Por Diony Sanabia
Corresponsal en Brasil
Más allá del café, reconocido internacionalmente como uno de los grandes símbolos nacionales, el país sudamericano conserva una extensa cultura de infusiones, jugos, batidos y mezclas populares que varían según las regiones, los hábitos cotidianos y las tradiciones heredadas de pueblos indígenas, africanos y europeos.
En un territorio de dimensiones continentales, donde conviven selvas amazónicas, extensas sabanas, zonas semiáridas y regiones subtropicales, las bebidas reflejan los recursos disponibles en cada lugar y las formas particulares de socialización y modos de entender la vida cotidiana.
Entre las bebidas más emblemáticas aparece el tereré, consumido principalmente en estados fronterizos como Mato Grosso del Sur y muy asociado a las altas temperaturas que caracterizan buena parte del centro-oeste brasileño.
Preparado con yerba mate, agua fría y, en ocasiones, hierbas aromáticas, hojas medicinales o jugos cítricos, el tereré destaca por su carácter refrescante y por la sensación de alivio que proporciona durante los días más calurosos.
Aunque su origen se vincula a las comunidades indígenas guaraníes y a las tradiciones compartidas con Paraguay y algunas zonas de Argentina, el tereré adquirió características propias en Brasil y se convirtió en una de las bebidas más representativas de la vida social en varias regiones rurales y urbanas.
El antropólogo gastronómico Paulo Ribeiro explica que el consumo del tereré está ligado a espacios comunitarios y momentos de descanso. “Resulta una bebida social, muy vinculada al clima cálido y a la cultura campesina de varias regiones”, afirma.
La costumbre suele reunir grupos de amigos, familiares o trabajadores alrededor de una misma guampa metálica, utilizada para compartir la infusión durante largas conversaciones, y así el recipiente pasa de mano en mano mientras transcurren reuniones informales, jornadas laborales o encuentros al aire libre.
Muchos consumidores agregan menta, hierba buena, limón o cáscaras de frutas para potenciar el sabor y aportar nuevas sensaciones aromáticas. Incluso, en algunas localidades se emplean mezclas de plantas medicinales que forman parte de conocimientos transmitidos durante generaciones.
En contraste con el carácter refrescante del tereré, el sur brasileño mantiene viva la tradición del chimarrão, preparado también con yerba mate, aunque utilizando agua caliente y servido en una cuia elaborada generalmente con una calabaza seca, acompañada de una bomba metálica. La bebida posee fuerte presencia cultural en estados como Río Grande del Sur, Santa Catarina y Paraná, donde forma parte de reuniones familiares, encuentros entre amigos y actividades tradicionales vinculadas a la identidad gaucha.
Para la historiadora cultural Denise Ferreira, el chimarrão representa uno de los mayores símbolos de hospitalidad del sur brasileño. “Ofrecer chimarrão es un gesto de bienvenida y de integración social”, sostiene.
La preparación exige cierta técnica, pues el agua no debe hervir completamente para evitar alterar el sabor de la yerba mate. De esa manera, la infusión produce un líquido de color verde intenso y sabor marcadamente amargo, apreciado por millones de brasileños.
Más que una bebida, el chimarrão constituye un ritual, y compartir una misma cuia simboliza confianza, amistad y sentido de pertenencia. Además, en muchas familias, la tradición pasa de padres a hijos y forma parte inseparable de la vida cotidiana.
Brasil también exhibe expresiones más festivas y tropicales, especialmente en el nordeste.
En Bahía destaca la capeta, bebida creada en Porto Seguro y muy popular en zonas turísticas y playas de la región.
Su fabricación mezcla vodka o cachaça con leche condensada, cacao en polvo, canela y guaraná en polvo, para dar paso a una bebida cremosa, dulce y energética.
El resultado recuerda a un batido alcohólico de sabor intenso, en el cual el dulzor de la leche condensada se combina con el aroma especiado de la canela y el toque estimulante del guaraná.
