Por Mariela Pérez Valenzuela
Corresponsal jefa en República Dominicana
Construcción, zonas francas, manufactura y servicios aparecen entre los motores de esta actividad. La construcción creció 8,1 por ciento en julio, mientras los servicios financieros, las zonas francas y hoteles, bares y restaurantes también registraron avances. El turismo mantiene su dinamismo, con casi 5,9 millones de visitantes internacionales entre enero y julio.
Son indicadores que describen una economía que recupera velocidad. Pero existe otra República Dominicana, la que se mide al final del mes con una calculadora doméstica.
La inflación interanual se situó en 5,47 por ciento en julio y la acumulada en 2,21 por ciento. El Banco Central mantiene una meta de incremento del nivel de precios de 4.0 por ciento, con un rango de tolerancia de un punto porcentual.
La variación mensual de julio, de apenas 0,19 por ciento, confirma que las presiones sobre los costos se han moderado.
Pero una menor inflación no significa que los valores bajen ni que regresen a los niveles anteriores, coinciden en señalar analistas locales. Representa simplemente que aumentan a un ritmo más lento.
La diferencia, aunque pueda parecer técnica, tiene una traducción concreta para los hogares: el dinero debe seguir alcanzando para alimentos, transporte, vivienda, educación y servicios que ya acumularon subidas.
La canasta familiar nacional pasó de 48 mil 734 pesos (unos 829 dólares) en enero a 49 mil 613 (844 dólares) en julio. Son unos 15 dólares más, equivalentes a un ascenso de 1,8 por ciento en siete meses.
Los avances salariales y el elevado nivel de ocupación constituyen también argumentos a favor del desempeño económico que exhibe el Gobierno.
Pero ahí comienza una discusión que trasciende las estadísticas: ¿cuánto de esa mejora en los ingresos se convierte en mayor capacidad de compra? Es una de las interrogantes que plantean especialistas al analizar la evolución de la economía dominicana.
La pregunta adquiere mayor relevancia en una economía donde, durante el primer trimestre de 2026, la tasa de informalidad fue de 54,1 por ciento.
De los 118 mil 631 nuevos ocupados respecto a igual período del año anterior, 98 mil 127 fueron trabajadores no registrados y solo 20 mil 504 formales.
El empleo informal actual se encuentra ligeramente por debajo del promedio histórico de 56,7 por ciento calculado desde 2014, por lo que no puede hablarse de un deterioro general del mercado laboral.
Aunque sí revela una dificultad: la expansión económica no genera todos sus nuevos puestos de trabajo bajo las mismas condiciones de estabilidad, protección social e ingresos.
Y es precisamente ahí donde la macroeconomía comienza a encontrarse con la economía familiar.
CRECER NO BASTA
Tres economistas dominicanos ofrecieron recientemente lecturas diferentes sobre el desempeño de la economía durante los seis años de Gobierno de Luis Abinader.
Jaime Aristy Escuder y Alejandro Grisanti valoraron favorablemente la recuperación, mientras Ysrael Abreu adoptó una posición más crítica y llamó la atención sobre los problemas de empleo, salarios, deuda y costo de vida.
El propio debate demostró que medir el desempeño económico únicamente por su ritmo de expansión resulta insuficiente.
El IMAE puede indicar cuánto avanza la actividad, pero no cuánto queda disponible después de pagar la compra. Tampoco muestra si un nuevo empleo permite ahorrar, acceder a una vivienda o enfrentar una emergencia sin recurrir al endeudamiento.
Una economía puede expandirse y, al mismo tiempo, una familia sentir que sus ingresos siguen siendo insuficientes.
Por eso resulta pertinente la reflexión del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), cuya representante en República Dominicana, Nathalie Alvarado, resumió recientemente el desafío con una frase que bien podría servir como hoja de ruta: “No se trata solo de crecer más, se trata de crecer mejor”.
La afirmación cobra especial relevancia para un país que durante años ha demostrado capacidad para atraer inversión, desarrollar el turismo y expandir las zonas francas.
EL SIGUIENTE DESAFÍO ES MÁS COMPLEJO
Se trata de elevar la productividad, generar más empleos formales, fortalecer los salarios reales y evitar que el costo de los bienes esenciales absorba buena parte de esas mejoras. También supone discutir cómo se distribuyen los beneficios.
No todos los dominicanos viven el desempeño económico de la misma manera. Un empresario puede percibir una mayor demanda, una constructora más proyectos y un establecimiento turístico más visitantes. Para un trabajador, la medida puede ser otra: cuánto recibió este mes y cuánto le costó vivir.
Esa distancia entre ambas percepciones explica buena parte del debate económico.
El Gobierno puede mostrar expansión, inversión, empleo e incrementos salariales. La oposición puede señalar el costo de vida y cuestionar la distribución de los beneficios. Los economistas pueden discrepar sobre la gestión.
Mientras tanto, las familias hacen su propia evaluación. La realizan frente al supermercado, al pagar el alquiler, comprar medicamentos, llenar el tanque del vehículo o preparar el presupuesto para el regreso a clases. Ahí las grandes cifras adquieren su verdadero significado.
República Dominicana no enfrenta hoy el dilema de cobrar dinamismo o no. Los datos muestran que varios de sus principales sectores productivos recuperan fuerza.
El verdadero desafío consiste en lograr que esa evolución genere bienestar, más oportunidades que desigualdad y mayor poder adquisitivo para los hogares.
No se trata de negar los resultados, coinciden en señalar expertos, sino de preguntarse qué ocurre después de la cifra, porque una economía gana fuerza de verdad para su población cuando el aumento del PIB deja de ser solamente una buena noticia en los informes y comienza a traducirse en la vida cotidiana. Al final, la prueba más sencilla de cualquier modelo económico no está en una tabla estadística, sino en la respuesta que puede dar una familia cuando llega el final del mes: ¿Alcanzó el dinero?
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