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miércoles 29 de mayo de 2024
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Ánima de la paz*

Montevideo (Prensa Latina) Entonces me voy a volver para continuar mi viaje a Ítaca por caminos y memorias de Colombia. Durante décadas de guerra, Colombia fue escenario de muchas migraciones forzadas hacia fuera del país y de unas regiones a otras del propio país.

Kintto Lucas**, colaborador de Prensa Latina

Ahora podría estar perdido en el camino, entre el Putumayo y el Caquetá, en la Colombia profunda, buscando voces y testimonios en un respiro de la guerra. No sé muy bien cuál es el año en este lugar, tampoco sé si habrá un respiro en esta guerra. Ya son más de 50 años desde que estas balas se iniciaron. ¿Estos tiros de hoy son los mismos de ayer?

Aquí nomás los campesinos miran la guerra como parte de un camino, recuerdan otras luchas que no vivieron, porque ya son tantos los años, que son varias las generaciones. Se fueron a volver de la guerra y están aquí recordando, casi, casi llegando a la paz. Se escuchan unos acordes de guitarra y alguno se pregunta todavía ¿qué es la paz? ¿Vale la pena la paz? Aquí la gente mira la paz como parte de un camino que se va construyendo. Un tejido difícil porque a veces los hilos no coinciden en el telar. Pero hay que buscar que coincidan. Entonces, me voy a volver de la paz en Colombia. Bueno, eso creo, o mejor dicho espero. Camino difícil, intrincado, culebrero. Podríamos empezar frente al pelotón de fusilamiento del coronel Aureliano Buendía.

Macondo

Escuchemos a Gabriel García Márquez contar aquella historia, recordando su voz particular: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aún los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. Las cosas, tienen vida propia pregonaba el gitano con áspero acento, todo es cuestión de despertarles el ánima”.

Podríamos decir que la paz tiene vida propia. Entonces, será cuestión de despertarle el ánima… Para despertarle el ánima hay que seguir caminando. Tal vez en el pueblo de Macondo no esté la respuesta, o tal vez sí. Pero como diría el propio Gabo, la realidad, ya hace muchos años que superó a la ficción en Colombia y en tantas partes: “El novelista puede inventar todo siempre que sea capaz de hacerlo creer. Y yo creo que el gran reto de la novela es que te la crean línea por línea, pero lo que descubre uno es que ya en América Latina la ficción, la literatura, la novela es más fácil de hacer creer que la realidad”.

Cien Años de Soledad apareció en 1967 y se convirtió en el mejor ejemplo del realismo mágico, que algunos definieron como un “género literario” latinoamericano que, sirviéndose del surrealismo, mezcla lo mítico y lo cotidiano para captar la historia y la cultura.

Dos años después, en 1969, el compositor peruano Daniel Camino Diez Canseco ganó el Festival de la Canción de Ancón en Perú con una cumbia basada en Cien Años de Soledad que se titula Los cien años de Macondo, que hasta hoy sigue sonando en pueblos y ciudades de la América Latina. Esa cumbia se transformó en un éxito mundial con decenas de versiones. En este momento podríamos escuchar la versión del cantautor mexicano Oscar Chávez. Si no pueden escuchar, imaginen…

Camilo

Más allá de Macondo hay otras realidades que se fueron construyendo en medio de desigualdades e injusticias casi endémicas. Desigualdades que venían de atrás y fueron instalándose en los distintos caminos de Colombia. Injusticias que se fueron creando en medio de las desigualdades, de la tierra en pocas manos, del olvido de los campesinos y de los pobres de la ciudad. El pelotón de fusilamiento del Coronel Aureliano Buendía, finalmente, es solo un pelotón más en la historia de Colombia.

La guerra entre conservadores y liberales por el poder político y económico tenía en medio a un pueblo que cierto día buscó asumir su protagonismo, creyendo que podría terminar con las desigualdades y las injusticias. Un pueblo que quería la paz, pero la guerra fue invadiendo el camino y luego fue el propio camino, mientras los poderes nacionales y extranjeros diseñaban el destino de Colombia.

En ese camino, perdido y encontrado tantas veces desde la muerte de Jorge Eliecer Gaitán en 1948, surgieron caminantes que dejarían marcados sus pies en la vida de ese país, como el cura Camilo Torres aquel 15 de febrero de 1966.

No hubo cuerpo para velar, pero su nombre quedó en los caminos de la América Latina. “Para entender a Camilo hay que situarlo integralmente, no solo como el cura guerrillero. Eso es circunstancial en su vida. Es el sacerdote, el sociólogo, el político, el revolucionario y el guerrillero”, dice su amigo Gustavo Pérez Ramírez. “Un símbolo del compromiso de los cristianos en una trasformación de la sociedad”.

