miércoles 28 de octubre de 2026

Cuba: El bloqueo bajo la lupa cotidiana

La Habana (Prensa Latina) La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) vota este 28 de octubre, por trigésima cuarta ocasión, la resolución que exige el fin del bloqueo de Estados Unidos contra Cuba.

Por Dixie Edith

Redacción Cuba

La cita llega marcada por el cerco petrolero y las sanciones secundarias impuestas por Washington desde enero de 2026, pero también por una campaña de odio y desinformación sin precedentes, sostenida por el poderío casi absoluto del enemigo del norte sobre los algoritmos de internet y las redes sociales.

Más de ocho de cada 10 cubanos han nacido bajo el bloqueo. La estadística es elocuente para cada habitante de esta isla.

Les asalta mientras bajan la populosa Garzón, en Santiago de Cuba, ante las tarimas del mercado agropecuario de turno cuando constatan los efectos de la inflación, mirando al mar al lado del hotel La Rusa, en Baracoa, en las inmediaciones de la presa Zaza, bajo un sol torturante o entre la resina negruzca de las matas de tabaco en Vueltabajo.

No sin razón. El más reciente informe de Cuba sobre sus afectaciones cuantifica los daños del período marzo de 2025-febrero de 2026 en 8.083,3 millones de dólares, una cifra récord que supera en un siete por ciento la del año anterior.

Con ese monto, los perjuicios acumulados en más de seis décadas ascienden a 178.700,5 millones de dólares a precios corrientes. La estadística, sin embargo, no alcanza a medir el daño emocional ni las privaciones que genera en las familias cubanas, como ha advertido el canciller Bruno Rodríguez Parrilla.

En sus más de seis décadas, el aberrante sistema de leyes y sanciones económicas ha venido acompañado por guerras biológicas y agresiones militares, transmisiones ilegales de radio y televisión, actividades terroristas, planes de atentados a dirigentes, aliento a la emigración ilegal, mentiras y mucha hostilidad.

Hoy el desangramiento continúa y en esta prueba mayor de resistencia cada uno de los poco más de nueve millones de cubanos tiene una experiencia, un criterio o apenas una percepción sobre el bloqueo.

…PERO SE SIENTE

La fotografía demográfica de la isla se ha vuelto, en sí misma, un testimonio del criminal asedio. Al cierre de 2025, Cuba registró una población efectiva de nueve millones 434 mil 593 habitantes, lo que representa un descenso de más de 313 mil personas respecto al año anterior y una caída cercana al 16 por ciento en una década.

En ese mismo año se registró una de las cifras migratorias más altas de la historia reciente y la fecundidad más baja desde 1958. Mientras, el envejecimiento alcanzó el 26,7 por ciento, el más alto de América Latina y el Caribe.

Juan Carlos Alfonso, vicejefe de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), en entrevista con Prensa Latina, atribuyó esa tendencia a “las consecuencias de la pandemia y la crisis humanitaria agravada por las sanciones de Estados Unidos”.

No son datos abstractos: es la biografía colectiva de un país que sufre mientras el cerco se aprieta. La guerra económica de Estados Unidos contra Cuba sigue caminos bien enrevesados y su impacto toca cada una de las esquinas de la vida, aunque su acción escape, muchas veces, a la vista del ciudadano común.

En buena ley, para entender el bloqueo es necesario cierto poder de abstracción. No se trata de riquezas que se tenían y se perdieron, sino de opciones frustradas, ingresos impedidos, miles de millones de dólares que podían haber sido, pero nunca fueron: recursos equivalentes a años de desarrollo en las condiciones cubanas.

Y esa comprensión se aleja más a medida que se intensifica el otro cerco: el de la desinformación. La periodista e investigadora Rosa Miriam Elizalde lo resume con precisión: El bloqueo en Cuba no es sólo económico y comercial, sino tecnológico y comunicativo. La isla enfrenta una brutal y desigual guerra informativa.

Washington busca sincronizar el intento de colapso energético con la desinformación y la duda, en un escenario de presión multidimensional. La saturación informativa, la creación de realidades paralelas y el uso de inteligencia artificial generativa buscan que el ciudadano deje de creer en sus propias percepciones.

A ello se suma una paradoja: Cuba carece de servicios independientes de verificación, el acceso a internet es limitado y caro, y el bloqueo también dificulta el acceso a plataformas internacionales de contraste.

El resultado es que muchas personas intuyen el bloqueo, lo padecen en carne propia, pero no siempre encuentran las coordenadas para nombrarlo y dimensionarlo. La infodemia profundiza el cerco porque le niega a la población la posibilidad de comprender cabalmente el origen de su propio sufrimiento cotidiano.

OTRA VUELTA DE TUERCA

“En 1993, cuando me gradué de la universidad, estábamos flaquísimos. Mi hermano parecía otro. Cuando regresaba a la casa me tocaba ayudar a encender la leña en el patio porque no había gas. Fue una época horrible que se nos está repitiendo”, asegura Daniel Ramírez, biólogo de 56 años entrevistado por Prensa Latina.

De manera recurrente, para la generación de Daniel, el bloqueo se asociaba al período especial. Muchas personas no habían nacido cuando echó a andar, y otras tenían noción de su existencia, pero lo sintieron de verdad al empezar los 90, cuando el país perdió la capacidad de acomodar sus efectos.

Esta nueva vuelta de tuerca, sin embargo, no se parece a las anteriores. Tras las leyes Torricelli y Helms-Burton, el cerco de 2026 ha dejado de ser un entramado de prohibiciones comerciales para convertirse en un asedio energético sin precedentes.

El 29 de enero, Washington declaró una supuesta “emergencia nacional” sobre la base de que Cuba representa una “amenaza inusual y extraordinaria” y firmó la orden ejecutiva 14380: cualquier país que venda o suministre petróleo a la isla, directa o indirectamente, se expone a aranceles punitivos.

El objetivo declarado es “bloquear por completo el suministro de combustible”. En mayo, otra orden amplió el cerco con sanciones secundarias contra entidades extranjeras en sectores estratégicos -energía, minería, finanzas- incluso si sus negocios en Estados Unidos no tienen relación alguna con Cuba.

Es la extraterritorialidad llevada a su expresión más descarnada: el mundo entero queda advertido de que hablar de petróleo con La Habana tiene un precio.

El resultado es medible en horas sin luz. Más de 1.400 megavatios de capacidad instalada de electricidad permanecen ociosos por falta de combustible; el déficit eléctrico residencial promedia 20 horas diarias, con picos que han superado las 60 horas consecutivas cuando las termoeléctricas no aguantan y salen por averías.

“Es un cerco medieval”, lo calificó hace pocas semanas el embajador de Suiza en La Habana, Stefano Vescovi, durante la presentación del reporte de medio año sobre la economía, del Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC) de la Universidad de La Habana

Es como “un antiguo castillo de aquella época cercado por soldados enemigos donde no se puede bajar el puente levadizo para que entren carros con mercancías y alimentos y hacer un mercado normalmente”. Eso te asfixia, aseveró el diplomático.

La Cancillería cubana no duda en calificarlo como un “acto de genocidio” y “castigo colectivo contra la población”. La Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, en tanto, ha advertido que las restricciones de combustible comprometen servicios esenciales, incluidos los cuidados médicos intensivos y la conservación de medicamentos.

Daniel Ramírez, quizás con ojos de quien no se despega de un microscopio, pone el asunto bajo otro prisma: “El bloqueo ni siquiera les ha salido bien. Nos duele y nos limita, pero aquí estamos”.

arb/det

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