sábado 18 de abril de 2026

Cuba: El encanto imperecedero de Choco

La Habana (Prensa Latina) Dicen que este 16 de abril falleció el reconocido pintor y grabador Eduardo Roca Salazar (1949-2026), pero Choco no murió, su risa contagiosa, su mirada punzante y su obra grande seguirán acompañando a su pueblo, palpitante de cubanía.

Por Mario Muñoz Lozano

Jefe de la redacción de Cultura

Considerado uno de los maestros del grabado cubano, recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas 2017, sus piezas se exhiben en importantes museos y galerías del mundo y forman parte del patrimonio de afamados coleccionistas.

A Choco lo entrevisté por primera vez en 2004 para la revista Bohemia. Entonces lo visité en su refugio y cuartel, su estudio-taller de la calle Sol, en La Habana Vieja, donde experimentaba con pinturas y prensas, mientras sus grabados andaban diseminados por todas las paredes.

Igual sonaba la música -preferiblemente Van Van, Chico Buarque, Matt Davis, “depende del estado de ánimo”-, que no puede faltar porque “me da la posibilidad de pensar y a veces de flotar”. Ese día hablamos de lo humano y lo divino.

Entonces preparaba Abanico de posibilidades, su primera exposición personal en el Museo Nacional de Bellas Artes; andaba nervioso, le preocupaba que no alcanzara el espacio para las piezas en óleo sobre grandes telas, la otra parte colagrafías e instalaciones.

“No quiero sorprender a nadie, pero aspiro a que la gente goce con lo que estoy haciendo, a pesar de saber que mi obra es sobria, dura. Hago toda una interpretación con los colores para tratar de quitar esa fortaleza y a veces tristeza que tienen algunas piezas.

“Pretendo que la gente se sienta identificada, que se encuentre en alguna de las obras. Tienen títulos de gente y acontecimientos que cada día veo en las calles…

“Cotidiano, por ejemplo, donde puedes encontrar a Elegguá, una de las palabras más nombradas en los últimos 20 años. Todo el mundo quiere que le abran los caminos, por eso lo utilizo en esa obra. He usado también otros orishas como Shangó, Ochún o Yemayá, con los que la gente se siente identificada y yo también.

-De todas formas, lanzarse a pintar sobre grandes lienzos implica un momento diferente de su obra. -Es un compromiso. La gente me conoce como grabador. Hace unos años pintaba muchísimo. Sobre todo, durante mi etapa en Santiago de Cuba, donde tenía lugar para hacerlo. Después estuve casi 20 años dedicado al grabado porque tenía condiciones para trabajarlo, pero no las tenía para pintar.

Ha llovido mucho desde que, con 13 años, en su natal Santiago de Cuba, Choco se lanzara a conquistar los exámenes de ingreso a la Escuela Nacional de Instructores de Arte, en la lejana capital. Lo logró. Y tal decisión marcaría el camino de su vida.

“Eso fue por los años de la bomba, 1960, 61… en los mismos momentos en que la Revolución triunfa. A todos los niños les gusta tirar sus manchas, dibujar sus libretas de escuela. No creo que me haya escapado de eso. Así comencé, porque no tengo ninguna tradición familiar en relación con el arte.

“En mi caso creo tener la gran suerte de haber nacido en Cuba, de que en el 59 triunfara la Revolución y que fundara la Escuela de Instructores de Arte. De lo contrario todo hubiera sido muy difícil o imposible, porque este tipo de carrera es para gente de grandes posibilidades económicas. No lo supe bien hasta que, en los años 80, de visita en Estados Unidos, me enteré de lo que cuesta convertirse en estudiante y graduarse de Artes Plásticas.

“Al principio me costó trabajo alejarme de mi familia. Era la primera vez que me iba de Santiago. Mi madre fue una de las personas que más me apoyó para tomar esa decisión, a pesar de que no tenía altos conocimientos sobre la materia.

“De la Escuela de Instructores de Arte me gradué, pero no ejercí. No tenía edad suficiente para trabajar, algo de lo que me alegro profundamente. Eso me dio la posibilidad de entrar directo a la Escuela Nacional de Arte (ENA) y terminar la carrera.

-¿Para entonces estaba convencido de que su futuro tenía que vincularse a la Plástica?

-Ya sabía que esa era la carrera que quería estudiar. Aunque pienso que en aquellos momentos no estaba preparado para entender realmente lo que significa ser un artista. Esta es una carrera solitaria, muy sacrificada, porque desde temprana edad -y no hablo solamente de las Artes Plásticas- tienes que dejar a un lado el juego, el cine, la diversión, y dedicarte por completo a ella.

