Por Boris Luis Cabrera
Redacción de Deportes
Hoy, sin embargo, detrás de cada centésima aparecen espumas, placas, sensores, algoritmos, pistas elásticas y laboratorios capaces de convertir cada zancada en miles de datos.
La pregunta ya no es solamente cuánto puede correr un ser humano, sino cuánto puede ayudarle la tecnología a correr más rápido sin alterar la esencia de la competencia.
EL ATLETA ENTRA EN EL LABORATORIO
Las zapatillas modernas dejaron de ser simples protectores de los pies y se convirtieron en piezas de ingeniería. Espumas de alta resiliencia, placas rígidas y materiales ligeros buscan devolver parte de la energía generada durante cada apoyo.
Una investigación de la Universidad de Colorado Boulder publicada en 2026 encontró mejoras de entre 1,9 y 2,3 por ciento en la economía de carrera de atletas entrenados con modelos avanzados frente a clavos tradicionales. Otra revisión, basada en 17 ensayos con 281 participantes, concluyó que estas tecnologías reducen el consumo de oxígeno y el costo energético.
No significa que un corredor vaya automáticamente dos por ciento más rápido, pero en la cima del atletismo las pequeñas diferencias pueden decidir una medalla.
Usain Bolt lo sabe. El dueño del récord mundial de 100 metros, 9,58 segundos desde Berlín 2009, respaldó en 2025 una investigación de Puma según la cual habría podido correr 9,42 con los actuales clavos de competición.
No fue una carrera real ni una marca oficial, sino una estimación experimental. Pero aquellas 16 centésimas muestran cuánto puede pesar la evolución tecnológica.
Bolt resumió el asunto con una frase reveladora: hay que tener “el talento junto con la tecnología”.
La zapatilla puede favorecer la biomecánica, pero no posee voluntad ni soporta el dolor de una final. Puede afilar la flecha, pero todavía hace falta alguien capaz de tensar el arco.
DE LA PISTA A LOS DATOS
La transformación no se limita al calzado. Las pistas modernas también buscan absorber, estabilizar y devolver energía. La superficie Mondo utilizada en Tokio fue diseñada con ese propósito y sus fabricantes estimaron un posible beneficio de hasta dos por ciento, aunque World Athletics advirtió que las grandes marcas de aquellos Juegos no podían atribuirse exclusivamente a la pista.
Los atletas percibieron la diferencia. Karsten Warholm la calificó de extraordinariamente rápida y otras protagonistas, como Sydney McLaughlin-Levrone y Dalilah Muhammad, destacaron su capacidad de rebote.
Mientras tanto, el cuerpo comenzó a convertirse en una fuente permanente de información. Sensores, cámaras de alta velocidad y plataformas de fuerza permiten estudiar longitud de paso, frecuencia, tiempo de contacto, aceleración y simetría.
Ahora la inteligencia artificial entra también en escena. World Athletics ya incorpora herramientas de análisis biomecánico mediante inteligencia artificial y teléfonos inteligentes. El entrenador puede saber no solo que un corredor perdió velocidad, sino qué cambió en su mecánica.
Hasta la salida se mide con precisión extrema. Los sistemas modernos registran la reacción al disparo y detectan las salidas falsas, mientras los entrenadores analizan cada milésima del primer impulso.
Warholm contó en 2024 que había enviado vídeos de sus salidas a Bolt y recibió un consejo tan sencillo como revelador: no debía salir caminando de los bloques, sino impulsarse.
Los sensores pueden medir el movimiento, pero todavía hace falta alguien que transforme los números en velocidad.
LA FRONTERA TECNOLÓGICA
Warholm también representa la evolución del debate. El noruego fue uno de los grandes críticos de las primeras superzapatillas por considerar que podían introducir un factor externo excesivo.
Después cambió su postura al comprobar que la innovación se había extendido entre las marcas y que el escenario era más equilibrado. Incluso participó en el desarrollo de sus propios clavos.
La paradoja es clara: cuando una innovación se generaliza, deja de ser privilegio y se convierte en obligación competitiva.
Por eso World Athletics intenta establecer límites. Sus regulaciones de calzado para 2026 buscan equilibrar innovación y equidad, con el principio de preservar la primacía del esfuerzo humano sobre la tecnología.
El problema es que comparar generaciones resulta cada vez más complejo. Ya no basta preguntar quién corrió más rápido. También importa con qué zapatillas, sobre qué superficie y con qué herramientas de entrenamiento y análisis.
Eso no invalida los récords actuales. Significa que cada marca pertenece a una determinada época tecnológica.
El 9,58 de Bolt pertenece a 2009. El hipotético 9,42 calculado por Puma pertenece a un laboratorio, no al libro oficial de récords. Entre ambas cifras hay 16 centésimas, pero también una revolución.
EL PRÓXIMO RIVAL
La próxima generación probablemente combinará calzado, sensores, cámaras, inteligencia artificial y datos fisiológicos para conocer cada vez mejor al atleta en movimiento.
El progreso puede producir mejores marcas, pero plantea una pregunta inevitable: ¿hasta dónde puede llegar la tecnología antes de que deje de ayudar al atleta y comience a construirlo?
La respuesta definirá cómo entenderemos los récords del futuro.
Quizá entonces el cronómetro marque cifras hoy inimaginables. Detrás estarán la espuma, la placa, la pista, los sensores, los algoritmos, los científicos y los entrenadores.
Pero habrá una frontera que el atletismo deberá preservar: el récord seguirá llevando el nombre de un ser humano, aunque cada vez sean más las máquinas que lo ayuden a escribirlo.
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