Frei Betto*, colaborador de Prensa Latina
Había votado por Lula en elecciones anteriores, pero no se consideraba
lulista. Tenía reservas sobre el gobierno, críticas hacia la izquierda y opinaba
que el país necesita afrontar problemas que no caben en sus propuestas. Al
mismo tiempo, no se siente representado por el bolsonarismo. Flávio Bolsonaro
le despierta curiosidad, pero también muchas interrogantes.
En la primera vuelta, por tanto, dudó. Prefirió abstenerse. Luego llegó el
resultado: Lula y Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta. La duda, que antes
podía resolverse eligiendo una tercera opción, se volvió inevitable. Quedaban
dos candidatos.
Decidió entonces hacer algo que nunca había hecho: apagar el celular y
leer los programas de gobierno. Sabía que el Tribunal Superior Electoral pone a
disposición oficialmente las propuestas de ambos candidatos, incluso
organizadas por temas.
Empezó por la economía. Quería saber qué prometía cada candidatura
respecto al empleo, los ingresos, la inflación, los impuestos y el equilibrio de las
cuentas públicas. Descubrió que no bastaba con preguntar quién prometía
gastar menos o más. Era necesario preguntar en qué, para quién y de dónde
vendría el dinero.
Pasó a la salud. Pensó en las filas del sistema público de salud (SUS),
en los exámenes que se demoran, en los medicamentos que faltan en ciertos
lugares, en los hospitales saturados. No quería una frase bonita. Quería saber
qué compromisos estaban efectivamente registrados y cómo se ejecutarían.
Después, la educación. Pensó en los profesores, en las escuelas públicas, en los
jóvenes que necesitan compaginar estudios y trabajo. Comparó las propuestas y
se dio cuenta de que una elección no se reduce a la personalidad de los candidatos.
Hay un país concreto detrás de la propaganda.
En materia de seguridad pública, la duda resurgió con fuerza. Él quería
menos violencia, pero también quería saber cuáles serían los métodos para
lograrlo. La seguridad, concluyó, no consiste simplemente en endurecer los
discursos; implica a la policía, la investigación, la inteligencia, el sistema
penitenciario, la prevención y las políticas sociales.
Así llegó a las políticas sociales. Ahí residía una de sus mayores
preocupaciones. Conocía familias para las que la ayuda social no suponía un
lujo, sino comida en la mesa. Al mismo tiempo, no quería políticas que
perpetuaran la pobreza. Buscaba propuestas capaces de combinar la
protección inmediata con el empleo, la educación y la autonomía.
También leyó sobre democracia e instituciones. Este capítulo influyó en
su reflexión. No porque deseara un país sin conflictos- sabía que la
democracia es, precisamente, la convivencia entre conflictos y diferencias-,
sino porque consideraba indispensable que el presidente, el Congreso, el
Poder Judicial, la prensa y la sociedad civil respetaran los límites
constitucionales.
Fue entonces cuando se dio cuenta de algo sobre sí mismo. Su decisión
no se basaría en si le gustaba un candidato o si detestaba al otro. Votaría
porque comprendió que su objetivo era tener en cuenta el país que imaginaba
posible y los compromisos que consideraba más importantes.
Aun así, seguía indeciso. Habló con amigos. Uno decía que Lula
representaba demasiada continuidad; otro, que Flávio Bolsonaro suponía un
cambio necesario. Un tercero recordaba los errores y controversias de un
bando, mientras que otro señalaba los del otro.
Desconfió de los cuatro amigos. Se dio cuenta de que también debía
desconfiar de sí mismo. Descubrió lo fácil que resulta creer únicamente en
aquello que confirma nuestras convicciones. Empezó a verificar noticias en
distintas fuentes, a consultar documentos oficiales y a distinguir entre promesas
y hechos, opiniones e información, propaganda y programas.
Poco a poco, su indecisión cambió de naturaleza. Ya no se
preguntaba: «¿Qué candidato me gusta más?», sino: «¿Qué proyecto de
gobierno se ajusta mejor a lo que considero necesario para el país?».
No encontró un candidato perfecto. Tampoco esperaba encontrarlo. La
democracia no es un concurso de santos. Es una elección entre alternativas
concretas, con virtudes, limitaciones, promesas, riesgos y contradicciones.
En vísperas de la segunda vuelta, se sentó frente al televisor. Vio a los
dos candidatos. Escuchó de nuevo las promesas. Algunas le parecieron
convincentes; otras, frágiles. Releyó fragmentos de los programas oficiales.
Finalmente se decidió por Lula. No porque hubiera dejado de reconocer
los problemas del candidato elegido. No porque hubiera pasado a estar de
acuerdo con todo lo que él defendía. Y tampoco porque considerara al
adversario incapaz de representar a una parte del electorado.
Se decidió por Lula porque, tras comparar propuestas y trayectorias,
comprendió que había un conjunto de compromisos que, para él, debía pesar
más en la elección.
Su voto no nació de la pasión. Nació de la duda.
Tal vez esa sea una de las cosas más importantes de una elección: que
el elector no necesite transformar su voto en una profesión de fe. Puede votar
con esperanza, pero también con memoria; con convicción, pero también con espíritu crítico.
El 25 de octubre, al marcar el 13 en las teclas de la urna, sabría que no
estaba eligiendo a un santo, a un salvador ni a un avatar. Optaba por un
presidente experimentado y confiable.
Precisamente por eso, decidió que su voto no debía ir al candidato que le
prometiera el paraíso, sino a aquel cuya propuesta de país- tras examinarla
con el mayor cuidado posible- le pareciera más compatible con el futuro que
deseaba para Brasil.
Haz como mi primo: el 25 de octubre vota por la democracia. ¡Vota a
Lula! ¡Vota al 13!
rmh/fb
* Escritor brasileño y fraile dominico, conocido internacionalmente como teólogo de la liberación, Frei Betto es autor de 60 libros de diversos géneros literarios –novela, ensayo, policíaco, memorias, textos infantiles y juveniles y de tema religioso. En dos ocasiones, 1985 y 2005, mereció el premio Jabuti, el reconocimiento literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. Leer más… Asesor de movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, ha participado activamente en la vida política de Brasil en las últimas cinco décadas.