-Después de casi diez años de estudios en la capital, ¿cómo asumió su regreso a Santiago?

-Primero no quería regresar, no estaba entusiasmado. Tenía mi formación en La Habana -me fui de Santiago con 13 años, sólo iba en las vacaciones, en los carnavales-, la mayoría de mis amigos y parte de mi familia estaban aquí.

Allá me sentía como un extranjero. Pero tenía que hacer el servicio social en Santiago. Me sentía obligado. Cuando llegué me pusieron de profesor de segundo año de la cátedra de Pintura, después pasé a la de Grabado, donde comencé a trabajar en un tallercito maravilloso, con gente también excelente y popular: Raúl Alfaro, José Aguilera… un grupo de viejos maestros de la escuela santiaguera.

Fue una etapa maravillosa. Hice mi primera exposición personal, conocí a muchos y buenos artistas que después se convirtieron en mis amigos. Pienso que en ese momento en Santiago se estaba formando una fuerza cultural impresionante. Además, conocí mi pueblo, un Santiago que me había sido extraño a pesar de haber nacido allí.

Ese período me vino como anillo al dedo. Adquirí disciplina como artista y como obrero, porque además tenía mis obligaciones como maestro de la Escuela de Artes Plásticas José Joaquín Tejano. Luego en La Habana eso me permitió asimilar mucho trabajo junto a José Contino, Tomás Sánchez.

Por eso te digo que ese tiempo en Santiago fue vital para mi obra. Allí fue donde me di cuenta realmente del compromiso que como artista uno tiene. En aquella época hacía muchas cosas, quizás de una forma espontánea desplegaba una energía increíble.

Santiago lo exigía por la falta de eventos, de convocatorias desde La Habana. Junto a músicos, poetas y actores organizábamos actividades que sirvieran para retroalimentarnos y para apoyar el desarrollo cultural del territorio.

La cultura llega con mucha paciencia y retraso a las provincias. Entonces como que me aturdía y me entraba cierta hambre intelectual. Necesitaba ya de la capital. Quizás era que todo lo que hacíamos me resultaba poco. Y se impuso partir.

-¿La causa de su regreso a La Habana tiene que ver con el fatalismo geográfico o fue la marca dejada por la capital durante los años de estudio?

-Las dos cosas. La Habana me había marcado, pero me azotaba el fatalismo geográfico. Me faltaba información, ese mundo me quedaba chiquito. Por eso pienso que las instituciones culturales tienen que trabajar muy fuerte en las provincias, tienen que estar al tanto de todo lo que está pasando, brindándoles información a los artistas, haciendo museos, galerías, bibliotecas, escuelas, casas de cultura.

Hay que promover, dar a conocer bien a los intelectuales y a los artistas en sus propios pueblos. La mayoría se forman en las capitales y después no queremos volver a las provincias. Y la razón fundamental es esa.

-¿Qué significó África para Choco?

-Fui a África para hacer un trabajo cultural. Salí para Angola pensando algunas cosas y me sucedieron otras. Un ejemplo fue darme cuenta de que no tenemos nada que ver con la gente, ni con el idioma, ni con las costumbres.

Soy de una familia negra, cubana y caribeña. Hay muchas cosas de África que aún tienen fuerza en Cuba, pero están mezcladas con la sangre de Europa Occidental. Es cierto que en África están los ancestros, para mí fue un reencuentro, pero no más que eso.

-No obstante, es evidente que las religiones, la cultura afrocubana está en su obra.

-Eso forma parte profunda de nuestra cultura. Soy cubano, todas esas cosas suceden aquí. Los elegguás los tiene la gente en sus casas detrás de la puerta. No estoy ajeno a eso. Y lo tengo que reflejar de una forma u otra. Hay una mezcla lógica.

Cuando voy a España siento que no estoy lejos de casa. Y aunque el color de mi piel sea diferente me doy cuenta que tengo que ver con los españoles. Y con los africanos. También somos caribeños. Pero sobre todo somos Cuba, que es una cosa especial, que admiro y que trato de profundizar con mi obra.

-¿Por qué se ha inclinado más hacia el grabado?

-Aunque estudié pintura de caballete y todo lo demás que enseña la escuela, cuando me gradué me faltaban materiales y lugar donde hacer esa pintura. Me costaba mucho más trabajo porque no tenía vivienda en La Habana. Aquí mi familia tenía lo suficiente para dormir.

