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sábado 18 de mayo de 2024
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ESCÁNER: Mitología egipcia, un universo poblado de leyendas (II y final) (+Fotos +Info +Videos)

El Cairo (Prensa Latina) El panteón egipcio estaba formado por deidades que habitaban los cielos, pero ejercían una influencia decisiva en la vida terrestre.
Por:
Ruth Lelyen
Corresponsal en Egipto

En los primeros textos que aparecieron en el interior de las pirámides de la quinta dinastía (2494-2345 a.n.e.) puede leerse que este pueblo consideraba el espacio estelar como la morada divina, conectada a su vez con el más allá.

Del mismo modo que su vida diaria dependía del Nilo, imaginaban a dioses y diosas navegando en botes por el reino celestial; sin embargo, estas figuras -más de dos mil-eran parte integral de la vida cotidiana.

Entre los más venerados se encontraba Ra, el dios del sol, al que solía representarse con cuerpo humano y cabeza de un halcón. Símbolo de la luz, se creía que durante el día navegaba por el cielo para luego viajar de noche por el inframundo y derrotar a la serpiente Apopis, que trataba de engullirlo.

Aunque el culto a Ra tuvo su centro en Heliópolis (actualmente una zona de El Cairo), con el tiempo llegó a sincretizarse con otras deidades solares, especialmente Amón, dios asociado a la ciudad de Tebas, actualmente Luxor.

Igualmente querido resultaba su hijo Osiris, dios de la muerte, que se representa con rasgos humanos, usa un tocado blanco y porta dos varas en las manos. Simboliza los ciclos de las crecidas del Nilo.

Su esposa Isis se asocia con la fertilidad, la magia y la luna. Como madre de Horus, protege la maternidad y se le representa coronada. De todos los dioses de este panteón, esa deidad es la única que -según los mitos- puede descubrir el verdadero nombre de Ra.

Por su parte, Horus -una de las deidades más conocidas, incluso en la actualidad- se encarga de mantener el equilibrio de la naturaleza y cuida de la belleza, el arte y la caza. En su batalla con Set, perdió uno de los ojos. Se le suele representar con una cabeza de halcón adornada con una doble corona y también se le atribuyen poderes de clarividencia.

Como se desprende del mito de Osiris, el dios Set representa la violencia, el peligro, el caos, el desequilibrio. Se le asocian las tormentas y los peligros del desierto. Muchas veces se le asigna forma de un asno, cabra o zorro -animales propios de la región-, pero también comparte con Anubis la forma de un chacal antropomorfo.

Para los egipcios, esta última divinidad cumplía una función muy importante: proteger a los muertos durante el proceso de la momificación y trasladar sus espíritus hasta las estancias de Osiris, quien se encargaría de conceder o no la vida eterna pesando el corazón de los finados.

En este proceso interviene la mencionada Maat, diosa de la justicia y la verdad, que se representa como una mujer alada, cuya pluma –ubicada sobre su cabeza- es usada por Osiris y Anubis para determinar el destino de las almas que van al más allá.

Aunque los anteriores son los más conocidos, asimismo destacan algunos como Hathor -también encarnaba la maternidad y protegía a las mujeres en el parto-; Bastet -diosa en forma de gato-, y Ptah -adorado en Memfis y asociado con artesanos y constructores.

Los dioses más famosos se convirtieron en deidades de la nación, pero otros se asociaron con una región específica o, en algunos casos, un ritual.

Qebhet, por ejemplo, es una deidad poco conocida que ofrecía agua fría a las almas de los muertos mientras esperaban el juicio en el más allá, y Seshat, la diosa de las palabras escritas y las medidas, eclipsada por Thoth, el dios de la escritura y patrón de los escribas.

Las numerosas divinidades de Egipto fueron puntos focales de las ceremonias de culto del país, de las prácticas religiosas personales, así como de los grandes rituales funerarios.

Basándose en manuscritos antiguos, algunos científicos sugieren que los egipcios reconocían un poder divino único presente en todas las deidades; sin embargo, siempre mantuvieron una visión politeísta del mundo, salvo cuando Akenatón (Amenofis IV, Dinastía XVIII, 1353-1336 a.n.e.) creó una breve religión oficial centrada exclusivamente en el dios solar Atón.

FARAONES: HIJOS DE LOS DIOSES

Para nadie es un secreto que en el Antiguo Egipto se veneraba a los faraones como si de dioses se tratara; basta contemplar el cúmulo de pirámides, templos y obras artísticas de valor incalculable erigidos a sus nombres para comprender el valor especial otorgado por este pueblo a sus líderes.

