domingo 17 de mayo de 2026

El siempre dulce mercado de la miel

La Habana (Prensa Latina) El siempre dulce mercado de la miel es hoy endulzado por la tecnología y amargado por las tarifas, pese a estar forjado en la historia.

Por Roberto F. Campos

El negocio global de la miel y sus derivados atraviesa un año de transformación profunda, estiman los analistas.

Mientras la demanda por productos naturales se dispara, la industria apícola enfrenta retornos decrecientes por el cambio climático, crisis sanitarias en las colmenas y una guerra comercial que reconfigura los flujos de exportación.

Pero para entender el presente, hay que mirar atrás: al origen de una relación que comenzó hace miles de años.

El comienzo de 2026 encuentra al mercado apícola mundial en una encrucijada.

Lo que durante siglos fue un oficio artesanal se convirtió en una industria de alta tecnología regulada por estrictas normas de trazabilidad.

Según el informe Apiculture Market Report 2026 de The Business Research Company, el sector apícola global está valorado actualmente en 14 mil 40 millones de dólares, habiendo crecido 5,4 por ciento respecto al año anterior.

Sin embargo, este dulce crecimiento viene acompañado de una presión sin precedentes sobre los apicultores y exportadores.

El mercado no solo se mide en miel. La apicultura abarca desde la cera y el polen hasta la jalea real y el propóleo, utilizados en farmacéutica y cosmética.

Un análisis de Fortune Business Insights indica que el mercado de la apicultura, valorado en 12 mil 410 millones de dólares en 2025, podría alcanzar los 21 mil 100 millones en 2034, con una tasa de crecimiento anual del 6,13 por ciento.

Sin embargo, el protagonista indiscutible sigue siendo la miel natural que cada día atrae a más compradores.

Un estudio de 360iResearch publicado en marzo de 2026 detalla que este segmento específico (excluido el resto de productos de la colmena) se valoró en ocho mil 450 millones de dólares solo en 2026, con una proyección de alcanzar los 13 mil 480 millones en 2032.

Asia-Pacífico domina abrumadoramente ese panorama. La región concentra 46 por ciento del consumo mundial, con China como el principal productor y un mercado interno cada vez más voraz.

La creciente clase media en Asia está reemplazando los edulcorantes artificiales por miel en productos horneados y bebidas, señala el análisis de Mordor Intelligence.

UNA HISTORIA DE NUEVE MIL AÑOS

Antes de que existieran los aranceles y los sensores IoT, la miel ya era n tesoro comercial.

La relación entre los humanos y las abejas es antiquísima. Existen referencias históricas que demuestran que, desde tiempos remotos, la miel se utilizaba como alimento y como edulcorante, con un poder endulzante superior al de la caña de azúcar.

No era solo un producto alimenticio: para los antiguos egipcios y los griegos, la miel era una sustancia sagrada, llegando a utilizarse incluso para pagar impuestos.

Prueba de su durabilidad casi eterna (gracias a su baja concentración de agua que impide el crecimiento bacteriano), en excavaciones egipcias con más de dos mil años se encontraron vasijas con miel perfectamente conservada aún comestible.

El primer gran paso hacia el comercio organizado lo dieron los egipcios, quienes fueron la primera sociedad en intentar domesticar a las abejas.

Merchants transportaban colmenas y enormes jarras de miel de un lado a otro del Nilo en barcazas para vender el producto a los pobladores de las riberas.

Pero fue en la antigua Israel donde se encontró la evidencia más asombrosa del comercio apícola temprano.

En 2007, el arqueólogo Amihai Mazar descubrió en la ciudad de Tel Rehov restos de cientos de colmenas con tres mil años de antigüedad.

El análisis de los restos de abejas encontradas dentro reveló una sorpresa mayúscula: no eran abejas nativas de Siria (agresivas y poco productivas), sino que procedían de Turquía, a cientos de kilómetros de distancia.

Ese hallazgo, publicado en las Proceedings of the National Academy of Sciences, demuestra que ya en el primer milenio antes de Cristo existía un comercio de abejas a gran escala mediante la importación de ejemplares turcos que producían hasta ocho veces más miel que las locales.

La Edad Media representó la edad de oro de la miel en Europa. Antes de la expansión masiva del cultivo de caña de azúcar en el siglo XV, la miel era el único edulcorante accesible para todos, desde los señores feudales hasta los campesinos más humildes.

Un estudio académico publicado en el Journal of Medieval History en 2023 describe la primera gran red de comercio internacional de miel, que conectaba desde Beirut hasta Nóvgorod, y abarcaba el Mediterráneo, el Atlántico y el Mar Báltico.

Los registros aduaneros de ciudades como Sopron y Pozsony (actual Bratislava) muestran que, para el siglo XIV, la miel era el tercer producto agrícola más exportado en la región de Hungría, solo superado por el ganado y el vino, con un valor equiparable al del cuero y el pescado.

Los comerciantes catalanes, por su parte, enviaban cargamentos masivos hacia Alejandría y Beirut; en un solo barco documentado en 1397, se transportaban al menos seis mil 120 litros de miel procedente de las montañas del Ebro.

Sin embargo, el salto definitivo hacia la industria moderna no llegó hasta el siglo XVIII, con la invención de las colmenas móviles en Europa.