La historia de este cura revolucionario quedó grabada en una hermosa canción titulada Cruz de Luz, creación del cantautor uruguayo Daniel Viglietti. Pero en este momento me gustaría escuchar la versión de Chavela Vargas que supo interpretar con una fuerza y una ternura extraordinarias esa canción que relata una pequeña historia en el camino de Colombia, una gran historia.

El caracol

Ahora, en estos caminos de Colombia se puede encontrar otro mundo en la ciudad, también marcado por la violencia del desalojo, la violencia que significa quedarse sin casa y no tener dónde ir. En el campo es la falta de tierra que lleva a los campesinos a sumarse a la lucha social y política de diversas formas, en la ciudad es la falta de vivienda digna la que lleva a los pobladores y trabajadores a sumarse a diversas luchas.

El cineasta Sergio Cabrera, logró en la película La estrategia del caracol, plasmar con ironía la lucha contra un desalojo colectivo de una casa de inquilinato en la cual muchos eran migrantes. Pero sobre todo logró mostrar las solidaridades y luchas que se construyen desde los de abajo en momentos de exclusión social.

Del proletario sin trabajo y sin vivienda, pasando por el cura del barrio, por el desclasado y el intelectual, los hilos de la lucha y la solidaridad construyen una historia de Colombia, de las tantas historias que teje el inmenso telar de la memoria colectiva, en el que la gente elabora sus propias estrategias de supervivencia, como la estrategia del caracol, llevándose la casa a cuestas, llevándose su mundo a cuestas. La película, estrenada en 1993, obtuvo varios premios internacionales. La estrategia del caracol es, finalmente, una metáfora de la realidad. Como decía García Márquez, la realidad puede ser más absurda que la ficción.

Mohana

De ese mundo urbano de Colombia en 1993, me voy a otro lugar, me voy a volver del campo colombiano en el año 2000. Por ahí se escuchan rancheras y corridos como si estuviésemos en el campo mexicano. En las cantinas de San Vicente del Caguán, muy cerca de dónde se desarrollan diálogos de paz entre la guerrilla de las FARC y el gobierno de Andrés Pastrana se escuchan rancheras. Pero seguimos caminado por Colombia. Una Colombia profunda, sufrida, luchadora y solidaria. Solidaria a pesar de las dificultades. Una Colombia que intenta llegar a la paz. Vamos y venimos de la guerra. Vamos y venimos de la paz. Vamos y venimos en el tiempo. Vamos y venimos de la música.

Seguramente cuando se alcance la paz también será una paz llena de música. Colombia es un país tocado por la magia de la diversidad musical. Las notas musicales de ese país pueden inundar el mundo. Totó La Momposina, con su pasión en cada canto, con la magia de la vida en cada música, con la cumbia en el camino de la paz, tal vez nos diga: “Mohana, Mohana, Mohana…/ Espíritu del agua espíritu burlón / Espíritu del agua espíritu burlón / Tengo que abrirte mi corazón / Espíritu del agua espíritu burlón / Envuélvela con la atarraya / Y agárrala con la atarraya / Y púyale los ojos con la atarraya / Pa que me siga donde yo vaya / Pa que nunca más se olvide de mí / Pa que yo no tenga más que sufrir”. Y si hacemos volar la imaginación podríamos pensar que se refiere a la paz…

Biblia de pobres

Después, claro, después seguimos caminando, aunque ya no sé muy bien por donde estoy, en qué lugar de la paz o la guerra, en qué momento del camino… Pero si sé, me voy acercando a la poesía de mi amigo el poeta colombiano Juan Manuel Roca, que un día de hace ya algunos años, escribió su Biblia de Pobres, un libro en que la poesía es una mirada del cansancio de Colombia.

En Colombia hubo una y varias generaciones que se fueron cansando. Cansancio hubo entre las calles y entre los campos abandonados, cansancio hubo entre quienes tuvieron que abrir la puerta por última vez y entre quienes tuvieron que cerrarla. Juan Manuel poetizó el cansancio y el dolor de su generación esperando la paz…

Guerrilla vallenata

Ahora, en Los Pozos, muy cerca de San Vicente del Caguán escucho a Julián Conrado, compositor de vallenatos y guerrillero de las FARC. Es el año 2000 y vamos ingresando al territorio dónde se desarrollan diálogos de paz. Durante la conversación, Conrado me dice que está vinculado a sectores de izquierda desde 1965, cuando mataron a Camilo Torres. Los hilos del tejido histórico que se cruzan. “Mi mamá me hablaba mucho de él” asegura el guerrillero.