En aquel momento tuve la suerte de encontrar el Taller Experimental de Gráfica de La Habana. Y a pesar de que no me había especializado en el grabado, este se convirtió en el refugio para que mi arte no muriera.

Vivía en casa de mi hermana y después que comían y se acostaban a dormir me ponía a dibujar sobre un tablero. En esas condiciones hice un trabajo grande de dibujo con tinta sobre papel.

Luego tuve la suerte de conocer a Eliseo Diego y su fabulosa familia. En su casa pude desarrollar parte de mi obra. Les estoy grandemente agradecido. Gracias a ellos se salvó una etapa de mi vida y de mi obra. Además, en su casa conocí a muchas personalidades. Nunca pensé que podría darle la mano o comería con René Portocarrero, Samuel Feijóo, Cintio Vitier, entre otros importantes intelectuales.

-¿Y la colagrafía por qué con tanta fuerza?

-Comienzo a conocer esa técnica por la década del 80. También me ayudó ante la escasez de materiales. Con ella podía usar la arena que recogía a la orilla del mar, el cartón de las cajitas de cumpleaños. Era atrezzo, pero con esos materiales de desecho salían piezas agradables, con sentido.

La colagrafía es la técnica que más se ha acercado a mi obra pictórica. Ahora que estoy pintando las pongo una al lado de la otra y me doy cuenta que ahí está lo que andaba buscando desde hacía un montón de tiempo.

-¿La utilización de texturas, de pocos colores en su obra, tiene por objeto enriquecerla o es una forma de disfrazar los conceptos?

-Conceptualmente está por ahí. Mi obra tiene un sentido de una sobriedad tremenda. Cuando veo que no hay materia empiezo a sufrir y a ponerme nervioso. Porque, aunque es figurativa y uso las grandes texturas, se convierten en obras abstractas, uno de los estilos con los que más me identifico porque permite soñar. Estás mirando manchas, cosas que no están definidas y puedes viajar.

Pienso que los abstractos tienen un sentido tremendo de la naturaleza y de las figuraciones. Yo desde arriba he podido poner en detalles un pedazo de la tierra. Fíjate la vitalidad de pensamiento que tiene eso.

-Sus temáticas se acercan bastante a la vida de la gente, a la cotidianidad, ¿no teme que consideren demasiada sencilla su obra?

-En mi obra hay un por ciento muy alto de figuración. Una figuración que por lo general te hace pensar por esa misma cantidad de formas que encuentras o te puedes imaginar debido a las texturas. Por eso es que siento mi pintura un poco abstracta.

Durante unos diez años hice campesinos, macheteros, hasta que un día decidí quitar al campesino, eliminar la figuración, y empecé a hacer cosas que llamaba paisajes. Les ponía títulos de canciones de Silvio, de Stevie Wonder, que tuvieran que ver con las flores, las plantas, la naturaleza. La gente dijo que había cambiado mi obra. Y era la misma. Esos paisajes los hacía mucho antes.

Últimamente he hecho algunas cosas que no tienen figuración y alguna gente que visita el taller cuando ve esas obras me comenta que les gusta, pero sienten que les falta la figuración. Eso me da risa.

-¿Quién es mejor artista, el pintor o el grabador?

-Tengo un trabajo bien interesante en grabado y piezas en óleo sobre lienzo que están bien. No creo que uno sea mejor que el otro. Los dos están luchando por hacer una obra digna.

-¿No teme a las diabólicas secuelas de la fama?

-He tenido discusiones con conocidos porque en algún lugar me comporté como soy, me reí como normalmente lo hago, me vestí como siempre lo he hecho. Y es que no puedo ser de otra forma. Aunque mis piezas estén expuestas en el museo más importante del mundo seguiré siendo el mismo. Tengo bien claro dónde nací, quiénes son mis amigos, cuál es mi familia y por qué quiero a Cuba.

Me siento con un vacío tremendo cuando gano un premio; ahora estoy muy preocupado con esta exposición. El miedo está en qué voy a hacer después que presente mi obra en Bellas Artes. Y es que cada vez que haces algo, la gente se queda esperando lo que viene después. Quiere que le subas la parada. Y eso me da terror.

De todas formas, creo que la gente tiene tremendos deseos de ver lo que estoy haciendo. Quiero crear una obra eminentemente cubana y caribeña. Esa es mi preocupación fundamental de estos tiempos. Tratando de hacerla así estoy cumpliendo un deseo y un compromiso con mi país.

arb/mml

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