Hasta entonces, recolectar miel significaba destruir la colonia entera. Este avance permitió el transporte de colonias y convirtió la apicultura en una empresa comercial sostenible.

La comercialización masiva tal como la conocemos hoy despegó en el siglo XX.

Un ejemplo fascinante es el de Nueva Zelanda, que en 1921, tras perder el mercado estadounidense por aranceles (un espejo de 2026), lanzó una campaña publicitaria masiva en el Reino Unido para su miel Imperial Bee.

La campaña incluyó la creación de una mascota (un hombre-abeja) y logró que la marca fuera un nombre familiar en toda Europa, demostrando que el márketing agresivo para la miel no es un invento moderno.

LA GUERRA COMERCIAL Y LOS ARANCELES

A pesar del optimismo en las cifras, el horizonte comercial se torna gris. La imposición de nuevas barreras arancelarias, particularmente impulsadas por Estados Unidos, está sacudiendo los cimientos del comercio internacional de la miel.

El informe de The Business Research Company advierte que los aranceles sobre la miel, la cera de abejas y otros productos están aumentando los costos de importación y reconfigurando las estrategias de abastecimiento.

Las medidas arancelarias recientes adoptadas por Estados Unidos incrementan los costos internos para los importadores e incentivan una diversificación acelerada de las fuentes de suministro, explica el análisis de 360iResearch.

Ante este escenario, muchos compradores estadounidenses están buscando alternativas en países con acuerdos preferenciales o con el reforzamiento de la producción local.

Un ejemplo de esta resistencia es la Cooperativa Apícola Cosar de Argentina que, a principios de abril de 2026 concretó envíos masivos a Alemania, Italia y, significativamente, a Estados Unidos, para demostrar que la calidad y la trazabilidad pueden sortear las barreras arancelarias.

Y en ese panorama, el gran desafío del sector en 2026 no es solo económico, sino existencial.

La mortalidad de colmenas sigue siendo crítica. En Estados Unidos, los apicultores comerciales perdieron el 62 por ciento de sus colonias de junio de 2024 a marzo de 2025, un golpe durísimo para la industria.

El cambio climático, el uso de pesticidas y el implacable ácaro Varroa destructor, diezman las poblaciones y afectan a más de la mitad de las colonias anualmente.

La respuesta a esa crisis está siendo tecnológica. La apicultura de precisión se consolida como la tendencia principal de 2026.

Sensores IoT instalados dentro de las colmenas monitorizan la temperatura, la humedad e incluso las señales acústicas de las abejas.

Proyectos como el Electronic Bee-Veterinarian de la Universidad de California, Riverside, permiten predecir el estrés térmico con días de antelación por menos de 50 dólares por colmena.

La inteligencia artificial está permitiendo un salto cualitativo en la gestión sanitaria, destacan los informes de Research and Markets, al señalar que los algoritmos de aprendizaje automático pueden distinguir castas de abejas y detectar parásitos en tiempo real.

Tal tecnología reduce la mortalidad y optimiza la producción, lo que significa mucho para dicha industria.

Mientras la tecnología cuida a las abejas, la burocracia y la química cuidan al consumidor.

El talón de Aquiles del sector sigue siendo el fraude. Un escándalo reciente destapado por la Comisión Europea (CE) reveló que el 46 por ciento de las muestras de miel importada analizadas de noviembre de 2021 a febrero de 2022 estaban adulteradas con jarabes de azúcar.

En respuesta, la Unión Europea (UE) puso en marcha la norma 2024/1438, que exige un control de trazabilidad lote por lote.

Como explica Mordor Intelligence, esto convierte el Pasaporte digital en un requisito indispensable para vender en el viejo continente, penalizando a los proveedores baratos que no pueden verificar su origen.

Más allá de la mesa, los derivados de la colmena están viviendo una edad de oro en sectores como la cosmética y la farmacéutica.

La jalea real y el propóleo se transformaron en ingredientes codiciados para suplementos inmunológicos y cremas de alta gama. Empresas como Gisou están liderando esta tendencia con lanzamientos como su Honey Infused Hair Repair Serum.

Incluso en países con tradición apícola, como Perú, se están abriendo nuevos mercados.

A finales de enero de 2026, el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) logró la homologación sanitaria para exportar miel peruana a Paraguay.

Nación que, con un consumo per cápita de solo 200 gramos al año, no logra cubrir su demanda interna, presentando una oportunidad de oro para los productores andinos.

Como conclusión, el comercio de la miel en 2026 es un espejo de la economía global: volátil, tecnificado y polarizado.

Pero también es el último capítulo de una historia que comenzó hace miles de años, cuando los egipcios navegaban el Nilo con colmenas en sus barcazas, o cuando los mercaderes catalanes cruzaban el Mediterráneo con miles de litros anotados en papiros.

Los productores que sobreviven hoy no son los que más producen, sino los que mejor documentan su proceso, cuidan la salud de sus abejas con tecnología de punta y sortean con agilidad un tablero geopolítico.

Para el consumidor, la buena noticia es que, aunque la miel sea probablemente más cara, nunca habrá sido tan fácil saber de dónde viene realmente.

arc/rfc

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