viernes 5 de junio de 2026

Copa Mundial de Fútbol 2026: regresos, sorpresas y ausencias (+Foto +Video)

La Habana (Prensa Latina) El fútbol ha cambiado de tamaño y, con él, de equilibrio. La Copa Mundial de 2026, organizada por la FIFA en Estados Unidos, México y Canadá, no será únicamente la más extensa de la historia, será, sobre todo, la más reveladora.
Por:
Boris Luis Cabrera
Redacción de Deportes

Cuarenta y ocho selecciones -50 por ciento más que en la era moderna- dibujarán un mapa donde las fronteras del fútbol ya no coinciden con las de ayer.

El Mundial crece, pero al crecer, se desordena, porque si algo deja este nuevo formato no es solo una lista más larga de clasificados, sino una evidencia incómoda: el poder en el fútbol ya no es estable.

LOS REGRESOS: LA MEMORIA QUE INSISTE

Cada Mundial es también un archivo que se abre y el de 2026 desempolva nombres que parecían condenados a la nota al pie.

El regreso de Haití y la República Democrática del Congo rompe una sequía de 52 años y medio siglo fuera del mayor escenario no es solo una ausencia deportiva; es un silencio prolongado que ahora encuentra voz. En sus camisetas no viaja únicamente una clasificación: viaja una historia interrumpida que vuelve a escribirse.

En la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol (Concacaf), el crecimiento haitiano no ha pasado inadvertido. El estadounidense Herculez Gomez ha subrayado que “Haití ha sido uno de los equipos más incómodos de enfrentar en la región en los últimos años y ahora están recogiendo los frutos de ese crecimiento”, una lectura que desmonta la idea de sorpresa y la sustituye por la de evolución sostenida.

Sobre esa misma línea, el exentrenador argentino Ricardo La Volpe insiste en que “el fútbol del Caribe ha evolucionado mucho; Haití es un ejemplo claro de cómo competir con orden y disciplina”, mientras que el estadounidense Alexis Lalas introduce el matiz del nuevo formato: “con 48 equipos veremos más historias como la de Haití, pero eso no le quita mérito: hay que ganar en la cancha”.

En África, el regreso de la República Democrática del Congo se inscribe en una transformación más amplia. El francés Hervé Renard advierte que “las selecciones africanas han reducido mucho la distancia con el resto del mundo”, colocando al Congo dentro de una tendencia continental.

Esa tesis es reforzada por el camerunés Samuel Eto’o: “África ya no va a los Mundiales solo a participar; vamos a competir”, mientras el ghanés Abedi Pelé recuerda que el talento siempre estuvo ahí, pero ahora se acompaña de organización y experiencia internacional.

En un escalón más cerca en el tiempo, pero igual de simbólico, aparece Iraq, que regresa tras cuatro décadas. Entre 1986 y 2026 no solo pasaron generaciones de futbolistas; pasó un país entero por conflictos, reconstrucciones y fracturas y su clasificación es, en sí misma, un relato.

Desde el análisis técnico, el español Xavi Hernández ha destacado que “el fútbol en Asia ha crecido muchísimo”, mientras que el grecoaustraliano Ange Postecoglou apunta a su disciplina táctica e identidad como claves de su competitividad.

Más abajo, en otra capa del calendario, resurgen equipos como Paraguay, Sudáfrica y Nueva Zelanda, ausentes durante 16 años, o selecciones como Suecia, Colombia y Egipto, que regresan tras un ciclo mundialista.

Tres tiempos conviven en un mismo torneo: el de la historia larga, el de la reconstrucción y el del simple relevo generacional. Nunca antes habían coincidido con tanta claridad.

LAS SORPRESAS: NUEVAS GEOGRAFÍAS DEL JUEGO

Pero el Mundial de 2026 no solo mira atrás, también abre puertas. La ampliación a 48 equipos modifica la aritmética del poder: África casi duplica su presencia, Asia crece con fuerza y Concacaf más que multiplica sus plazas. Donde antes clasificaba una minoría, ahora lo hace casi una cuarta parte del planeta futbolístico.

En ese nuevo espacio emergen nombres como Curazao, Uzbekistán, Jordania o Cabo Verde y estas no son anomalías: son consecuencia.

Durante años, el talento creció en silencio, muchas veces lejos de los centros tradicionales. Academias, migraciones, dobles nacionalidades, ligas periféricas cada vez más conectadas ayudaron a que el fútbol se globalizara antes de que el Mundial lo reconociera.

El caso de Curazao sintetiza ese fenómeno. Un país pequeño, con fuerte dependencia de su diáspora en los Países Bajos, ha logrado irrumpir en la escena mayor.

Para el neerlandés Patrick Kluivert, “con talento de la diáspora y un proyecto serio se puede competir con naciones mucho más grandes”, mientras el estadounidense Bruce Arena lo define como “la esencia del outsider: un equipo pequeño, ordenado y bien dirigido que puede dar sorpresas”.