La sommelier especializada en bebidas tropicales Mariana Luz explica que la capeta se consolidó como símbolo de la vida nocturna bahiana. “Es una bebida asociada a fiestas, celebraciones y al turismo de playa”, comenta.
Según la especialista, la mezcla surgió durante la década de 1980 y rápidamente ganó popularidad entre turistas nacionales y extranjeros que visitaban la región.
Actualmente se comercializa en bares, restaurantes y puestos cercanos al mar, donde suele servirse muy fría y acompañar espectáculos musicales o festividades locales.
Sin embargo, buena parte de la identidad brasileña puede encontrarse en los jugos y batidos elaborados con frutas nativas.
En mercados, restaurantes y puestos callejeros abundan bebidas preparadas con cajú, graviola, acerola, maracuyá, cupuaçu, açaí, taperebá y decenas de especies tropicales presentes en distintas partes del país.
Creado a partir del fruto del anacardo, el jugo de cajú posee sabor intenso, ligeramente ácido, tiene una textura característica y es rico en vitamina C.
La graviola produce una bebida cremosa, suave y aromática, y su pulpa blanca permite obtener jugos de consistencia aterciopelada que suelen consumirse bien fríos durante las jornadas más calurosas.
Por otra parte, la acerola sobresale por su extraordinaria concentración de vitamina C y por su sabor refrescante, que combina notas dulces y ácidas.
Mientras, el maracuyá ocupa un lugar especial en la gastronomía nacional, y su jugo, de aroma penetrante y sabor tropical inconfundible, acompaña comidas familiares, meriendas y encuentros sociales en prácticamente toda la nación.
Hacia el norte, especialmente en la Amazonía, aparecen bebidas elaboradas con cupuaçu y açaí.
El cupuaçu ofrece una pulpa aromática que recuerda simultáneamente al cacao y a algunas frutas tropicales, con un jugo de sabor complejo y gran aceptación en la región amazónica.
Convertido en fenómeno internacional durante los últimos años, el açaí se consume tradicionalmente de manera muy diferente a la conocida en otros países.
En numerosas localidades amazónicas se sirve como una preparación espesa, acompañada incluso por pescado o harina de mandioca (yuca).
Los batidos también ocupan un espacio destacado dentro de la cultura alimentaria brasileña.
Conocidos popularmente como vitaminas, suelen mezclar frutas frescas con leche, azúcar, miel o leche condensada, para producir bebidas densas, nutritivas y muy apreciadas en desayunos y meriendas.
A juicio de la nutricionista Fernanda Lopes, muchas de estas frutas contienen elevados niveles de vitaminas, antioxidantes y compuestos beneficiosos para la salud.
“Brasil posee una biodiversidad excepcional que se refleja directamente en la variedad y calidad nutricional de sus bebidas tradicionales”, señala.
Junto a sus propiedades alimenticias, estas preparaciones están asociadas a diferentes momentos del día y a determinadas experiencias culturales. El tereré suele consumirse durante tardes calurosas y actividades rurales; el chimarrão acompaña mañanas frías y reuniones familiares; la capeta aparece con frecuencia en ambientes festivos y turísticos; mientras los jugos naturales forman parte habitual de desayunos, almuerzos y meriendas.
La diversidad de bebidas tradicionales brasileñas, consideran especialistas, expresa la amplitud territorial y cultural del país, marcado por profundas influencias indígenas, africanas y europeas.
Cada región conserva ingredientes, rituales y formas de preparación propias, las cuales se han convertido con el tiempo en elementos de identidad colectiva.
En un país donde la naturaleza ocupa un lugar central en la vida cotidiana, las bebidas tradicionales terminan funcionando también como un retrato de la memoria cultural brasileña,
Asimismo, evidencian su extraordinaria riqueza tropical y de la creatividad con las cuales generaciones de habitantes han aprendido a transformar los frutos de la tierra en experiencias de sabor, convivencia y pertenencia.
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