Por Enrique González
Colaborador de Prensa Latina
Juan Pablo II (en latín, Ioannes Paulus II), de nombre secular Karol Jósef Wojtyla, fue el papa 264 de la Iglesia católica desde el 16 de octubre de 1978 hasta su muerte en 2005. Canonizado en 2014, durante el actual pontificado de Francisco, se convirtió en santo de la Iglesia católica.
Con su elección, pasó a ser a los 58 años el papa más joven del siglo XX y el primero no italiano desde el neerlandés Adriano VI (1522-1523).
Su pontificado, que llegó a casi 27 años, se convirtió en el tercero más largo en la historia de la Iglesia católica, después del de San Pedro y el de Pío IX.
Por diversas razones fue aclamado como uno de los líderes más influyentes del siglo XX.
Fue uno de los líderes mundiales más “viajeros” de la historia, al visitar unos 129 países, uno de ellos, Cuba, en enero de 1998. Este viaje está considerado como uno de los más trascendentales en la historia de su pontificado. Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba, constituyó el mensaje fundamental del mismo.
Durante los cinco días de estancia en la isla, el santo padre celebró misas en las provincias de Santa Clara, Camagüey, Santiago de Cuba (donde coronó a la virgen de la Caridad del Cobre) y La Habana, todas celebradas en plazas colmadas por decenas de miles de personas.
Asimismo, realizó una visita de cortesía al líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro, en el Palacio de la Revolución, en la que ambos dialogaron en privado.
Como curiosidad, en el 2016 el exvocero de Juan Pablo II, Joaquín Navarro Valls, en una entrevista concedida al periódico Il Corriere della Sera, confesó, refiriéndose al citado encuentro, como Juan Pablo II, al final del mismo y, lejos de las cámaras, donó a Fidel Castro un pequeño crucifijo en oro, considerando que para el papa polaco significó ello un reconocimiento a los buenos ideales del líder cubano.
Según Navarro, en pocas ocasiones y con muy pocos líderes y personalidades mundiales, Juan Pablo II tuvo este gesto.
Por otra parte, el papa desarrolló una reunión con más de 300 intelectuales en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, donde rindió homenaje al padre Félix Varela.
No menos importante fue su encuentro con el llamado “mundo del dolor”, en el Santuario Nacional de San Lázaro, dedicado a la atención sanitaria de las personas con lepra.
Fueron jornadas históricas, donde el pueblo cubano, creyente y no creyente, expresó su reconocimiento a Juan Pablo II y el respeto a la Iglesia católica cubana y a sus fieles.
Durante su visita, se pronunció por la “globalización de la solidaridad” y en contra del bloqueo económico, financiero y comercial de Estados Unidos contra la isla.
En este último sentido apuntó en la ceremonia de despedida contra “las medidas restrictivas impuestas desde fuera del país”, las cuales calificó de “injustas”, en un claro rechazo al cerco estadounidense.
Juan Pablo II fue recibido y despedido por Fidel Castro, quien demostró un gran interés y amabilidad hacia el papa y su visita.
El 4 de abril de 2005, cuando Fidel Castro firmó el libro de condolencias en la sede de la Nunciatura en La Habana, a raíz del fallecimiento del pontífice, escribió:
“Descansa en paz, infatigable batallador por la amistad entre los pueblos, enemigo de la guerra y amigo de los pobres.
“Fueron vanos los esfuerzos de quienes quisieron usar tu prestigio y tu enorme autoridad espiritual contra la causa justa de nuestro pueblo en su lucha frente al gigantesco imperio.
“Nos visitaste en tiempos difíciles y pudiste percibir la nobleza, el espíritu solidario y el valor moral del pueblo, que te recibió con especial respeto y afecto porque supo apreciar la bondad y el amor por los seres humanos que impulsaron tu largo peregrinar sobre la tierra”.
Pero antes, la tarde-noche de la muerte de Wojtyla, el 2 de abril de 2005, uno de los primeros mensajes de líderes mundiales que llegó a la Santa Sede fue el del entonces presidente cubano Fidel Castro Ruz.
arb/EG