jueves 19 de febrero de 2026

Marina Aguirre: la palabra como fusil

Caracas (Prensa Latina) Hija de un periodista de hípica que caminó las viejas redacciones de Montevideo, Marina Aguirre aprendió desde niña que la palabra podía ser fuego, refugio y fusil, y decidió que jamás viviría lejos de ese fulgor.

Por Boris Luis Cabrera

Enviado Especial

Desde entonces, la escena se repite como un mito fundacional: una niña de túnica y moña apunta un grabador enorme a la salida de un supermercado y, mientras los adultos se sorprenden, ella los interpela con la seriedad de quien ya sospecha que la realidad siempre tiene otra cara.

Pregunta, arma encuestas torpes en apariencia pero cargadas de intuición política, y luego corre a la redacción de su padre para convertir aquel manojo de voces en texto. “Siempre tuve esa pasión por el periodismo desde muy chiquita”, le declara en exclusiva a Prensa Latina, sabiendo que en esos casetes empezó a aprender que narrar el mundo es, también, discutirlo.

Marina, hoy conductora en la cadena informativa Telesur, entiende que el lenguaje puede desmontar la pompa del poder con una sola frase, que la ironía también es un acto político y que la rebeldía, lejos de ser un defecto, puede ser programa de vida.

Esa rebeldía la lleva tatuada en su antebrazo derecho: “mi palabra es mi fusil”, se lee en su piel, y en otra esquina del cuerpo una sola palabra sostiene toda su biografía: “rebeldía”. No es una consigna hueca, sino una ética: “la rebeldía para mí es el motor transformador de todos”, recuerda, y cita a Galeano para afirmar que nace del amor.

Allí se anuda su forma de estar en el mundo: insumisa, feminista, sindicalista, de izquierda “bastante radical muchas veces”, pero siempre atravesada por una sensibilidad que la obliga a mirar distinto. “Aunque te parta al medio, la sensibilidad es lo primordial”, insiste; por eso se define como una comunicadora para quien la ética es columna vertebral del oficio.

Su camino no fue improvisado. Hizo cursos de periodismo integral, de locución, se licenció en Comunicación y se diplomó en Comunicación Política en la Universidad de Buenos Aires durante la pandemia, todo a distancia, mientras seguía trabajando.

No le interesaba solo el periodismo, sino la política, el periodismo político y la geopolítica; quería “estar a tiro con todo lo que va pasando”, porque sabe que este oficio es, por definición, un estudio incesante.

En esa acumulación de herramientas forjó una mirada crítica que también reconoce como herencia de su tierra natal: Uruguay, “un país chiquitito pero con un gran corazón”, ejemplo de democracia, de lucha por los derechos y de organización sindical. Cuando distingue un titular de un periódico de derecha y otro de izquierda, confirma que no existe relato neutro: cada texto erige su propio campo de batalla.

Marina no cree en la imparcialidad que le enseñaban en los cursos. Sabe que toda elección -del tema, de la fuente, del adjetivo- está atravesada por historias personales, ideologías, contextos; que incluso cuando un medio se proclama objetivo está atado a intereses comerciales. “No somos robots”, repite, y por eso defiende el periodismo comprometido, aquel que se sabe situado y asume sin hipocresía que habla desde un lugar.

El salto decisivo llega cuando comienza a trabajar en Telesur. Allí siente, por primera vez, que no tiene que forzar su discurso: “jamás me costó adaptarme a la línea editorial porque va en mi línea”, dice.

No le importa levantarse a las cinco de la mañana, dormir dos horas o pasar semanas enteras en contingencia: siente que por fin puede contar la verdad como es y hablar de temas realmente importantes.

Cuando mira el mapa, ve una América Latina en permanente disputa, un péndulo que oscila entre recomposición y fragmentación. Repite una frase que escucha a menudo: “América Latina y el Caribe tienen que estar más unidos que nunca”. Puede sonar utópico, concede, pero no ve otra salida ante un imperialismo que “siempre quiso que fuésemos su patio trasero”.

En esa geografía, Cuba ocupa un lugar entrañable. Antes de conocerla, la isla ya habitaba su imaginación como mito. Llega y llora; se va y vuelve a llorar. Descubre en La Habana un pueblo solidario, resistente, resiliente, marcado por más de seis décadas de bloqueo y sanciones. “Nunca, nunca Cuba se agachó y se arrodilló ante nadie”, afirma, y coloca esa obstinación como ejemplo para toda la región.

También desde Venezuela, donde vive ahora, observa un escenario similar: sanciones, presiones externas y problemas internos que se combinan en un laberinto complejo. No promete respuestas mágicas, pero insiste en que cualquier análisis debe partir de esa agresión estructural que asfixia a los pueblos.

En ese entramado, su oficio se libra en dos trincheras: la desinformación y la memoria. Le inquieta que, tras avances de gobiernos de izquierda, sectores importantes voten por el retorno de proyectos que ya demostraron su capacidad de daño.

Se pregunta dónde queda la memoria cuando se produce ese retroceso, y advierte sobre generaciones criadas entre relatos adulterados y una avalancha de contenidos que buscan reescribir la historia.

Para ella, el papel de los medios públicos es crucial: informar fehacientemente, decir las cosas tal cual son, mostrar aquello que los grandes conglomerados prefieren callar. Cree que el antídoto es la educación crítica, pero también la invención de nuevos lenguajes y formatos que convoquen sin subestimar.

Ser mujer, feminista y de izquierda en una señal internacional la expone a una doble violencia: rara vez cuestionan sus ideas, más bien la atacan por su cuerpo, su ropa o su imagen, esos detalles que el machismo usa para deslegitimar la voz femenina. A eso se suma la distancia de su familia y de sus dos hijas, la decisión de vivir lejos de Uruguay para asumir un trabajo en el que cree profundamente.

Marina Aguirre es mucho más que una presentadora en una pantalla latinoamericana. Es la niña que descubrió que un grabador podía ser un arma, la sindicalista que aprendió que ninguna conquista se consigue sola, la militante que se emociona hasta las lágrimas al pisar La Habana, la comunicadora que tatuó en su piel que la palabra es fusil y rebeldía.

En tiempos de apagones informativos y memorias disputadas, su voz se alza como una declaración de principios: no habrá neutralidad ni tibieza, solo la voluntad de narrar, con sensibilidad y coraje, esa otra cara del mundo que tantos se empeñan en esconder.

arb/mml/blc

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