sábado 12 de septiembre de 2026

Cuba: Identidad y cultura también están bajo asedio

La Habana (Prensa Latina) No es solo económico, comercial y financiero. El bloqueo de Estados Unidos contra Cuba, recrudecido en este 2026 con el cerco petrolero y otras sanciones, también golpea a la cultura y a la identidad nacional.

Por Dixie Edith

Redacción Cuba

“¡Hasta la rústica alegría de coco y los caballitos de queque retrocedían ante la invasión de los ludiones de chicle! ¡La campiña criolla producía ya imágenes de frutas extranjeras, madurando en anuncios de refrescos! ¡El orange-crush se hacía instrumento del imperialismo norteamericano, como el recuerdo de Roosevelt o el avión de Lindbergh…!”.

Aunque asombrosamente vigente, la anterior cita se escribió en los años 30 del siglo pasado. Su autor, Alejo Carpentier, intuía ya en ¡Écue-Yamba-Ó!, su primera novela, una verdad que los años y la tantas veces citada globalización se han encargado de poner al desnudo.

El planeta, cada vez más, camina hacia la homogeneización cultural; a estandarizar las culturas autóctonas. En pocas palabras, a borrar la identidad. Pero, como los personajes de Cue, los cubanos se han negado tozudamente a ser cortados por esos patrones. Y el bongó ha funcionado, no pocas veces, como un antídoto de Wall Street.

La impotencia, entonces, actúa. Y probablemente una de sus herramientas más brutales ha sido el bloqueo. Concebido para rendir por hambre y necesidades a los habitantes de la nación caribeña, la vida ha demostrado, sin embargo, que no se reduce a actuar en el campo de la economía, como tampoco lo hace solo en los marcos de un pretendido conflicto bilateral.

El bloqueo también ha alcanzado a la cultura. Y pone zancadillas al sostén de la identidad. En el último informe de Cuba, correspondiente al período entre marzo de 2025 y febrero de 2026, las afectaciones económicas alcanzaron la cifra récord de ocho mil 83 millones de dólares, un siete por ciento superior al año anterior.

Los daños acumulados en más de seis décadas ascienden ya a 178 mil 700 millones de dólares. Pero detrás de cada cifra hay un rostro humano y el ámbito cultural no escapa a esa realidad.

Así lo confirmó en junio de 2026 la representante cubana ante la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), María del Carmen Herrera Caseiro.

La diplomática denunció que las medidas recrudecidas -en particular el cerco energético decretado en enero y mayo- impactan directamente en el funcionamiento de casas de cultura, museos, archivos y espacios comunitarios donde se transmiten conocimientos y prácticas tradicionales.

El bloqueo, además, obstaculiza la adquisición de equipos y materiales para la documentación, investigación y preservación del patrimonio, y levanta barreras a la cooperación internacional que promueve la propia Convención de esa organización internacional.

No solo se trata de impedir que ese espíritu indomable y mestizo del que habló Carpentier cruce el estrecho de la Florida. Se trata, también, de asfixiar las condiciones materiales mínimas para que se sostenga dentro del archipiélago.

Los largos apagones convierten cada presentación, cada ensayo, cada función de teatro en un acto de resistencia contra la oscuridad. La falta de papel elimina ediciones impresas. La escasez de combustible paraliza giras y obliga a migrar actividades hacia formatos digitales que la propia falta de conectividad vuelve precarios.

La política de negativa de visados que aplica el gobierno yanqui contra ciudadanos cubanos sigue vigente y el país se encuentra entre los más de 30 cuyos ciudadanos están sujetos a restricciones de entrada a Estados Unidos bajo las reglas expandidas de la administración estadounidense.

Músicos invitados a ceremonias de premiación, cineastas, escritores e investigadores continúan viendo frustrados sus viajes por decisiones administrativas absurdas vinculadas a la política de cerco.

Pero sería ingenuo, y hasta triunfalista, reducir la batalla cultural a una dicotomía entre tradición e imperio globalizador. La verdad es más incómoda.

La homogeneización cultural ya no requiere únicamente de la fuerza bruta del bloqueo, ni de la imposición directa de patrones de consumo. Hoy opera a través de algoritmos que deciden qué se escucha, qué se ve, qué se vuelve viral y qué permanece invisible.

Las plataformas de streaming y las redes sociales llegan con recomendaciones personalizadas que, en su búsqueda de maximizar la permanencia del usuario, tienden a reforzar lo ya conocido, lo ya probado, lo que no incomoda demasiado.

Y luego está la inteligencia artificial. Los grandes modelos de lenguaje, entrenados predominantemente con datos de ciertas regiones del mundo, reproducen sesgos y estereotipos en materia de género, racialización y diversidad cultural.

La misma infraestructura algorítmica que podría ampliar el acceso a la subtitulación o la traducción -y que ofrece oportunidades reales de inclusión- puede también reforzar jerarquías de visibilidad que dejan lo local, lo independiente, lo comunitario, en los márgenes del catálogo global.

La pregunta, entonces, ya no es solo si el bongó resiste el embate de Wall Street. La pregunta es si resiste también la lógica de la playlist infinita, el feed que devuelve el reflejo estandarizado, el modelo que “crea” a partir de lo que ya existe y, en ese gesto, clausura la posibilidad de lo único, de lo diferente.

Quizás Carpentier, que fue musicólogo antes que novelista, habría reconocido el peligro. Su Écue-Yamba-Ó no es solo un relato del sincretismo afrocubano frente al capital extranjero; es también una exploración de cómo la cultura popular se transforma, se contamina, se mezcla y, en ese proceso, encuentra formas nuevas de decir lo viejo.

La homogeneización del espacio virtual, en cambio, no mezcla, promedia; no transforma, replica. El bongó, para seguir siendo antídoto, tendrá que sonar también en esas redes, contra ese algoritmo.

Y eso exige herramientas e inteligencia para disputar el espacio digital, para construir visibilidades que las plataformas no conceden por defecto, para enseñar a escuchar lo que no está en la lista de recomendaciones.

No basta con que el bongó suene. Hay que pelear, también, por una ecología digital donde lo diverso sea reconocido como condición necesaria para que la cultura siga siendo un espacio de polémica, de invención, de sorpresa. O quizás, simplemente, de un baile que no sigue el compás que otros marcan.

arb/DET

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