Por Adriana Robreño
Corresponsal jefa en Ecuador
En esa localidad del norte de Ecuador, situada a unos 295 kilómetros por carretera desde Quito, actualmente crecen árboles sobre antiguas piscinas de desechos y sus habitantes denuncian el impacto sobre la salud humana de la contaminación, pese a que la historia comenzó con la promesa de bonanza.
Prensa Latina acompañó a activistas de varios países en un recorrido por varios puntos de la provincia de Sucumbíos, fronteriza con Colombia, con el acompañamiento de la Unión de Afectados por Texaco-Chevron (UDAPT), cuyos dirigentes relataron cómo la actividad extractiva modificó el territorio y la vida de sus pueblos.
EL PETRÓLEO TRANSFORMÓ LA AMAZONÍA
En Lago 1, el primero de los pozos perforados en la Amazonía, Wilmer Lucitante, indígena cofán y coordinador del programa de monitoreo de la UDAPT, contó que sus ancestros llamaban “Amisacho” a la zona que actualmente ocupa el cantón Lago Agrio.
El joven relató que sus abuelos vieron rebautizar el territorio con la traducción al español de Sour Lake, nombre de un pozo petrolero ubicado en Texas, Estados Unidos.
En 1967, el consorcio estadounidense Texaco-Gulf comenzó a perforar el pozo Lago 1 y para entonces los cofanes utilizaban el territorio como espacio de pesca, caza y tránsito, y lo consideraban parte de su vida comunitaria, pero eso cambió.
Donald Moncayo, coordinador de la UDAPT y quien ha dedicado gran parte de su vida a defender los derechos de la naturaleza, señaló que para abrir espacio a los equipos de perforación, fueron despejadas unas 10 hectáreas de bosque primario.
Cuando encontraron el petróleo hicieron una gran inauguración, abrieron la válvula y los medios de comunicación de la época publicaron que el petróleo saltó 160 metros de altura y todos los presentes se bañaron en crudo porque nacía un nuevo rico, que era el Ecuador, contó Moncayo.
El paisaje que rodea Lago 1 ya no es el mismo de aquel momento. Ahora es una especie de museo.
El pozo dejó de producir en 2006, después de generar casi 10 millones de barriles de petróleo, según la información aportada durante el recorrido. La extracción, sin embargo, continúa en Sucumbíos, donde otros pozos y campos mantienen activa la producción petrolera.
Además, en los alrededores de Lago 1 permanecen las evidencias de las prácticas utilizadas por Texaco durante la explotación: piscinas, residuos y zonas donde la vegetación ha vuelto a crecer sobre antiguos depósitos.
CONTAMINACIÓN BAJO EL BOSQUE
En Aguarico 4, otro pozo que dejó de operar hace décadas, Moncayo se detuvo junto a una de esas piscinas, que permanece sin remediación, aunque a primera vista parece parte del bosque.
Hay plantas, hojas y una gruesa capa de materia orgánica, pero Moncayo introdujo un palo entre la vegetación y apareció un líquido negro y espeso con olor fuerte.
El activista explicó que las piscinas podían alcanzar entre tres y seis metros de profundidad y que fueron utilizadas para almacenar residuos y líquidos contaminados.
Cuando se llenaban -relató- una de las alternativas era quemar su contenido durante varios días, la otra consistía en retirarlo con tanqueros y parte de ese material era utilizado para regar las carreteras construidas para conectar las instalaciones petroleras.
Para los pueblos que vivían en esta zona, el cambio fue más profundo que la mera transformación del paisaje.
Según el indígena Lucitante, antes de la llegada de Texaco existían entre 15 mil y 20 mil cofanes, pero actualmente serían unos mil 800 entre Ecuador y Colombia.
La explotación petrolera, no solo cambió la economía y el ambiente, sino también la relación de las comunidades con un territorio que históricamente había sido suyo.
Moncayo, que nació en la zona, también recordó que los pobladores desconocían inicialmente los efectos de los residuos y continuaban utilizando los ríos para bañarse y obtener agua, incluso llegó a difundirse la idea errónea de que el petróleo podía aliviar el reumatismo y los dolores de huesos.
BATALLA POR LA REPARACIÓN, UNA DISPUTA QUE NO TERMINA
Con el tiempo, las comunidades comenzaron a observar la muerte de animales y posteriormente otros problemas de salud que los afectados relacionan directamente con la contaminación del aire, el agua y los suelos.
“El juicio que se le lleva a Texaco, empresa que luego fue comprada por Chevron, nace porque los animales se morían”, relata Moncayo.
La disputa judicial que siguió a esa historia lleva más de tres décadas.
En 1993 fue presentada una demanda contra Texaco en Estados Unidos por habitantes de la Amazonía ecuatoriana y tras muchos vaivenes legales el proceso se trasladó a Ecuador, donde en 2011, una sentencia condenó a Chevron a pagar nueve mil 500 millones de dólares por daños ambientales.
La compañía rechazó el fallo y denunció irregularidades en el proceso.
En 2018, un tribunal de arbitraje internacional con sede en La Haya falló a favor de Chevron y responsabilizó al Estado ecuatoriano por denegación de justicia, con una indemnización posteriormente fijada en 215 millones de dólares.
Para los afectados, la disputa no termina con los fallos judiciales, tampoco concluyó cuando Lago 1 dejó de producir ni cuando Aguarico 4 quedó abandonado.
“Acá no hay agua potable. Aquí no hay alcantarillado. Aquí no hay una verdadera remediación, una verdadera reparación al área afectada”, denunció Moncayo, que explicó que los recursos hídricos subterráneos están contaminados.
En la provincia de Sucumbíos, la explotación de petróleo está actualmente a cargo, principalmente, de la empresa estatal Petroecuador, junto con varias compañías privadas extranjeras y nacionales con las cuales el Estado tiene contratos de servicios o participación.
Ese territorio, como otros de la amazonía ecuatoriana productoras de petróleo, cuentan hoy, según datos oficiales, con índices de pobreza por encima de la media nacional.
Casi seis décadas después de que el crudo brotara por primera vez en Lago 1, para Moncayo y para los miembros de la UDAPT, una pregunta permanece: “¿De qué desarrollo estamos hablando?”.
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