Tiene el acento típico de los pobladores de la Sierra Nevada de Santa Marta. Antes de ingresar a las FARC en 1983 ya era un conocido compositor de vallenatos. Los comienzos de su carrera musical se remontan a los festivales de vallenato que se realizaban en Colombia en la década de los 70, luego se dedicó a componer para cantantes famosos además de grabar cuatro discos. Desde que está en la guerrilla, Conrado produjo otros discos vinculados a su lucha. “Tengo influencia de la música vallenata y de la caribeña, por haber nacido en un puertito que está cerquitica de Cartagena, donde llegaba mucha música de Puerto Rico y Cuba”, comenta.

En esa charla en Los Pozos, al hablar de la cultura en Colombia, Conrado señala que no hay una cultura que esté por encima del bien y del mal. “La cultura de la violencia que hoy existe en Colombia es impuesta y nosotros apostamos a una de paz que vaya al rescate de los sectores populares, por eso presentamos propuestas culturales en ese sentido”. Recuerda que Jacobo Arenas, uno de los fundadores de las FARC junto a Manuel Marulanda, ponía énfasis en la necesidad de una propuesta cultural desde la guerrilla.

“Arenas me llamó un día a su caleta, abrió una botella de vino y me preguntó qué hacía yo en la guerrilla. ‘Aquí cualquiera se tira un discurso político y tenemos guerrilleros pa’ que echen plomo a la lata, pero tú debes irte a grabar canciones’, dijo”.

En principio se sorprendió por las palabras de Arenas, pero luego se dio cuenta del sentido y pasó a pensar que el trabajo cultural acerca la guerrilla a la población y ayuda a construir identidad.

Dieciséis años antes de esta charla, en 1984, Conrado fue destacado por las FARC para trabajar políticamente con la Unión Patriótica en la costa del caribe colombiano, mientras se desarrollaba el diálogo de paz entre la guerrilla y el gobierno de Belisario Betancur. Una de las tantas experiencias frustradas. La Unión Patriótica terminó con más de cinco mil militantes asesinados. Él regresó al monte.

Caverna sin salida

Luego de la frustrada experiencia de paz con Betancur, a sus 70 años Manuel Marulanda volvió a dialogar de paz con el gobierno de Pastrana. Me dice que la guerrilla abandonaría el diálogo con ese gobierno sólo si sus posiciones en la zona desmilitarizada son atacadas. ”Tenemos voluntad de paz y sólo nos retiraremos de la mesa de diálogo cuando caigan las primeras bombas”, asegura. Concluye que tal vez algún día existan condiciones para que la guerrilla pueda realizar un acto en una ciudad grande. ”El reto será movilizar cien mil personas, aunque todavía falta para eso”.

Los diálogos finalmente fracasaron. Se interpuso el Plan Colombia, vinieron los bombardeos a campamentos guerrilleros, e incluso la invasión a territorio ecuatoriano para matar a Raúl Reyes en 2008. Luego se sucederán las muertes de varios líderes. Las FARC son duramente golpeadas. Por un tiempo se impone la teoría de la guerra y la represión liderada por el ex presidente Álvaro Uribe.

La guerra parece imponerse en el imaginario. La paz parece solo una utopía que ayuda a caminar. En ese camino duro, empedrado, culebrero, la paz asoma. Lenta pero asoma. Como una sombra tenue, casi imperceptible, asoma. La voluntad política de las partes, la mediación de Cuba, Noruega y el trabajo persistente de Hugo Chávez llevan a las conversaciones.

Después de caminar bastante, las FARC y el gobierno de Juan Manuel Santos, llegan a un acuerdo. Desde ahora vamos a combatir con la palabra, dice Timoleón Jiménez, o Timochenko, máximo dirigente guerrillero. Por ahí se da un tropiezo en el camino, pero la paz llegará, un día llegará…

Venimos de un largo camino. Pasaron décadas, pasaron guerras y esperanzas, pasó un mundo entre la paz y la guerra, entre la injusticia y la desigualdad. No se solucionarán los graves problemas sociales con la paz, pero el camino de la paz es el único viable. Claro está que después habrá que ir construyendo la justicia social, o sea una paz mejor para todos…

Pero la paz no llega con la firma del acuerdo: centenas de guerrilleros desmovilizados, dirigentes sociales, campesinos, indígenas y defensores de los derechos humanos son asesinados por paramilitares o militares. La muerte y la guerra se imponen, a pesar del papel firmado… A veces la paz y la guerra son como cavernas sin salida en el camino a Ítaca…

rmh/kl

*Del libro Mi viaje a Ítaca

** Periodista, escritor y político ecuatoriano-uruguayo

(Tomado de Firmas Selectas)

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