Por Mariela Pérez Valenzuela
Corresponsal jefa en República Dominicana
El Desfile Nacional de Carnaval 2026 arrancó el pasado domingo 15 de marzo entre aplausos y expectativa, convocando a miles de personas que desde temprano ocuparon cada espacio para no perder detalle de la celebración.
Encabezado por el ministro de Cultura, Roberto Ángel Salcedo, el evento -dedicado en esta ocasión a la provincia de Puerto Plata- reunió a cerca de 180 comparsas y unos nueve mil colaboradores entre bailares, músicos y artistas provenientes de todas las provincias del país y del Distrito Nacional.
Más allá de las cifras, se vivió una experiencia colectiva: familias, jóvenes y turistas compartiendo un mismo latido, el de una tradición que se reinventa cada año sin perder su esencia.
El inicio tuvo un aire cinematográfico. A bordo de un Chevrolet Impala rojo, los reyes del desfile -el fotógrafo Mariano Hernández, uno de los principales documentalistas visuales del folclore, y la comunicadora Zoila Luna- recorrieron la avenida. Era la señal de que la fiesta había comenzado.
Entonces, el carnaval habló en su propio lenguaje: máscaras, tambores y movimientos coreografiados que parecían surgir de siglos de historia.
Los diablos cojuelos, con su máscara demoníaca, saltos ágiles, trajes vibrantes y vejiga en mano, dominaron la escena. Cada comparsa representaba una leyenda distinta, un fragmento del imaginario popular llevado a la calle.
Según la región, este personaje recibe distintos nombres, como Cachúas, Macaraos o Toros, lo que evidencia cómo cada comunidad lo ha adaptado y reinterpretado según su identidad.
En Santiago de los Caballeros, por ejemplo, el Diablo Cojuelo se transforma en Los Lechones, reconocidos por sus máscaras con hocico de cerdo y vistosos trajes adornados con cascabeles.
Roba la Gallina es uno de los personajes más satíricos. Se caracteriza como un hombre disfrazado de mujer, con rasgos exagerados, que recorre las calles con sombrilla y un saco del que reparte dulces a los niños.
Su origen se asocia a antiguas prácticas de castigo a quienes robaban gallinas, transformadas en una representación burlesca de la escasez y la picardía popular.
Originarios de Cotuí, los Papeluses destacaron por la sencillez de su vestuario, elaborado con papel de colores, telas ligeras y materiales reciclados. Representan el ingenio popular frente a la escasez y simbolizan la capacidad de convertir lo cotidiano en una expresión de idiosincrasia y creatividad.
El Califé, mediante versos satíricos, expresa críticas sociales y políticas con humor. Su papel permite abordar temas de actualidad y cuestionar el poder, convirtiendo el festejo en un espacio de libre expresión.
Cubiertos de carbón, aceite o pintura negra, Los Tiznaos constituyen una de las expresiones más antiguas. Su aspecto desaliñado y comportamiento juguetón los lleva a perseguir al público para mancharlo, integrándolo y simbolizando un caos temporal en el que se suspenden las normas sociales.
Más allá del espectáculo, estas tradiciones mantienen viva la cultura dominicana, transmitida y transformada cada año a través de personajes, comparsas y expresiones populares.
EL TAIMÁSCARO
La celebración, dedicada este año a Puerto Plata, encuentra en su personaje emblemático, el Taimáscaro, una de sus expresiones más auténticas. Su nombre proviene de la fusión de “tai”, en referencia a los taínos, y “máscaro”, asociado a los diablos enmascarados de tradición española.
Figura central de esta celebración en ese territorio de la costa norte del país, el Taimáscaro animó el desfile con vistosas máscaras y coloridos trajes que reflejan la fusión de las tres raíces de la nación caribeña: la taína, la española y la africana.
Más que un disfraz, este personaje encarna la creatividad popular y el espíritu festivo de una comunidad que ha sabido preservar sus tradiciones, erigiéndose como símbolo vivo del patrimonio de Puerto Plata.
TRADICIÓN LOCAL CON PRESENCIA GLOBAL
Este año, el desfile también miró más allá de sus fronteras. Delegaciones de Brasil, Colombia, Ghana y Puerto Rico aportaron nuevos ritmos y simbolismos, ampliando el horizonte cultural de la celebración.
Desde Ghana, una propuesta cargada de espiritualidad y memoria ancestral captó la atención del público. Con música procesional, cantos festivos y coloridas máscaras, sus integrantes evocaron tradiciones comunitarias que dialogan con las raíces africanas del festejo más representativo de este país.
La presencia en la tribuna de la reina madre del Reino de Mankessim, Ama Amissah III, añadió solemnidad a una puesta en escena profundamente simbólica.
Colombia llevó al Malecón una muestra del Carnaval de Negros y Blancos, donde la mezcla de herencias indígenas, andinas e hispánicas se expresó en danzas y personajes llenos de significado.
Desde Brasil, la Liga Independente das Escolas de Samba de Río de Janeiro aportó el brillo y la energía característicos de estas escuelas, mientras Puerto Rico presentó a sus emblemáticos vejigantes, con máscaras multicolores y formas desafiantes.
A medida que avanzaba la jornada, el Malecón se transformó en un mosaico vivo. No había un solo punto sin música, movimiento o emoción. El público no era solo espectador: bailaba, cantaba y respondía. Formaba parte esencial del suceso.
El carnaval no solo reafirmó su lugar como la fiesta popular más importante del país, sino que también se consolidó como un espacio de encuentro entre culturas, donde la tradición dialoga con el mundo sin perder su identidad.
En cada máscara, en cada tambor y en cada paso, latía una certeza: el carnaval dominicano no es solo una celebración, es una forma de ser.
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