Por Enrique González
Colaborador de Prensa Latina
El Papa expresó estar atento, “con el corazón lleno de preocupación”, a la evolución de la situación en Venezuela, al aludir a los acontecimientos de las últimas horas tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro por fuerzas de Estados Unidos, y colocó así el conflicto venezolano en el rango de “temas de crisis” que requieren seguimiento por parte de la Santa Sede.
Reclamó el Pontífice “garantizar la soberanía del país” y “asegurar el Estado de Derecho inscrito en la Constitución”. Teológica y diplomáticamente, colocó la doctrina clásica de la Santa Sede sobre la no injerencia y el respeto al orden jurídico como marco de solución a los conflictos.
León XIV pidió “superar la violencia, emprender caminos de justicia y de paz”, rechazando por igual la lógica del bombardeo y la posible espiral represiva.
Este llamado del Papa a “garantizar la soberanía” de Venezuela tiene hoy, sobretodo, un peso político y moral, al apoyarse en principios claros del derecho internacional que muchos Estados y juristas consideran vulnerados por la agresión estadounidense.
Su lenguaje refuerza la idea de que el titular último del derecho a la autodeterminación son los venezolanos, por lo que cualquier acuerdo o gobierno que nazca bajo fuerte presión militar exterior sería cuestionable desde el prisma de la libre determinación de los pueblos.
POR UNA ERA DE PAZ Y AMISTAD ENTRE LOS PUEBLOS
Ya en el Ángelus dedicado a la Jornada Mundial de la Paz, el pasado 1 de enero, el papa León XIV invitaba a los fieles a orar juntos por la paz, enfocada “primero entre las naciones ensangrentadas por los conflictos y el sufrimiento, pero también en nuestros hogares, en las familias heridas por la violencia y el dolor”.
El Pontífice comenzó el 2026 con un nuevo llamado a inaugurar finalmente “una era de paz y amistad entre todos los pueblos” exhortando así, ante unas 40 mil personas concentradas en la Plaza de San Pedro, Ciudad del Vaticano, a construir un año de paz.
Alineado ello con su mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz titulado “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz desarmada y desarmante”.
El citado texto fue firmado por Su Santidad el pasado 8 de diciembre durante la solemnidad de la Inmaculada Concepción. A diferencia de otros documentos de carácter estrictamente eclesial, este está dirigido a “creyentes, no creyentes, responsables políticos y ciudadanos”.
LOS PRINCIPALES CONCEPTOS DE ESTE MENSAJE
Para el Pontífice, la paz es ante todo una realidad espiritual y ética que exige un desarme “exterior “e “interior”: no puede estar basada en el miedo, el terror o la fuerza, sino en la confianza, la “conversión del corazón” y la justicia entre los pueblos.
Define la paz como “desarmada y desarmante”: desarmada a partir de rechazar la seguridad basada en amenazas y arsenales; desarmante porque posee fuerza moral capaz de eliminar el odio, el resentimiento y los deseos de venganza. La paz tiene un sitio especial en el corazón humano, a veces herido y ambivalente, pero que puede elegir entre la dominación o la acogida del otro. Es decir, la reconciliación auténtica solo puede nacer y lograrse a partir de un “corazón desarmado“ y con capacidad de perdón.
Solo a través de este desarme interior se puede renunciar a toda forma de violencia y adoptarse un estilo de vida basado en la escucha del sufrimiento ajeno, la empatía y la búsqueda de justicia.
Se muestra en el texto una dimensión política y jurídica al considerar que la paz no es un simple efecto accidental de equilibrios precarios, sino el principio previo para entender las relaciones humanas, el derecho y la propia política.
La paz es algo que debe prepararse y concebirse, para evitar la guerra.
Evidencia una fuerte crítica a la carrera armamentística, la exclusión y la desigualdad considerando estos conceptos como “estructuras de pecado”, y a partir de ello se orienta la diplomacia hacia el bien común, el diálogo y la negociación.
Para el Papa la paz es activa, colectiva y perseverante, no algo estático. Se requiere formar agentes de paz. “Solo la paz es santa” frente a la espiral destructiva del rearme y de nuevas tecnologías bélicas.
SU RELACIÓN CON LA ENCÍCLICA “PACEM IN TERRIS” DEL PAPA JUAN XXIII
El documento retoma de manera explícita la visión de “Pacem in terris” al considerar que la paz solo es verdadera si se fundamenta en un orden justo inspirado en la dignidad humana, la verdad, la justicia, la caridad y la libertad.
Se trata de una actualización concreta del llamado desarme integral que ya formulaba Juan XXIII. El “Papa bueno” introdujo por vez primera la perspectiva de un desarme integral cuando afirmó:
“Todos deben, sin embargo, convencerse que ni el cese en la carrera de armamentos, ni la reducción de las armas, ni, lo que es fundamental, el desarme general, son posibles si este desarme no es absolutamente completo y llega hasta las mismas conciencias; es decir, si no se esfuerzan todos por colaborar cordial y sinceramente en eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra.
“Esto, a su vez, requiere que esa norma suprema que hoy se sigue para mantener la paz se sustituya por otra completamente distinta, en virtud de la cual se reconozca que una paz internacional verdadera y constante no puede apoyarse en el equilibrio de fuerzas militares, sino únicamente en la confianza recíproca”.
Juan XXIII dirigió su encíclica a “todos los hombres de buena voluntad” subrayando que la construcción de la paz no es solo tarea de gobernantes, sino de cada persona y comunidad.
Por su parte, León XIV mantiene y refuerza esta universalidad, apelando a creyentes y no creyentes, responsables políticos y ciudadanos para que preparen “instituciones de paz“ y estilos de vida no violentos.
Su lenguaje sobre una paz “desarmante” enfatiza el poder transformador del perdón y de la reconciliación, al profundizar en una dimensión presente en “Pacem in terris” pero aplicada ahora a la violencia y conflictos contemporáneos.
Lo cierto es que León XIV, más allá incluso de este importante mensaje, se ha presentado desde el primer momento de su Pontificado como un Papa de la paz cuando dijo en su saludo tras ser electo: “La paz esté con todos vosotros”, extendiendo ese deseo a las familias, a todos los pueblos y a toda la tierra.
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