Por Pedro Rioseco López-Trigo*
Colaborador de Prensa Latina
Tras el triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959, Camilo recibió la orden del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz de tomar Columbia, principal fortaleza militar de la tiranía batistiana, lo cual cumplió el propio 2 de enero.
Al día siguiente Fidel lo designó como jefe de las fuerzas de Tierra, Mar y Aire radicadas en La Habana. El 20 de enero, ya instaurado en el poder el Gobierno Revolucionario, fue designado jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde.
El primer año de la Revolución cubana transcurrió a un ritmo vertiginoso en la implementación de las primeras medidas para transformar el país, como había anunciado Fidel en el Programa del Moncada, conocido por el nombre de su alegato en el juicio como “La historia me absolverá”.
El 20 de octubre de 1959 la asistente de Fidel desde los tiempos de la guerra, Celia Sánchez Manduley, comunicó a Camilo la traición de Hubert Matos. Sin pensarlo un instante, y conociendo la segura reacción de Fidel de abortar personalmente la conjura, Camilo decidió adelantársele para que éste no corriera ningún peligro.
Acompañado por el comandante Cristino Naranjo, otros compañeros de su máxima confianza y 20 hombres armados, partieron en tres aviones alrededor de las cuatro de la madrugada. Camilo en el trayecto les explicó los acontecimientos, que ellos tomarían el cuartel Ignacio Agramonte, de Camagüey, donde se encontraba el traidor, sin disparar un solo tiro.
El grupo dirigido por Camilo llegó al cuartel sobre las siete y 20 de la mañana del 21 de octubre de 1959 y lo encontró protegido por una cadena y varias ametralladoras calibre 30. De inmediato ordenó a sus compañeros: ¡Tumben la cadena y desarmen a los guardias!, mientras Cristino Naranjo y otros combatientes se encargaron de tomar todas las postas del Regimiento.
Dentro del Cuartel y solo con cuatro compañeros más, Camilo subió hasta la habitación de Hubert Matos. Allí le encontró junto a su esposa y le comunicó: “Hubert, yo como Jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde, asumo el mando de Camagüey y te detengo por alta traición. ¡Tienes que acompañarnos!”.
Ese mismo día, Camilo reunió a las tropas de Hubert Matos en el Regimiento Ignacio Agramonte en Camagüey, junto a una espontánea concentración de pueblo y jóvenes rebeldes que marchó hasta allí en apoyo a la Revolución, y les expresó:
“Hoy, un dolor profundo, un dolor amargo, nos hizo llegar aquí con una seriedad poco acostumbrada en nosotros. Hace muchos días, hace meses, sabíamos que había un compañero que no era fiel a la Revolución.
“Es triste ver, agregó, cómo hombres que se enfrentaron abierta y valientemente a la muerte, en numerosos casos, ahora, en este momento histórico de la patria, en que estamos todos llamados a estar más unidos de lo que estábamos en la Sierra Maestra, haya hombres que flaquean, hombres débiles, cobardes, hombres ambiciosos que, olvidando los destinos de la patria, olvidando los sagrados deberes con la patria, se entreguen en brazos de las malas causas”.
El 28 de octubre de 1989 Fidel recordaba los hechos: “La contraofensiva revolucionaria se empezó a hacer por teléfono con el compañero Jorge Enrique Mendoza que se encontraba en Camagüey, al que se le dio instrucción de tomar una de las estaciones de radio y empezar la denuncia, con el apoyo de un batallón rebelde que estaba en las afueras de la ciudad. Así lo hicieron.
“Queríamos ver la reacción de los conspiradores, si se lanzaban a recuperar o no la estación. Realmente empezaron a desmoralizarse”.
“…Nuestra idea, explicó entonces Fidel, era tomar el cuartel con las masas, para enseñarles de una vez por siempre a los traidores lo que es ponerse frente a los intereses del pueblo, costara lo que costara. (…)
“La acción de Camilo salvó muchas vidas, porque también pudo ocurrir cualquier otra cosa, y él se adelantó para evitar una situación y un peligro de esa naturaleza. Es una muestra de la confianza que tenía en sí mismo, de su heroísmo, de su arresto y de su capacidad de actuar de manera excepcional en circunstancias determinadas”.
El 26 de octubre, en La Habana, Camilo pronunció su último discurso público en el antiguo Palacio Presidencial ante un millón y medio personas, donde reafirmó que “para detener esta Revolución cubanísima, tiene que morir un pueblo entero”.
En su tercer viaje en esos días a Camagüey, el 28 de octubre de 1959, luego de dejar instalado al nuevo cuadro de mando en esa provincia, a las 6:01 de la tarde Camilo partió del aeropuerto Ignacio Agramonte de regreso a La Habana, a bordo de un Cessna 310 C rojo y blanco, identificado como FAR-53.
Lo acompañaban su escolta, el sargento Félix Rodríguez, y el piloto, primer teniente Luciano Fariñas. Pero el avión nunca llegó, privando a la naciente Revolución de uno de sus más extraordinarios dirigentes políticos y militares.
La noticia conmocionó a la nación. El comandante Ernesto Che Guevara de inmediato abordó un avión C-46 para buscarlo. El comandante Juan Almeida Bosque dirigió el operativo de búsqueda por las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y todas las embarcaciones buscaron en el mar junto a un total de 70 aviones.
Fidel dirigió personalmente la búsqueda durante 15 días. Se revisaron en total 100 mil millas, toda la franja costera, cayos, sin encontrar ningún rastro de Camilo y del avión. Finalmente, el 12 de noviembre Fidel compareció ante las cámaras de televisión y dio oficialmente la noticia.
Dos días después el Consejo de Ministros anunció siete días de luto por su muerte, y desde entonces, cada 28 de octubre el pueblo arroja flores al mar reafirmando el compromiso inquebrantable con las ideas de Camilo.
arb/prl
*Periodista cubano.





