Nina Fideles*, colaboradora de Prensa Latina
Lula se despide de las contiendas electorales logrando una hazaña histórica como la figura política más importante de la historia de Brasil. Son cuatro victorias de un hombre forjado en el trabajo y la política, nacido en el sertón del nordeste y representante de la clase obrera. Una biografía en muchos tomos. Y que todavía no ha terminado. Lula tendrá otros cuatro años para gobernar y concluir, como presidente, su vida política.
Algunos dirán que se produjo un milagro, una batalla de David contra Goliat. Hasta la víspera, ninguna encuesta acertó el resultado. Datafolha, Quaest y AtlasIntel daban a Flávio como favorito, todas equivocándose en el mismo sentido y por un margen similar. No hubo milagro. Hubo movilización social en torno a reivindicaciones importantes para la clase trabajadora, y fue esa movilización la que garantizó la victoria. Y nos demuestra que las movilizaciones cambian el rumbo de los acontecimientos y que la figura de Lula atraviesa generaciones.
En una disputa tan polarizada, el trasvase directo de votos entre los dos finalistas era casi imposible: quien había elegido a Flávio en la primera vuelta difícilmente escogería a Lula en la segunda, y viceversa. La remontada dependía de los electores indecisos, de quienes se abstuvieron y de los votos de los candidatos eliminados en la primera vuelta.
Había 9,3 millones de electores que habían votado por candidatos ya eliminados, casi dos millones que habían votado en blanco o nulo y que esta vez eligieron un nombre, y casi tres millones más que acudieron a las urnas en la segunda vuelta. La participación aumentó del 78,92 por ciento al 80,78 por ciento entre ambas rondas. Los dos principales candidatos eliminados, Augusto Cury y Ronaldo Caiado, declararon su apoyo a Flávio, pero eso no cambió el resultado. Lula creció en cinco mil 567 de los cinco mil 571 municipios del país, en todos los estados, y terminó con 6,65 millones de votos netos más entre las dos vueltas.
São Paulo, Minas Gerais y Río de Janeiro sumaron, por sí solos, más votos en la remontada que los nueve estados del Nordeste juntos. Sin embargo, fue en el Nordeste, donde Lula ya era más fuerte, donde más creció en proporción al electorado.
La primera vuelta había dejado un sabor amargo, con la extrema derecha ampliando su presencia en el Congreso. Los politólogos analizaron el resultado y ninguna encuesta llegó a prever una remontada de Lula en la segunda vuelta. Fueron 21 días de grandes manifestaciones en las calles de todo el país. La primera, impulsada por estudiantes de la Universidad Federal Fluminense (UFF), en Niterói, tuvo lugar dos días después de la primera vuelta. De allí, las movilizaciones se extendieron a más de 40 universidades de diez estados. Una nueva generación asumió parte de su papel en la política.
Después de una segunda vuelta fría en las campañas oficiales, volvimos a ver las calles y a la izquierda como hacía mucho tiempo no ocurría. En las redes, como nunca antes. El diputado federal André Janones mantuvo alta la moral del “Ejército de Lula” durante 21 días ininterrumpidos y reunió a más de diez millones de personas en su canal de WhatsApp. El ministro Kassio Nunes Marques, presidente del Tribunal Superior Electoral, respondió a las solicitudes de cierre del canal suspendiéndolo, una decisión que fue revocada por el corregidor general de la Justicia Electoral, Ricardo Villas Bôas Cueva.
Reducir la democracia al período electoral es un error, pero ese período nos permite disputar conciencias más allá de las urnas. Eso fue exactamente lo que ocurrió. Podríamos enumerar innumerables reivindicaciones que unieron a la población contra el bolsonarismo: soberanía, políticas sociales dirigidas a los más pobres, la cuestión indígena, democracia, lucha contra las milicias y la violencia, preservación de la Amazonía, madres solteras, mujeres, reducción de la jornada laboral, racismo estructural, derechos de la población LGBT+ y vivienda popular.
