Por Roberto F. Campos
De la redacción de Economía
Se trata de un invisible imperio del cospel (disco de metal listo para recibir acuñación), cuando el comercio de monedas antiguas mueve millones y redefine la economía del coleccionismo.
Ese mercado creció 12 por ciento en el último trienio, según el último informe de Market Watch for Collectibles (2025), y ya supera los siete mil 500 millones de dólares anuales en transacciones declaradas.
Detrás de esta cifra se esconde una actividad tan antigua como la propia moneda: el coleccionismo de piezas históricas.
Lo que comenzó como un pasatiempo de nobles en el Renacimiento es hoy una alternativa de inversión seria, explica la economista Elena Martiáñez, autora de Valor en el cospel (Editorial Numisma, 2024).
UN VICIO CON PEDEGRÍ: LOS ORÍGENES
La afición por atesorar monedas no es moderna. El primer gran coleccionista registrado fue el emperador Augusto, quien obsequiaba a sus invitados con monedas antiguas y extranjeras.
Durante el Renacimiento, los humanistas italianos como Petrarca impulsaron el coleccionismo sistemático.
Petrarca no solo juntaba monedas, las estudiaba y catalogaba. Fue el primer numismático en sentido estricto, afirma el historiador de la Universidad de Oxford, Richard Kelleher, en una entrevista reciente con The Numismatic Chronicle.
Pero fue en el siglo XIX cuando la numismática se popularizó entre la burguesía europea. Sociedades como la Royal Numismatic Society (fundada en 1836) y la American Numismatic Association (1891) profesionalizaron el campo.
Hoy, existen más de 300 federaciones nacionales en todo el mundo; Estados Unidos lidera el comercio mundial con casi 40 por ciento de las subastas anuales, según datos de CoinArchives Pro (2025).
Le sigue Alemania, con casas como Künker o Emporium Hamburg moviendo más de 200 millones de euros anuales.
Gran Bretaña ocupa el tercer puesto gracias a su tradición subastadora (Spink, Dix Noonan Webb) y a la exención de IVA para monedas de inversión.
En la actualidad, el este comienza a cobrar protagonismo con Emiratos Árabes Unidos y Singapur como hubs numismáticos para el Medio Oriente y Asia.
Los compradores chinos irrumpieron en la última década. Una moneda de la dinastía Tang puede alcanzar precios de remate que triplican su estimación inicial, comenta el comerciante español Javier Cores, propietario de Áureo & Cores (Madrid, fundada en 1982).
La repercusión en la economía real no es desdeñable. Por un lado, las casas de subasta y los ferias (como la World’s Fair of Money en Chicago o la Feria Internacional de Numismática en Madrid) generan más de 15 mil empleos indirectos entre peritajes, conservación y seguros.
Por otro lado, la inversión en monedas antiguas se comporta como un activo refugio. De 2018 a 2023, mientras el S&P 500 tuvo una volatilidad del 18 por ciento, el índice de monedas raras de NGC creció 34 acumulado con una volatilidad inferior al nueve por ciento, señala el informe Alternative assets: coins de Deloitte (2024). Pero no todo son beneficios.
El auge del coleccionismo dispara el hurto en museos y yacimientos. Solo en Italia, el Comando Carabinieri per la Tutela del Patrimonio Culturale recuperó en 2024 más de 180 mil piezas, la mayoría monedas extraídas ilegalmente de sitios arqueológicos.
Cada moneda que sale sin documentación es un capítulo de la historia que perdemos, denuncia la arqueóloga italiana Lucia Salsini, asesora de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).
EL COLECCIONISTA DIGITAL
El perfil del comprador también cambió. Durante la pandemia de la Covid-19, plataformas como MA-Shops o VCoins duplicaron sus ventas.
Hoy, un tercio de clientes de tal plataforma nunca pisaron una feria; compran desde casa tras ver videos de catálogo en 4K, explica la numismática profesional Marta Ruiz (fundadora de Monedalia).
Ese giro digital encarece las piezas de calidad media: un denario de plata de la República romana que en 2010 costaba 60 euros, ahora no baja de 180.
Sin embargo, los mayores precios se reservan para las leyendas. El récord absoluto lo ostenta un Flowing Hair Dollar estadounidense de 1794, adjudicado por más de 10 millones de dólares en 2013.
Ese tipo de transacciones no representa al mercado común, pero marca tendencia, aclara Ruiz. Con el auge económico llega también la falsificación industrial.
Según Interpol (informe IP-2024-09), 15 por ciento de las monedas antiguas ofertadas en plataformas no especializadas son modernas copias o piezas alteradas.
El problema crece porque los coleccionistas noveles no saben diferenciar un pátina natural de un envejecimiento químico, advierte el perito forense numismático Carlos Aguirre (Miembro de la Asociación Internacional de Examinadores de Monedas).
Ante esta falta de control, países como Francia y España endurecen sus leyes: desde 2023, cualquier venta de moneda con más de 100 años requiere certificado de autenticidad emitido por un perito homologado.
No obstante, la mayoría de las transacciones internacionales –especialmente las que ocurren en ferias asiáticas o en subastas web– escapan a cualquier regulación.
Mientras CoinWeek pronostica un ajuste por la subida de tipos de interés, la consultora Art Market Research sigue recomendando monedas griegas y romanas de alto grado como reserva de valor a 10 años.
El coleccionismo de monedas antiguas no morirá, porque combina dos pulsiones humanas irreductibles: la belleza estética y la codicia. Eso sí –sentencia Ruiz–, el que entre solo por negocio, acabará vendiendo pronto; el que se enamore del trocito de historia, jamás lo hará.
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