miércoles 22 de julio de 2026

JCC: Un siglo de transformaciones dentro y fuera de los escenarios

Santo Domingo (Prensa Latina) Cuando México acogió los primeros Juegos Centroamericanos y del Caribe (JCC), en 1926, solo los hombres podían competir. El evento se inauguró el 12 de octubre, fecha elegida para conmemorar el 434 aniversario de la llegada de Cristóbal Colón al continente americano.

Por Mariela Pérez Valenzuela

Corresponsal jefa en República Dominicana

Las noticias del certamen que reunió a representantes de Cuba, Guatemala y el país anfitrión viajaban al ritmo de la prensa escrita y los resultados tardaban horas, e incluso días, en llegar a los lectores gracias a los periódicos.

Un siglo después, el escenario es otro. Miles de mujeres integran las delegaciones, las pruebas pueden seguirse en tiempo real desde cualquier lugar del mundo y cada triunfo se convierte casi al instante en una historia compartida a través de pantallas y redes sociales.

No solo evolucionaron los récords y las disciplinas; también cambiaron las oportunidades de los participantes, la manera de narrar las hazañas deportivas y el alcance de un certamen que hoy trasciende el podio y se convierte en un espacio de inclusión, identidad regional e inspiración para nuevas generaciones.

DE SEIS TENISTAS A PROTAGONISTAS DEL CENTENARIO

El camino comenzó en México con 269 representantes que compitieron en siete disciplinas, todas en la rama varonil. Cuatro años después, en La Habana, seis tenistas cubanas rompieron esa barrera, siendo las primeras en participar en la cita regional.

María García, María Camacho, Zoila Rodríguez, Amalia Castañeda, Gisela Camallonga y Elena Daly no solo disputaron un torneo de tenis. Sin proponérselo, abrieron el camino para que generaciones de muchachas encontraran un espacio en un certamen que hasta entonces había sido exclusivamente masculino.

Aquella participación fue modesta. Las mujeres solo compitieron en una disciplina y todas representaban al país anfitrión. Aun así, ese primer paso abrió el camino a una transformación que cambiaría para siempre la historia de los Juegos.

Cinco años después surgió la primera gran estrella femenina del certamen. La cubana Margaret Chapman brilló en la natación y los clavados en San Salvador 1935 y Panamá 1938, con un saldo de seis medallas de oro, dos de plata y dos de bronce.

También sobresalió la panameña Nola Thorne, quien, en la edición celebrada en su país en 1938, ganó tres medallas de oro en los 100 metros, los 100 metros con vallas y el relevo 4×100 metros.

A partir de entonces, la participación femenina avanzó de forma sostenida. Nuevas disciplinas abrieron sus puertas y cada vez más países incorporaron mujeres a sus delegaciones.

En 1954, otra página quedó escrita cuando la salvadoreña Ana Mercedes Campos ganó la primera presea de oro para una representante de su país en la justa, al imponerse en el lanzamiento de jabalina.

Pocos años después surgiría otra de las grandes figuras del atletismo regional: Ana Fidelia Quirot, quien en los XIII Juegos efectuados en Medellín, Colombia, en 1978, conquistó la medalla de oro en el relevo de 4×400 metros.

La mediofondista cubana no solo logró títulos internacionales; su regreso a las pistas tras sufrir graves quemaduras a causa de un accidente doméstico convirtió su trayectoria en un ejemplo de perseverancia para varias generaciones.

Tras un intenso proceso de recuperación, la santiaguera corrió la final de Ponce, Puerto Rico, en 1993, donde obtuvo la medalla de plata en los 800 metros. Más importante aún fue la ovación del público, que la obligó a dar una vuelta triunfal a la pista.

En la década de 1980 el protagonismo femenino ya era indiscutible. En La Habana 1982, la campeona olímpica cubana María Caridad Colón hizo historia al convertirse en la primera mujer en encender el pebetero, un gesto que simbolizó el reconocimiento alcanzado por la participación femenina.

Ese legado se fortalece también con figuras de talla mundial como Yipsi Moreno (Cuba), Marileidy Paulino (República Dominicana), Yulimar Rojas (Venezuela), Mariana Pajón (Colombia), Shelly-Ann Fraser-Pryce (Jamaica), Ivonne Nóchez (El Salvador) y Nuria Diosdado (México), quienes, entre muchas, han llevado el nombre de sus países a lo más alto del escenario internacional.

