca apoyándose en los católicos puede perder por el mismo motivo. La ironía tiene una precisión casi teológica: quien vivió del voto católico podría morir políticamente por él.
arb/EG