La decisión expresada en las urnas pasó por una comprensión más profunda de lo que significa el concepto de extrema derecha. Entender lo que está en juego permite que la población debata más a fondo el proyecto de un país soberano,discuta políticas públicas y reconozca los logros del Partido de los Trabajadores (PT), que desde 2003 ha cambiado Brasil. Todavía existen dos Brasiles, una sólida polarización entre dos proyectos distintos, con el apoyo significativo de personas muy poderosas, dentro y fuera del país, contra un proyecto popular. Pero el abismo entre esos dos Brasiles puede reducirse cuando la clase trabajadora logra reconocerse dentro de ese espectro y formar parte de los cuatro años de gobierno que se avecinan.
¿Y ahora? Lucha. Desde el primer día
El periodismo de Brasil de Fato sigue al lado de la clase trabajadora. Es desde ahí desde donde hablamos desde 2003, y ese lugar no cambia porque las elecciones hayan terminado. Seguiremos exigiendo, tema por tema, que el gobierno que comienza de nuevo en enero responda cada vez más a las demandas del pueblo que lo eligió. La práctica periodística en cualquier país requiere datos, acceso y libertad para ejercerla, incluido el espacio para el contraste de opiniones.
Aprovechar el capital político generado por esta contienda será fundamental para definir los próximos años, no solo los cuatro que vienen, sino también el futuro de las próximas décadas. Presionar para que el gobierno avance más hacia la izquierda en cuestiones como la tributación de los más ricos, la tarifa cero, la reforma agraria y la demarcación de tierras indígenas, entre otras, es una tarea pendiente.
Ya sabemos cómo opera el bolsonarismo en el poder. Fueron cuatro años de gobierno de Jair Bolsonaro, entre 2019 y 2022, los que demostraron a quién sirve ese proyecto. Fueron derrotados. Los bots, las apuestas en línea, Meta, buena parte de los medios comerciales y Donald Trump, quien recibió a Flávio Bolsonaro en la Casa Blanca en mayo, en plena crisis de los aranceles.
Trece congresistas estadounidenses exigieron explicaciones a Mark Zuckerberg después de que, supuestamente, la inteligencia artificial de WhatsApp se negara a generar imágenes que asociaran el nombre de Lula con el número 13, mientras producía con normalidad materiales a favor de Flávio. También corresponde exigir responsabilidades a los gobernadores y alcaldes aliados del bolsonarismo por la ausencia de flotas de autobuses para la población el día de las elecciones, así como al propio ministro Kassio Nunes Marques por la conducta del Tribunal Superior Electoral durante estos comicios.
Esta fue una victoria de todos los trabajadores y trabajadoras brasileños. De los jóvenes que tomaron las calles, de los ancianos que salieron de sus casas para votar y de las caravanas de pueblos indígenas de todas las regiones que acudieron colectivamente a las urnas.
Es ese pueblo el que merece, junto a Lula, durante su último gobierno, escribir la historia de Brasil en los próximos cuatro años. Que estos cuatro años cambien los rumbos, corrijan injusticias y sean recordados como los más representativos de la clase trabajadora.
rmh/nf
*Directora Ejecutiva, Brasil de Fato. Periodista con más de dos décadas de experiencia en producción, edición y coordinación de contenidos periodísticos. Inició su carrera en 2003 en el sector de comunicación del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), cubriendo formatos impresos, radiofónicos y audiovisuales.
Fundó y coordinó la Radioagência NP, una agencia de noticias en audio que distribuye contenidos a radios comunitarias en todo el país. Editó el Jornal Sem Terra, la Revista Sem Terra y publicaciones infantiles del MST. También trabajó como fotógrafa y productora cultural en Brasília y São Paulo, con enfoque en cultura urbana y hip hop.
Ha colaborado con la Revista Fórum, la Revista do Brasil, Caros Amigos y la Revista Rap Nacional. Coordinó la producción del libro Hip Hop Brasil (2014). Se incorporó a Brasil de Fato en enero de 2018 como editora jefe; luego fue Directora de Periodismo y, desde fines de 2021, se desempeña como Directora Ejecutiva.