En torneos anteriores, el número de selecciones realmente “sorpresa” rara vez superaba cuatro, pero ahora, podría duplicarse. El margen de irrupción se amplía y con él la posibilidad de que el relato cambie, porque cuando el acceso se ensancha, también lo hace la incertidumbre.

LAS AUSENCIAS: EL PESO DE LO QUE FALTA

Pero cada puerta que se abre deja otra cerrada. El Mundial de 2026 también se define por sus ausencias y ninguna pesa tanto como la de Italia. Cuatro veces campeona del mundo, encadena tres ediciones sin clasificarse y eso no es una racha, es una ruptura histórica.

Desde el análisis especializado, las críticas apuntan a causas estructurales. El alemán Jürgen Klinsmann ha señalado la falta de liderazgo y de apuesta por el talento joven como uno de los males de fondo, sugiriendo una cultura futbolística demasiado conservadora.

Por su parte, el belga Kevin De Bruyne contextualiza la caída en un entorno más competitivo: “el nivel en Europa es cada vez más alto… selecciones pequeñas pueden construir equipos decentes y obtener resultados”, dejando abierta la pregunta sobre una posible crisis estructural del fútbol italiano.

El fenómeno trasciende lo táctico. Incluso figuras ajenas al análisis técnico, como el tenista italiano Jannik Sinner, han reflejado el impacto emocional de la ausencia, evidenciando que la eliminación no es solo deportiva, sino cultural.

En ese sentido, el estadístico español Mister Chip ha sido contundente en sus intervenciones públicas al calificar la tercera ausencia consecutiva como “una anomalía histórica difícil de justificar en un Mundial ampliado”, reforzando la idea de que no se trata de un accidente, sino de una crisis profunda.

A su alrededor, otras grietas se hacen visibles. En África, la ausencia de Nigeria y Camerún confirma un cambio de paradigma. El propio Renard interpreta estas eliminaciones como “una señal clara de que el fútbol africano se está nivelando”, y Eto’o advierte que “no se puede depender solo de la historia y la reputación”.

En Concacaf, la caída de Costa Rica y Honduras rompe una inercia de años y Europa, por su parte, deja fuera a selecciones competitivas como Polonia y Dinamarca. El dato es contundente: más cupos no significan más estabilidad, significan más competencia… y, por tanto, más caídas.

EL FACTOR 48: UNA ÉLITE EN TRANSFORMACIÓN

La decisión de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) de ampliar el torneo responde a una lógica clara: inclusión, mercado, expansión global. El Mundial pasa de ser un club selecto -donde clasificaba alrededor del 16 por ciento de las asociaciones- a un espacio donde casi el 25 por ciento tiene cabida. Uno de cada cuatro países.

La élite se ensancha, pero en ese ensanchamiento aparece la pregunta inevitable: ¿se democratiza el fútbol… o se diluye?

Esa respuesta, por ahora, no es absoluta, lo que sí es evidente es el cambio de naturaleza. El Mundial deja de ser únicamente la reunión de los mejores para convertirse también en el reflejo de un sistema más amplio, más diverso… y menos predecible.

El narrador y comentarista cubano Boris Luis Leyva sostiene en declaraciones a Prensa Latina que la ampliación del Mundial “diversifica lo que vamos a ver”, al incorporar selecciones de distintas confederaciones que antes no accedían, lo cual ensancha el mapa de aficiones, estilos y realidades futbolísticas, y refuerza su vocación universal.

No obstante, advierte que ese mismo proceso impacta en la calidad: el nivel medio “baja” al incluir equipos que no formarían parte del torneo bajo el formato anterior. En su lectura, la fase de grupos pierde peso competitivo, pues el diseño favorece el avance de los conjuntos más fuertes y permite que varios terceros lugares sigan en carrera, por lo que la verdadera exigencia se traslada a las rondas eliminatorias.

Para Leyva, el nuevo esquema equilibra expansión y espectáculo con una lógica donde prevalece el negocio -más partidos, más público y mayor alcance- por encima de la preservación de la élite estrictamente deportiva.

UN NUEVO ORDEN EN MOVIMIENTO

El Mundial de 2026 -del 11 de junio al 19 de julio- será, en esencia, una transición. Los regresos demuestran que la historia nunca se clausura del todo, las sorpresas evidencian que el talento ha dejado de concentrarse en pocos territorios y las ausencias recuerdan que el prestigio no es una garantía, sino una responsabilidad que se renueva cada cuatro años.

Todo ocurre al mismo tiempo. El resultado es un torneo donde las jerarquías se erosionan, los mapas se redibujan y las certezas se vuelven frágiles, porque si algo deja esta clasificación no es solo una lista de equipos, es una señal.

En 2026, el fútbol no será más grande solo porque haya más selecciones, será distinto porque ya no pertenece a los mismos de siempre, y en ese cambio, silencioso pero profundo, se juega algo más que un Mundial: se juega el lugar que cada país ocupa en el nuevo orden del juego.

arb/yma/blc

Colaboraron en este trabajo:
Amelia Roque
Editora Especiales Prensa Latina
Laura Esquivel
Editora Web Prensa Latina
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