martes 3 de noviembre de 2026

Aeropuerto, la última urna

Sao Paulo, Brasil (Prensa Latina) Hay políticos que, al perder una elección, pronuncian un discurso reconociendo la derrota y prometen fiscalizar al nuevo gobierno. Otros prefieren una alternativa más cómoda: en lugar de cambiar de opinión, cambian de país. Flávio Bolsonaro optó por ambas actitudes.

Frei Betto*, colaborador de Prensa Latina

La democracia, al fin y al cabo, tiene estos inconvenientes. Hay electores- ¡qué ingratos!- que insisten en no comprender la grandeza del candidato. Tras semanas de escuchar sus promesas, contemplar sus imágenes y soportar sus certezas, deciden votar por otro. Es una ofensa personal que, para ciertos líderes, solo puede repararse mediante la huida.

El siglo XX ofrece un catálogo de gobernantes y aspirantes al poder que, ante la derrota o una caída inminente, descubrieron las virtudes del exilio. Algunos huyeron tras perder elecciones; otros, tras perder el control del Estado a causa de golpes de Estado, revoluciones o guerras. Conviene distinguir las situaciones, aunque todas revelan cómo el poder, cuando deja de ser una propiedad privada, puede convertirse en un lugar bastante incómodo.

En la mañana del 1 de abril de 1964, con la entrada de las tropas golpistas en el Estado de Río de Janeiro, Jango voló en un avión de la Fuerza Aérea Brasileña (FAB) con destino a Brasilia. En la capital federal, al percatarse de que corría riesgo de ser detenido, viajó a Porto Alegre para unirse a la resistencia de Leonel Brizola. Al no estar de acuerdo con el enfrentamiento armado, se dirigió a su hacienda en São Borja (Rio Grande do Sul), su ciudad natal. El 4 de abril despegó en una avioneta rumbo a Montevideo, donde se exilió. Solo regresó a Brasil doce años después. Ya sin vida.

En 1940, Manuel Azaña, presidente de la Segunda República española, ya se encontraba en el exilio en Francia tras la victoria de las tropas de Franco en la Guerra Civil. No huía de una elección perdida, sino de la derrota militar de una República que no logró sobrevivir al fascismo. Su trayectoria recuerda que el exilio no siempre es la cobardía de un individuo: puede ser la consecuencia trágica de la destrucción de un régimen.

Otro caso fue el de Juan Domingo Perón, depuesto por un golpe militar en Argentina en 1955. Partió hacia un largo exilio, pasó por diferentes países, hasta que regresó en 1973 y volvió a la Presidencia. No fue un candidato derrotado en las urnas, sino un presidente derrocado por la fuerza. Su historia demuestra que, en política, la puerta de salida puede convertirse también en una puerta de retorno.

Por su parte, Idi Amin, dictador de Uganda, abandonó el país en 1979 tras ser derrotado por fuerzas ugandesas y tanzanas. Terminó sus días en Arabia Saudita, lejos del país que había gobernado con brutalidad. No necesitó enfrentarse a las urnas para comprender que el poder, cuando se sustenta en el miedo, puede evaporarse en cuanto el miedo cambia de dirección.

La historia de Haití ofrece también el ejemplo de Jean-Claude Duvalier, «Baby Doc», quien dejó el país en 1986 tras una revuelta popular contra su dictadura. No perdió una elección presidencial; perdió el régimen que había heredado de su padre. El apellido, que le había abierto las puertas del palacio, no le garantizó su permanencia en él.

Y están aquellos que, derrotados o ante la amenaza de una derrota, prefieren convertir el viaje en una estrategia política, como Flávio Bolsonaro. El avión se transforma en una especie de segunda cabina electoral donde, en lugar de votos, se cuentan maletas. La diferencia radica en que, en las urnas, el ciudadano elige quién lo gobernará; en el aeropuerto, es el gobernante quien elige adónde escapar.

Cabe recordar, sin embargo, que no todo político que abandona el país es un fugitivo, del mismo modo que no todo exilio es voluntario. Existen opositores perseguidos por dictaduras, presidentes derrocados por golpes de Estado y dirigentes amenazados con la cárcel sin garantías judiciales. Huir para salvar la vida no es lo mismo que intentar escapar de las consecuencias de actos cometidos a lo largo de una trayectoria política; tal es el caso del candidato derrotado en Brasil, involucrado en una serie de manejos turbios que comienzan con las «rachadinhas» (1) en su despacho como diputado estadual en Río de Janeiro y culminan con los millones de dólares recibidos del banquero Daniel Vorcaro para la producción de una película sobre su padre.

La distinción cobra aún más importancia cuando un gobernante, tras ser derrotado, denuncia un fraude sin presentar pruebas, descalifica a las instituciones que organizaron la votación e intenta convencer a sus seguidores de que la voluntad popular solo es legítima cuando coincide con la suya, tal como hace Trump. En este caso, la derrota electoral deja de ser un resultado y pasa a presentarse como una conspiración.

El razonamiento es admirable por su sencillez: si gano, el pueblo es soberano; si pierdo, el pueblo ha sido engañado. La democracia funciona a la perfección mientras confirma mis convicciones. Cuando me lleva la contraria, es evidente que está contaminada por enemigos, comunistas, extranjeros, periodistas, jueces, urnas amañadas o cualquier otro sospechoso disponible en el mercado de las excusas. Si nada de esto funciona, queda el pasaporte. El exilio puede ser una tragedia para quien pierde la libertad por defender la democracia. Para quien pretendió situarse por encima de ella, puede ser simplemente un cambio de domicilio, acompañado de entrevistas indignadas, declaraciones de inocencia y fotos cuidadosamente seleccionadas para las redes digitales.

Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre abandonar el país y abandonar la responsabilidad. Lo primero puede ser necesario; lo segundo no debería ser permitido por la memoria pública. Las fronteras se cruzan en avión. La historia, por desgracia para algunos, no ofrece servicio de inmigración.

La democracia no exige que un candidato derrotado se convierta en admirador del vencedor. Exige algo más elemental, como reconocer el derecho de los electores a elegir, respetar las reglas del juego democrático y no tratar al país como si fuera su mansión.

Al fin y al cabo, quien compite por la Presidencia solicita un mandato, no una escritura de propiedad. Y quien pierde una elección sigue siendo ciudadano, aunque deje de ser jefe de Estado. El problema surge cuando el candidato cree que la nación le pertenece y que el elector ha cometido una insolencia al no elegirlo. En ese momento, la maleta ya está casi lista, el discurso de victimización ha sido ensayado y el aeropuerto parece más acogedor que la plaza pública. Solo falta decidir si la huida se presentará como persecución política, misión internacional o retiro estratégico.

La democracia, esa señora de costumbres obstinadas, seguirá esperando el regreso del viajero. No para devolverle su mandato de senador, sino para recordarle que, en una República, el poder tiene fecha de caducidad y que la derrota electoral- a diferencia de la dignidad- no debería ser motivo de vergüenza.

(1) «Rachadinha» es el término popular que se le da a un esquema de corrupción en el que un agente público o político exige a sus asesores o funcionarios designados que entreguen parte o la totalidad de sus salarios tras haberlos recibido.

rmh/fb

* Escritor brasileño y fraile dominico, conocido internacionalmente como teólogo de la liberación, Frei Betto es autor de 60 libros de diversos géneros literarios –novela, ensayo, policíaco, memorias, textos infantiles y juveniles y de tema religioso. En dos ocasiones, 1985 y 2005, mereció el premio Jabuti, el reconocimiento literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. Leer más… Asesor de movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, ha participado activamente en la vida política de Brasil en las últimas cinco décadas.

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