sábado 10 de octubre de 2026

Brasil. El elector que aún no ha decidido

Sao Paulo, Brasil (Prensa Latina) En la primera vuelta, mi primo no sabía a quién votar. No es de los que llevan al candidato en el pecho, discuten en las redes sociales o convierten cualquier conversación durante el almuerzo en un mitin. Miró la urna como quien examina dos puertas al huir de un incendio. Ninguna le parecía completamente segura.

Frei Betto*, colaborador de Prensa Latina

Había votado por Lula en elecciones anteriores, pero no se consideraba

lulista. Tenía reservas sobre el gobierno, críticas hacia la izquierda y opinaba

que el país necesita afrontar problemas que no caben en sus propuestas. Al

mismo tiempo, no se siente representado por el bolsonarismo. Flávio Bolsonaro

le despierta curiosidad, pero también muchas interrogantes.

En la primera vuelta, por tanto, dudó. Prefirió abstenerse. Luego llegó el

resultado: Lula y Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta. La duda, que antes

podía resolverse eligiendo una tercera opción, se volvió inevitable. Quedaban

dos candidatos.

Decidió entonces hacer algo que nunca había hecho: apagar el celular y

leer los programas de gobierno. Sabía que el Tribunal Superior Electoral pone a

disposición oficialmente las propuestas de ambos candidatos, incluso

organizadas por temas.

Empezó por la economía. Quería saber qué prometía cada candidatura

respecto al empleo, los ingresos, la inflación, los impuestos y el equilibrio de las

cuentas públicas. Descubrió que no bastaba con preguntar quién prometía

gastar menos o más. Era necesario preguntar en qué, para quién y de dónde

vendría el dinero.

Pasó a la salud. Pensó en las filas del sistema público de salud (SUS),

en los exámenes que se demoran, en los medicamentos que faltan en ciertos

lugares, en los hospitales saturados. No quería una frase bonita. Quería saber

qué compromisos estaban efectivamente registrados y cómo se ejecutarían.

Después, la educación. Pensó en los profesores, en las escuelas públicas, en los

jóvenes que necesitan compaginar estudios y trabajo. Comparó las propuestas y

se dio cuenta de que una elección no se reduce a la personalidad de los candidatos.

Hay un país concreto detrás de la propaganda.

En materia de seguridad pública, la duda resurgió con fuerza. Él quería

menos violencia, pero también quería saber cuáles serían los métodos para

lograrlo. La seguridad, concluyó, no consiste simplemente en endurecer los

discursos; implica a la policía, la investigación, la inteligencia, el sistema

penitenciario, la prevención y las políticas sociales.

Así llegó a las políticas sociales. Ahí residía una de sus mayores

preocupaciones. Conocía familias para las que la ayuda social no suponía un

lujo, sino comida en la mesa. Al mismo tiempo, no quería políticas que

perpetuaran la pobreza. Buscaba propuestas capaces de combinar la

protección inmediata con el empleo, la educación y la autonomía.

También leyó sobre democracia e instituciones. Este capítulo influyó en

su reflexión. No porque deseara un país sin conflictos- sabía que la

democracia es, precisamente, la convivencia entre conflictos y diferencias-,

sino porque consideraba indispensable que el presidente, el Congreso, el

Poder Judicial, la prensa y la sociedad civil respetaran los límites

constitucionales.

Fue entonces cuando se dio cuenta de algo sobre sí mismo. Su decisión

no se basaría en si le gustaba un candidato o si detestaba al otro. Votaría

porque comprendió que su objetivo era tener en cuenta el país que imaginaba

posible y los compromisos que consideraba más importantes.

Aun así, seguía indeciso. Habló con amigos. Uno decía que Lula

representaba demasiada continuidad; otro, que Flávio Bolsonaro suponía un

cambio necesario. Un tercero recordaba los errores y controversias de un

bando, mientras que otro señalaba los del otro.

Desconfió de los cuatro amigos. Se dio cuenta de que también debía

desconfiar de sí mismo. Descubrió lo fácil que resulta creer únicamente en

aquello que confirma nuestras convicciones. Empezó a verificar noticias en

distintas fuentes, a consultar documentos oficiales y a distinguir entre promesas

y hechos, opiniones e información, propaganda y programas.

Poco a poco, su indecisión cambió de naturaleza. Ya no se

preguntaba: «¿Qué candidato me gusta más?», sino: «¿Qué proyecto de

gobierno se ajusta mejor a lo que considero necesario para el país?».

No encontró un candidato perfecto. Tampoco esperaba encontrarlo. La

democracia no es un concurso de santos. Es una elección entre alternativas

concretas, con virtudes, limitaciones, promesas, riesgos y contradicciones.

En vísperas de la segunda vuelta, se sentó frente al televisor. Vio a los

dos candidatos. Escuchó de nuevo las promesas. Algunas le parecieron

convincentes; otras, frágiles. Releyó fragmentos de los programas oficiales.

Finalmente se decidió por Lula. No porque hubiera dejado de reconocer

los problemas del candidato elegido. No porque hubiera pasado a estar de

acuerdo con todo lo que él defendía. Y tampoco porque considerara al

adversario incapaz de representar a una parte del electorado.

Se decidió por Lula porque, tras comparar propuestas y trayectorias,

comprendió que había un conjunto de compromisos que, para él, debía pesar

más en la elección.

Su voto no nació de la pasión. Nació de la duda.

Tal vez esa sea una de las cosas más importantes de una elección: que

el elector no necesite transformar su voto en una profesión de fe. Puede votar

con esperanza, pero también con memoria; con convicción, pero también con espíritu crítico.

El 25 de octubre, al marcar el 13 en las teclas de la urna, sabría que no

estaba eligiendo a un santo, a un salvador ni a un avatar. Optaba por un

presidente experimentado y confiable.

Precisamente por eso, decidió que su voto no debía ir al candidato que le

prometiera el paraíso, sino a aquel cuya propuesta de país- tras examinarla

con el mayor cuidado posible- le pareciera más compatible con el futuro que

deseaba para Brasil.

Haz como mi primo: el 25 de octubre vota por la democracia. ¡Vota a

Lula! ¡Vota al 13!

rmh/fb

* Escritor brasileño y fraile dominico, conocido internacionalmente como teólogo de la liberación, Frei Betto es autor de 60 libros de diversos géneros literarios –novela, ensayo, policíaco, memorias, textos infantiles y juveniles y de tema religioso. En dos ocasiones, 1985 y 2005, mereció el premio Jabuti, el reconocimiento literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. Leer más… Asesor de movimientos sociales como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, ha participado activamente en la vida política de Brasil en las últimas cinco décadas.

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