Y si bien las creencias en torno a estas figuras de poder no se mantuvieron inmutables, sino que se registraron variaciones a lo largo de las dinastías, es adecuado afirmar que para los egipcios los faraones -y solo estos- constituían los intermediarios entre el mundo celestial y el terrestre, de tal modo que al desempeñar dicha función, la naturaleza divina trascendía a la humana.

Los jeroglíficos y textos descubiertos en sus sepulcros muestran que en vida se les consideraba hijos de Horus, mientras que al fallecer, Osiris los asimilaba. Llegaban al poder como hombres, pero al coronarse, se revelaba el doble carácter, lo que les permitía garantizar el orden del cosmos creado por los dioses.

Precisamente, como el rol consistía en mantener el equilibrio inicial, los egipcios creían que cuando los faraones morían, en el tiempo intermedio entre este evento y el ascenso al trono del nuevo gobernante existía la amenaza de que el caos se apoderara de todo -representado en Set-, y únicamente las coronaciones restablecían la armonía -representada por Maat.

Según la mitología de este pueblo, su máximo líder era el responsable de garantizar no solo que no hubiera hambre, guerra o enfermedades en el país, sino también preservar el orden en la esfera celestial.

Al igual que el sol, debía brillar en Egipto, por lo que cada día se le aplicaban rituales en que era lavado y purificado con incienso y natrón, para renacer simbólicamente en cada nuevo amanecer y representar a Ra en la tierra.

Otra de las responsabilidades del faraón consistía en ocuparse de los cultos funerarios. En los sarcófagos se esculpían fórmulas donde se señala expresamente que este había realizado las ofrendas, y se creía que, a través de la magia de las palabras, dichos textos se convertían en realidad: bastaba leerlos para que el ofrecimiento pasara al espíritu del difunto.

En diversas inscripciones de templos se narra que, incluso antes de nacer, cuando estaban en el vientre de sus madres, estas personas ya habían sido escogidas por los dioses para que algún día rigieran los destinos de la nación.

Este es el caso de la reina Hatshepsut (Dinastía XVIII, 1513-1490 a.n.e.), de quien se cuenta en su templo funerario en Deir el-Bahari, que habría sido engendrada por Ra al tomar la apariencia de Tutmosis I y yacer con la reina Ahmosis.

En el Templo de Karnak, los jeroglíficos relatan cómo, a los tres años, Tutmosis III (dinastía XVIII, 1479-1425 a.n.e.) fue designado por este mismo dios para gobernar el país, lo cual pone de manifiesto que el sistema monárquico se justificaba en la elección divina, centro unificador del Antiguo Egipto.

INFLUENCIA DE ESTA MITOLOGÍA EN OTRAS CULTURAS

A lo largo de sus más de tres mil años de historia, la civilización egipcia se relacionó activamente con los distintos pueblos del Mediterráneo, así como de la región, lo que condujo inexorablemente a un intercambio cultural.

En este proceso, los mitos y leyendas de sus dioses se modificaron, enriquecieron y profundizaron ante la asimilación de creencias de los pueblos que se iban conquistando o por el contacto con invasores extranjeros (griegos, romanos y árabes).

Por otro lado, al ser la ciudad portuaria de Alejandría un importante centro comercial, las ideas religiosas influyeron en otros sistemas de pensamiento.

Uno de los elementos centrales de la mitología egipcia que inspiró a otras culturas fue su concepto de vida eterna después de la muerte, así como los ciclos de reencarnación. Se cree que este último impactó de manera esencial a los griegos Pitágoras y Platón.

La milenaria cultura del antiguo Egipto despertó especial fascinación entre los griegos, que vieron en ella el origen de su propia civilización.

El historiador Heródoto en particular quedó impactado por la profunda religiosidad y sabiduría de los sacerdotes y escribas con los que conversó, y en su opinión, la propia cultura griega debía de derivar de la egipcia en muchos aspectos, entre ellos, la mitología.

Según este cronista jónico, los nombres de casi todos los dioses llegaron a Grecia procedentes de Egipto.

Lo cierto es que tanto sus escritos como sus obras de arte revelan que, desde el principio de los tiempos, los egipcios plantearon las preguntas que se hacen todas las sociedades: ¿Cómo se creó el mundo? ¿Qué ocurre después de la muerte? ¿A dónde va el sol por la noche?

Al carecer de nociones científicas, respondieron a sus propias  preguntas con una serie de mitos y leyendas diseñados para explicar estos misterios, los que pasaron de Egipto a Grecia, Roma y otros pueblos cercanos, y tuvieron una influencia progresiva en el desarrollo de las creencias religiosas modernas.

arb/rlf

Colaboraron en este trabajo:
Amelia Roque
Editora Especiales Prensa Latina
Martha Andrés Román
Editora Jefa de Redacciones Políticas
Richard Ruiz
Periodista Prensa Latina
Laura Esquivel
Editora Web Prensa Latina
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