Hoy las mujeres participan en prácticamente todas las modalidades deportivas, lideran los medalleros de numerosos países y desempeñan funciones como entrenadoras, juezas, dirigentes y responsables técnicas.

Lo que comenzó con seis tenistas cubanas en 1930 se ha convertido en un movimiento en el que miles de atletas representan a sus naciones e inspiran a nuevas generaciones dentro y fuera de los escenarios deportivos.

DEL PERIÓDICO A LAS PLATAFORMAS DIGITALES

La evolución de los Juegos también puede seguirse a través de la manera en que el público los ha acompañado.

En 1926 los aficionados no podían seguir las competencias en tiempo real. Los resultados viajaban por telégrafo y aparecían al día siguiente en los periódicos, mientras la radio apenas daba sus primeros pasos como medio informativo.

Desde la década de 1930, con la expansión de la radiodifusión en América Latina, la cita comenzó a recibir una cobertura más amplia.

Las emisoras divulgaban boletines con resultados y entrevistas, especialmente en países con mayor desarrollo radiofónico como Cuba, México y Puerto Rico, aunque la transmisión en directo era limitada por la tecnología de la época.

Ya en las décadas de 1940 y 1950 las informaciones en vivo se hicieron habituales. Para entonces era común que las principales pruebas y ceremonias fueran narradas por radio, convirtiéndose en el medio por excelencia para seguir la fiesta deportiva.

Si en 1926 los resultados llegaban por telégrafo, tres décadas después el certamen comenzó a entrar en los hogares por medio de la televisión, lo que inauguró una nueva etapa que impactó la forma de seguir las competencias y acercó el espectáculo deportivo a los aficionados.

La revolución digital volvió a cambiar esa experiencia. Internet eliminó fronteras y permitió seguir las pruebas desde cualquier lugar del mundo. Las redes sociales acercaron aún más a los protagonistas, que comenzaron a compartir entrenamientos, celebraciones y momentos cotidianos con sus seguidores.

La tecnología también modificó la organización del evento. Procesos como las acreditaciones, las inscripciones y la publicación de resultados pasaron a depender de plataformas digitales que agilizan la gestión de miles de participantes.

Sin embargo, hay algo que permanece inalterable desde 1926: la emoción de ver competir a un representante del propio país. La tecnología evolucionó la forma de seguir las competencias, pero no la pasión que despiertan entre atletas y aficionados.

MUCHO MÁS QUE UNA MEDALLA

Cuando un competidor sube al podio, el público contempla apenas unos segundos de celebración. Detrás de ese instante suelen esconderse años de entrenamiento, lesiones, sacrificios familiares, derrotas y hasta renuncias.

Mientras algunos llegaron respaldados por modernas instalaciones y equipos multidisciplinarios, otros debieron prepararse con recursos limitados, improvisar espacios de entrenamiento y superar dificultades económicas para mantenerse en competencia, pero la fraternidad y la unidad regional prevalece.

Cada triunfo resume también el esfuerzo de entrenadores, médicos, fisioterapeutas, psicólogos, dirigentes y familiares que acompañan silenciosamente el proceso de preparación.

Los Juegos han sido, además, el punto de partida para numerosos campeones olímpicos y mundiales que encontraron en la cita regional su primera gran experiencia internacional.

Miles también regresaron a sus países sin preseas, aunque con una experiencia que modificó sus vidas y los llevó a convertirse en entrenadores, profesores, dirigentes o promotores de la actividad física en sus comunidades.

Cien años después, las marcas y los medalleros continúan escribiendo la historia.

Sin embargo, el legado más profundo del evento permanece en las personas: en quienes abrieron camino donde antes parecía imposible, en la tecnología que acercó el certamen a millones de aficionados y en los competidores que demostraron que el significado de la victoria empieza mucho antes de subir al podio.

Quizá esa sea la mayor enseñanza del centenario de los JCC: sus páginas más memorables no siempre se escriben con récords o títulos, sino en las vidas que el deporte ha logrado transformar.

arb/yma/mpv

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