Por Martha Andrés Román
Corresponsal jefa en Brasil
Antiguo metalúrgico y dirigente sindical, el líder nacido en 1945 en Pernambuco emergió políticamente de las huelgas del ABC paulista contra la dictadura y participó en la fundación del Partido de los Trabajadores (PT), en 1980.
Su trayectoria quedó asociada a la defensa de los derechos laborales, las políticas sociales y el combate al hambre y la pobreza, según una reseña de la Agencia Brasil sobre su carrera política.
Esa trayectoria explica parte del carácter simbólico adquirido por Lula. Su llegada al Palacio de Planalto tras el triunfo electoral de 2002 representó la ascensión de un obrero a la Presidencia y convirtió su historia personal en parte del imaginario político de amplios sectores populares.
INCLUSIÓN SOCIAL, DESARROLLO Y SOBERANÍA
De 2003 a 2010, sus dos primeros mandatos combinaron crecimiento económico, expansión del empleo y una fuerte política social. El programa Hambre cero articuló iniciativas de seguridad alimentaria, mientras Bolsa Familia unificó proyectos de transferencia de ingresos y estableció una política nacional de combate a la pobreza.
Esa última iniciativa se convirtió en una de las principales marcas de aquellos gobiernos iniciales. Un estudio del Instituto de Investigación Económica Aplicada (Ipea) y el entonces Ministerio de Desarrollo Social señaló que el programa contribuyó a la reducción de la pobreza y la desigualdad, además de ampliar el acceso de los sectores más pobres a educación, salud y otros derechos sociales.
Un balance posterior del propio Ipea sobre los primeros 15 años de Bolsa Familia estimó que sus transferencias redujeron la pobreza en 15 por ciento y la pobreza extrema en 25 por ciento, con un costo de apenas 0,5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).
Durante sus administraciones, Lula combinó esos programas de transferencia de ingresos, valorización del salario mínimo, generación de empleo y expansión del consumo con estabilidad macroeconómica y alianzas con sectores empresariales.
El politólogo brasileño André Singer desarrolló uno de los principales marcos para interpretar el “lulismo”, fenómeno que vinculó con una nueva base social y política construida durante los primeros gobiernos del mandatario petista.
Por eso, algunas voces sostienen que definir a Lula simplemente como un político de izquierda resulta insuficiente. Es dirigente del PT y representa a la izquierda brasileña, pero su práctica de gobierno también se caracteriza por la negociación, las alianzas y la construcción de amplias coaliciones.
EL PROGRAMA DE 2026: SOBERANÍA Y DESARROLLO
Para las elecciones de 2026, esa concepción aparece en el programa presentado por Lula y Geraldo Alckmin, su compañero de fórmula. El documento propone un Brasil soberano, democrático, desarrollado, sostenible y creativo, con la inclusión, la equidad y la solidaridad como principios.
El proyecto plantea ampliar derechos sociales, fortalecer la salud y la educación, valorizar el trabajo, impulsar la transición energética y recuperar la capacidad productiva mediante una nueva estrategia de desarrollo.
La propuesta económica combina crecimiento, generación de empleo, inversiones públicas y privadas, responsabilidad fiscal y reducción de las desigualdades. También concede importancia a la neoindustrialización, la ciencia, la tecnología y el fortalecimiento del mercado interno.
La soberanía constituye otro de los ejes centrales. Según CNN Brasil, el plan defiende la autonomía de decisión del país y la protección de su territorio, recursos naturales y capacidad para formular un proyecto propio de desarrollo.
El documento plantea esa autonomía en áreas como defensa, energía, minerales, alimentación, tecnología, seguridad digital, medioambiente, salud y educación, y rechaza cualquier intento de subordinar las decisiones brasileñas a intereses extranjeros.
La posición adquirió mayor dimensión frente a las presiones de Estados Unidos. En su mensaje por el Día de la Independencia, Lula afirmó que Brasil no aceptará interferencias externas en sus decisiones políticas, económicas y comerciales. “No somos colonia y no seremos colonia de nadie”, declaró.
En su actual mandato, esa concepción se expresa también mediante la defensa del multilateralismo, los Brics, la integración latinoamericana y una mayor autonomía frente a las grandes potencias. Lula procura proyectar a Brasil como potencia regional y un actor relevante del Sur Global.
LOS DESAFÍOS DE CARA A LAS URNAS
Sin embargo, la imagen internacional convive con dificultades dentro del país. El sondeo Datafolha divulgado el 11 de septiembre registró 42 por ciento de evaluación negativa del Gobierno frente a 32 por ciento positiva. La desaprobación personal de Lula llegó a 50 por ciento, frente a un 47 por ciento de aprobación.
Ello puede estar vinculado con que este tercer mandato del jefe de Estado, iniciado en 2023, expone una tensión del lulismo: la mejora de indicadores económicos no siempre se traduce en una percepción equivalente de bienestar entre la población.
Un análisis publicado en el portal Brasil de Fato por el economista Luciano Alencar Barros, profesor del Instituto de Economía de la Universidad Federal de Río de Janeiro, apunta a esa brecha.
Barros destacó que el actual Gobierno viene mostrando un desempeño macroeconómico muy bueno en términos de crecimiento, empleo, ingresos e incluso inflación, resultados que destacan aún más cuando se comparan con los registrados de 2015 a 2022.
Datos oficiales sustentan sus afirmaciones: el PIB brasileño creció 3,2 por ciento en 2023, 3,4 por ciento en 2024 y 2,3 por ciento en 2025; mientras la tasa de desempleo cayó hasta 5,3 por ciento en el trimestre terminado en julio pasado, uno de los niveles más bajos de la serie; y el ingreso laboral real medio llegó a tres mil 762 reales mensuales (unos 730 dólares).
Sin embargo, el economista advierte que este desempeño no se ha traducido en una percepción económica equivalente por parte de la población, ni tampoco en mayor popularidad para el presidente.
El experto apunta a que el crecimiento, el empleo y la recuperación de los ingresos conviven con precios todavía elevados, endeudamiento familiar y dificultades en servicios públicos y seguridad, factores que pueden limitar la percepción social de los resultados económicos.
Plantea además una cuestión estructural: hasta dónde puede avanzar un proyecto de inclusión social sin transformar problemas como la desindustrialización, el costo del crédito y las restricciones fiscales. Para Barros, los gobiernos del PT lograron avances distributivos, pero modificaron poco esas estructuras.
A ello se suma la existencia de una fuerte dependencia política de Lula. Su capacidad de reunir sectores diversos convirtió su liderazgo en el principal punto de articulación de la izquierda, pero deja abierta la discusión sobre la renovación y la sucesión del proyecto.
Así, el gobernante que busca su cuarto mandato -el “tetra”, como manifiestan sus seguidores- llega a las urnas respaldado por una trayectoria excepcional y por un programa que combina inclusión social, desarrollo productivo, soberanía y protagonismo internacional.
Pero, al mismo tiempo, enfrenta desgaste gubernamental, polarización y dificultades para ampliar consensos.
Las encuestas de intención de voto apuntan a un enfrentamiento muy cerrado entre Lula y su principal rival, el senador de extrema derecha Flávio Bolsonaro, sin que sea posible prever el desenlace de los comicios.
Entre la inclusión social alcanzada, las transformaciones pendientes y la defensa de la soberanía, el obrero que emergió de las huelgas del ABC paulista se juega en octubre la posibilidad de seguir ampliando su proyecto de país.
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