Por Roberto F. Campos
De la redacción de Economía
Lo primero que guías y especialistas defienden es que la ciudad es Un Museo Viviente entre el encanto colonial y la Revolución.
La ciudad es mucho más que un destino turístico, porque deriva experiencia sensorial que atrapa al visitante desde el primer instante.
Con contrastes, en los cuales el esplendor colonial se mezcla con el desenfado caribeño, y los coches de los años 50 circulan junto a edificios de vanguardia.
Uno de los emblemas más fotografiados y fascinantes de la ciudad se sustenta en la observación de los coches estadounidenses .
Estos automóviles, anteriores a la Revolución cubana de 1959, resultan el día a día de muchos habaneros.
La imaginería popular les acuñó el nombre de “almendrones” por su forma alargada y redondeada, que sobrevivieron gracias al ingenio y la creatividad de sus dueños, quienes los mantienen funcionando con piezas adaptadas de otros modelos o fabricadas artesanalmente.
Subirse a un descapotable de los años 50 para un recorrido por la ciudad va más allá de un paseo turístico, porque resulta un viaje en el tiempo.
Pero La Habana no solo vive de su pasado automovilístico, en tanto que su arquitectura semeja un libro abierto a su historia.
La Habana Vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), se compone de un laberinto de calles adoquinadas, plazas señoriales y edificios barrocos y art déco meticulosamente restaurados.
Aquí, la curiosidad salta a cada paso: en la Plaza de la Catedral, se puede admirar la basílica de estilo jesuita, pero pocos saben que en sus inicios funcionó como almacén.
O en la Plaza Vieja, que a lo largo de los siglos resultó mercado, un parque e, incluso, un aparcamiento subterráneo, antes de recuperar su esplendor original.
El Malecón, esa extensa avenida que abraza la ciudad junto al mar, es otro de los grandes protagonistas de la vida habanera.
Con casi ocho kilómetros de longitud, se convirtió en un sofá gigante, a causa de que, al caer la tarde, se concentran allí pescadores, músicos, enamorados y grupos de amigos para compartir el atardecer y el romper de las olas.
En todo caso, lugar ideal para entender el alma del habanero, para conversar y sentir el ritmo de la ciudad. Una curiosidad: las olas que saltan el muro en los días de temporal son conocidas como Los besos del mar, un espectáculo en sí mismas.
Hablar de La Habana abarca temas como la música y baile. El ritmo no solo se escucha en los cabarets o centros nocturnos; brota de las ventanas, de los portales y de los propios transeúntes.
Para los amantes de la buena mesa, el paladar (como se conoce a los restaurantes privados) saborea una revolución gastronómica en sí misma.
Desde la cocina tradicional cubana, con su exquisito lechón asado y moros y cristianos, hasta propuestas de alta cocina de fusión, la oferta resulta muy variada y sorprendente, y sostenida, pese a carencias.
Y no se puede ir sin probar un auténtico mojito o un daiquirí, no en cualquier lugar, sino en los espacios que los vieron nacer: La Bodeguita del Medio y el Floridita, respectivamente, dos templos literarios que frecuentó Ernest Hemingway.
Más allá de los hoteles de lujo y de las playas cercanas de Santa María del Mar, otro de los atractivos de La Habana reside en la autenticidad de su gente y en la magia de lo cotidiano.
Pasear en un coche clásico, degustar un helado en el famoso parque Coppelia, visitar el estudio de un artista local en un edificio colonial o simplemente sentarse en un banco del Malecón son experiencias que quedan grabadas en la memoria.
En definitiva, La Habana seduce con sus contradicciones. Emana el esplendor del ayer en convivencia con la realidad del hoy, mientras que el ingenio popular supera la escasez con la alegría como bandera ante la adversidad.
Para el turista, constituye un destino que no se limita a ser visitado, sino que se vive, se siente y, al final, se lleva un pedazo de su alma caribeña para siempre. Un viaje a La Habana deriva encuentro con la historia, la cultura y, sobre todo, con la inagotable vitalidad de su pueblo.
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