Por Martin Hacthoun
Corresponsal jefe en Argentina
Los argentinos, mujeres y hombres por igual, recuerdan aquella tarde del 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca como el aldabonazo que resucitó el orgullo nacional en un país que vive el fútbol con infinita pasión como en pocos lugares en el planeta, señala Silvina Pachelo, editora literaria y periodista.
“Era muy chica”, rememora la intelectual aquel día de festejos incontenibles. “Imagínate, lo viví como mi primer mundial; la gente en júbilo delirante salía a celebrar en las calles, los bocinazos de los autos. Fue un gran acontecimiento, digamos, social, futbolístico, pero claro, cuando uno va creciendo se va dando cuenta también de la significancia política que representó”.
LA HERIDA DE MALVINAS
“En Argentina veníamos de la apertura de la democracia y también de la derrota en Malvinas. O sea, dos acontecimientos que marcaron y siguen marcando la historia política del país”, continúa Pachelo.
Como todos los mundiales, aquel estuvo atravesado por la política, porque en el juego se juegan también todas esas pasiones. “Y allí estaba Maradona, siempre con una postura también fuertemente política, muy nacionalista y muy consciente de su tiempo histórico, cosa que hoy no pasa, por ejemplo”.
Aquel gol “fue, bueno, un poco la revancha a lo que había pasado en Malvinas. También era un poco la reminiscencia de ese mundial de 1978 que se hizo en un contexto de dictadura, tapando y silenciando las desapariciones forzadas de personas, las torturas, los desaparecidos”.

LA MAGIA DE DIEGO
Para Andrés Sciapichetti, cazador de talentos y entrenador de juveniles para el club Rosario Central, “hablar del Gol del Siglo es hablar de un hecho que marcó mi identidad futbolística y mi manera de ver este juego”.
“Puedo recordar exactamente -añade- aquel domingo nublado y en qué lugar de la mesa estaba sentado, disfrutando aún de un resto de torta de mi cumpleaños. Desde lo objetivo, no sólo estamos hablando de una obra maestra del fútbol mundial, sino de un hecho sin precedentes, futbolístico y político (toda la historia de Maradona ha sido ambas cosas)”.
En primer lugar la belleza del gol, la elegancia, el arte, todo en su punto justo. Pero sobre todo el significado del rival al que se lo estaba marcando, en el contexto político de una guerra, cuatro años antes contra el mismo país, con heridas abiertas todavía. Enfrentarlo en una instancia decisiva del Mundial, y dejar plasmada esa obra inmortal, le da un valor insuperable”, describe Sciapichetti.
“Aún el primer gol fue un acto de justicia por “mano propia” para tanta historia de piratería imperial, pero el segundo tanto fue la obra suprema, inmaculada. Y ante los ojos del mundo. Para que se hable el resto de la historia y nunca lo olviden los propios, ni mucho menos los rivales”, opina quien también fue comentarista deportivo para el canal Telefé.
EL AZTECA EN ÉXTASIS
Gustavo Veiga, periodista, escritor y profesor de periodismo, contó a Prensa Latina que estuvo aquella tarde de 1986 en el Estadio Azteca como parte de un numeroso equipo de reporteros, “gracias a la generosidad de Víctor Hugo que lo hizo posible”.
Relató que le tocó seguir el partido desde los pupitres del palco de prensa, sentado al lado de los colegas Alejandro Apo y Mario Trucco. “Veníamos del gol con la Mano de Dios, incrédulos por lo que habíamos visto, hasta que ocurrió esa obra colosal de destreza, habilidad y portento físico en la que Maradona fue haciendo filigranas desde la mitad de cancha hasta el arco de Shilton”.
El estadio se estremecía como si la selección estuviera jugando en La Bombonera o en el Monumental. Fue el mejor gol en la historia de los Mundiales. “Lo grité desorbitado, como un hincha más, recuerdo que nos abrazamos y agradecí por ser testigo de ese momento deportivo cumbre”, agregó Veiga.

EL RELATO ETERNO
“Más tarde, cuando escuché el relato prodigioso de Víctor Hugo sentí que era el colofón justo que redondeaba esa obra de arte. Gloria eterna a Diego, el futbolista, el apasionado de la vida, el militante político que hoy sería una voz insustituible entre tanta miseria y crueldad del neofascismo”, concluyó.
“Fue un gol que duró segundos; tenía 13 años y ha sido el mundial del que tuve más conciencia y que más disfruté. Ese gol nos dejó a todos boquiabiertos, por decirlo de alguna manera, nos dejó a todos paralizados”, recuerda Héctor Bernardo, periodista, escritor y profesor, quien compartió con Prensa Latina cómo lo vivieron en su hogar.
“Cada vez que amagaba y no sabíamos si le iban a quitar el balón, pero seguía gambeteando, y mientras iba dejando atrás rivales nosotros nos íbamos parando de la silla y nos íbamos acercando al televisor emocionados, casi acompañando el camino de Diego hacia el arco”, relata el académico.
“En esa última instancia incluso tuvo tanta lucidez como para no rematar y en vez gambeteó al propio arquero para definir con esa calidad magistral que él tenía, y quedamos todos enamorados de ese gol, de esa jugada”.
“Creo que nunca habrá un gol igual, y que Maradona es un jugador único justamente entre otras cosas por ese gol, porque la admiración que podemos tener por Messi, que es enorme, nos lleva a ver como bate récord tras récord, él como un fantástico jugador, pero ese gol contra los ingleses puso a Diego en un lugar que es único e insuperable”, resume Bernardo.
UNA OBRA INMORTAL
Rubén Zaccaro, para quien el fútbol es pasión heredada de su padre quien –contó- cruzó el río de La Plata para asistir a la final de Argentina frente a Uruguay del primer mundial de 1930.
Como buen historiador, Zaccaro recuerda cada partido y sus resultados en los que la “Albiceleste” enfrentó a los ingleses en la historia de citas del orbe, y hasta el nombre de quienes anotaron los goles, hasta llegar al juego de la encumbrada jugada del “Pelusa”.
“En la casa de Glew, en el conurbano sur de Buenos Aires, frente al pequeño televisor, en blanco y negro, de 12 pulgadas, nos aprestamos a palpitar el partido, mi señora, las nenas de 10 y 9 años, y el varón de 9 meses. No faltaban nervios”, rememora.
El 0 a 0 lo quiebra “La Mano de Dios”, el árbitro lo convalida. “Siguen los nervios y de repente no se puede explicar cómo tanta Magia quepa en la pequeña pantalla, Diego realiza la mayor obra de arte que se puede hacer con una pelota. Delirio. Los gritos de los vecinos, de las casas del barrio, se hacen atronador”, se motiva.
Y cierra su historia describiendo que “todos los vecinos vestidos de Celeste y Blanco marcharon rumbo a la Estación del Pueblo. Un Barrio Humilde festeja, tan humilde como Fiorito, de donde un 30 de octubre de 1960 remontó El Barrilete Cósmico, para admiración del Mundo entero”.
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