Por Louise Whiting*
Colaboradora de Prensa Latina
Sin embargo, enfrentar la escasez exige tomar decisiones mucho antes de que sus efectos se hagan evidentes.
Ese es uno de los grandes desafíos de Centroamérica: dejar de responder a la escasez cuando ya es una realidad y avanzar hacia una gestión anticipada y sostenible del agua, especialmente en cuencas compartidas por varios países, donde la cooperación regional resulta fundamental.
La advertencia climática de este año vuelve esa discusión especialmente urgente. Los servicios climáticos internacionales mantienen un aviso de El Niño y estiman en más del 90 por ciento la probabilidad de un evento muy fuerte en 2026-2027. Esto podría aumentar la presión sobre territorios que ya enfrentan una disponibilidad limitada de agua.
CORREDOR SECO
En el Corredor Seco Centroamericano -una franja de unos mil 600 kilómetros que atraviesa Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua-, millones de familias dependen de la lluvia para producir alimentos y generar ingresos. Allí, menos agua puede significar menos cosechas, pérdida de activos, endeudamiento, inseguridad alimentaria y migración.
En Guatemala y El Salvador, además, el agua rara vez pertenece a un solo país. El río Lempa -principal fuente de agua superficial de El Salvador- nace en Guatemala, en la región del Trifinio donde confluyen tres fronteras, y atraviesa Honduras antes de recorrer el territorio salvadoreño: buena parte del agua de la que depende el país se origina fuera de sus límites.
Guatemala, por su parte, distribuye sus cuencas hidrográficas en tres vertientes -el Pacífico, el Caribe y el golfo de México-, y comparte la mayoría de sus cuencas con países vecinos.
Gestionar el agua en Centroamérica es, casi siempre, gestionarla con otros.
A escala mundial, además, la agricultura representa cerca del 72 por ciento de las extracciones de agua dulce, lo que coloca a los sistemas agroalimentarios en el centro de cualquier discusión sobre el futuro del agua.
QUÉ HACER
Pero el desafío no consiste solamente en tener más o menos agua. La pregunta fundamental es qué hacemos con el agua que tenemos.
Cuando el recurso escasea quedan expuestas las debilidades de su gestión: ¿sabemos cuánta agua se extrae y quién la utiliza?, ¿qué usos tienen prioridad?, ¿cuánto debe reservarse para las necesidades humanas y los ecosistemas?, ¿cómo coordinamos las aguas superficiales y subterráneas?, ¿qué hacemos cuando distintos territorios dependen de una misma fuente?
Responder estas preguntas en medio de una crisis es llegar tarde.
La seguridad hídrica se construye antes. Requiere información confiable sobre disponibilidad y uso, reglas claras para asignar el recurso, protección de las fuentes de agua y los ecosistemas que las sostienen, y acuerdos capaces de funcionar no solo cuando hay abundancia, sino también cuando hay que compartir la escasez.
Con ese propósito, recientemente autoridades de ambiente, agua y desarrollo rural de El Salvador, Guatemala y México, junto con la Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo y el Consejo Agropecuario Centroamericano, participaron en un intercambio de cooperación técnica en la cuenca Murray–Darling, coliderado por la FAO y el Instituto Gulbali de la Universidad Charles Sturt, con el apoyo del Consejo de Relaciones Australia–América Latina.
Australia no ofrece una fórmula para copiar. Su geografía, institucionalidad e historia son diferentes. Lo valioso es conocer décadas de experiencia frente a una pregunta que será cada vez más relevante para nuestra región: ¿cómo gestionar y distribuir el agua cuando no alcanza para satisfacer todas las demandas?
La cuenca Murray–Darling ha enfrentado sequías prolongadas, competencia entre usuarios y jurisdicciones y procesos para limitar extracciones y equilibrar necesidades productivas, humanas y ambientales.
Como en Centroamérica, ningún gobierno la administra por sí solo: su gestión depende de acuerdos entre territorios que comparten el mismo río. Su experiencia demuestra que contar con datos, reglas, instituciones y acuerdos antes de una crisis puede marcar la diferencia cuando llega la escasez.
CONVERTIR EL CONOCIMIENTO EN ACCIÓN
El aprendizaje también es recíproco. Mesoamérica aporta experiencias de gestión comunitaria del agua, participación local y conocimientos indígenas y campesinos que vinculan estrechamente el agua con el territorio, los alimentos, los ecosistemas y los medios de vida.
Pero el conocimiento debe convertirse en acción. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) acompaña a los países para transformar sus prioridades sobre agua, agricultura y resiliencia climática en programas capaces de movilizar inversión. El Corredor Seco Centroamericano ocupa un lugar prioritario en esa agenda.
A través de la Iniciativa Mano de la mano, la FAO contribuye a identificar, mediante datos y análisis territorial, dónde las inversiones pueden generar mayores transformaciones.
En territorios expuestos a sequías recurrentes, esto implica invertir en una mejor gestión del agua, sistemas productivos resilientes, infraestructura, información climática y capacidades para anticiparse a las pérdidas.
Porque invertir en agua antes de una sequía cuesta menos que reconstruir medios de vida después de ella.
El próximo episodio de El Niño vuelve a recordarnos que podemos esperar a que disminuyan las lluvias, bajen los ríos y aumente la competencia por el recurso, o utilizar la información que ya tenemos para decidir antes.
El agua no empieza a importar cuando falta. La seguridad hídrica comienza cuando todavía podemos decidir cómo cuidarla, compartirla y utilizarla mejor.
arb/ga/lw
*Oficial de Tierras y Aguas de la FAO en Mesoamérica.





