Frei Betto*, colaborador de Prensa Latina
—¿Política? ¡No quiero saber nada de eso! —exclamaba con la satisfacción de quien acaba de resolver los problemas del mundo al cerrar la ventana.
La política, sin embargo, no se daba por vencida. Entraba por la puerta en forma de factura de la electricidad, se sentaba a la mesa a la hora del almuerzo, se escondía en el precio de los frijoles y, por la noche, aparecía en la televisión para anunciar reformas que él no comprendía, hasta que descubría que habían modificado su jubilación.
La política tiene ese inconveniente: se ocupa de nosotros incluso cuando nosotros no nos ocupamos de ella. Está en el plato del pobre y en el banquete del rico; en el medicamento que llega a la farmacia y en el que falta; en el maestro que enseña, en el policía que patrulla, en el juez que dicta sentencia, en el empresario que contrata y en el trabajador que busca empleo. Está en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en el bosque deforestado, en el transporte que nos traslada y en el impuesto que pagamos. Incluso el silencio, cuando es fruto de una injusticia, puede ser una manifestación política, aunque quienes lo practican prefieran presentarlo como prudencia.
Mi vecino, no obstante, decía que no votar era una forma superior de independencia. No quería mancharse las manos. Le parecía que, al abstenerse, se situaba por encima de la disputa, como un ángel que contempla a unos hombres peleando en un bar.
Le expliqué que el ángel, si existiera, tal vez podría darse ese lujo; el ciudadano, no. Este vive entre instituciones, leyes e intereses que no dejan de funcionar porque él decidió ignorarlos. Si no participa en la elección de quién gobierna, otros decidirán en su lugar. Y los elegidos no preguntarán si él estaba distraído cuando se decidió el destino del país.
La abstención puede parecer un gesto sin consecuencias. No lo es. En una elección reñida; altera, aunque sea mínimamente, la relación entre los votos efectivamente computados. Más importante aún: la indiferencia colectiva debilita el hábito de participación que sustenta la democracia. Esto no significa que todo abstencionista sea indiferente, pues existen ausencias justificadas e impedimentos reales. Pero convertir la omisión en una virtud cívica es una manera elegante de entregar las llaves de la casa a quien está dispuesto a saquearla.
Existe, sin embargo, un segundo tipo de elector, más activo y tal vez más curioso. No se abstiene; vota con entusiasmo por quien promete acabar con la corrupción, restaurar el orden, salvar a la familia y, si es posible, devolverle la juventud. No se le ocurre preguntar si el candidato respetará las instituciones que le permiten votar. Le basta con la promesa, esa moneda política que circula sin respaldo y rara vez sufre una devaluación antes de la elección.
El problema surge cuando el candidato no pretende solo gobernar, sino sobre todo reducir la democracia a la condición de una escalera por la que asciende para luego, una vez en la cima, intentar retirarla.
La democracia no consiste únicamente en depositar una papeleta en la urna. Presupone elecciones libres, una oposición legítima, prensa independiente, una justicia autónoma, libertad de expresión y respeto a los resultados electorales. El gobernante electo recibe un mandato, no la propiedad del Estado. El voto no le otorga licencia para perseguir a sus adversarios, intimidar a las instituciones o silenciar a quienes disienten. La mayoría elige a quien gobierna, pero no adquiere por ello el derecho a abolir las garantías que protegen también a las minorías.
Es en este punto donde el elector debe desconfiar de los salvadores de la patria. Algunos comienzan prometiendo barrer con los corruptos y terminan queriendo eliminar a los críticos. Otros dicen hablar en nombre del pueblo, como si el pueblo fuera una sola persona dotada de una única opinión, convenientemente igual a la suya. Hay también quienes se presentan como defensores de la libertad, siempre y cuando nadie la utilice para cuestionarlos.
La historia ofrece ejemplos suficientes de gobernantes que llegaron al poder por vías legales y luego ignoraron los controles democráticos. Véase a Jair Bolsonaro y su intento de golpe en enero de 2023. No toda divergencia política anuncia una dictadura, pero es preciso distinguirla de la amenaza a las reglas que hacen posible el disenso.
Mi vecino consideró todo esto exagerado. «Usted tiene demasiado miedo», me dijo. Respondí que tal vez fuera así. La democracia es como la salud: mientras existe, mucha gente la considera un bien natural; cuando se pierde, se descubre que dependía de cuidados cotidianos. Nadie espera a que el techo se derrumbe para admitir la importancia de las vigas. Con las instituciones, sin embargo, hay quienes prefieren esperar el derrumbe, tal vez con la esperanza de que los escombros sean propiedad ajena.
Le pregunté si le parecía importante la libertad de criticar al gobierno. Dijo que sí. Si le gustaría elegir a los gobernantes. También. Si aceptaría que un presidente anulara unas elecciones porque no le gustó el resultado. Ahí vaciló. Si admitiría que un adversario fuera encarcelado solo por discrepar del poder. Lo negó con vehemencia.
Pues bien —le dije—, acabas de defender la democracia sin darte cuenta de que hablabas de política. El voto no lo resuelve todo, evidentemente. No transforma a un mal candidato en uno bueno, no elimina intereses económicos, no corrige de golpe las desigualdades ni impide, por sí solo, que los elegidos decepcionen a sus electores. La ciudadanía no termina en las urnas. Continúa en la fiscalización, en la organización popular, en la exigencia del cumplimiento de promesas, en la defensa de los derechos y en la disposición a escuchar a quien piensa diferente.
Votar importa, porque los gobiernos deciden sobre la vida de todos, incluso de aquellos que se creen ajenos a la política. Importa porque las instituciones pueden perfeccionarse o debilitarse. E importa porque, cuando se amenaza el derecho a elegir, todos vemos disminuir nuestra capacidad de influir en nuestro propio destino.
Si la política influye en todo lo que nos sucede, ¿por qué habríamos de entregarle, por omisión o imprudencia, el derecho a decidir si seguiremos siendo libres para disentir? Al fin y al cabo, quien no se interesa por la política termina siendo gobernado por quienes sí lo hacen. Y lo único que desean los malos políticos es que detestemos la política, para así mantener el control a sus anchas.
El 25 de octubre, vota por el fortalecimiento de la democracia. ¡Vota a Lula! ¡Vota al 13!
rmh/fb
* Escritor brasileño y fraile dominico, conocido internacionalmente como teólogo de la liberación, Frei Betto es autor de 60 libros de diversos géneros literarios –novela, ensayo, policíaco, memorias, textos infantiles y juveniles y de tema religioso. En dos ocasiones, 1985 y 2005, mereció el premio Jabuti, el reconocimiento literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. Leer más… Asesor de movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, ha participado activamente en la vida política de Brasil en las últimas cinco décadas.





