Por Mario Hubert Garrido
Corresponsal jefe en Panamá
En Tonosí , Macaracas, Torio y Búcaro, en la península de Azuero, la tierra dejó de temblar con la misma intensidad, pero la vida cotidiana continúa marcada por la incertidumbre.
A varios días del sismo, numerosas familias prefieren permanecer al aire libre, bajo carpas improvisadas o en casas de parientes, antes que regresar a viviendas cuyo estado de seguridad desconocen.
Cada nueva sacudida despierta el temor de que las paredes vuelvan a agrietarse o de que las
estructuras dañadas no resistan otro movimiento.
El terremoto, estimado en magnitud 7,5 por el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá y en 7,7 por el Servicio Geológico de Estados Unidos, tuvo su epicentro en las proximidades de Tonosí, en el sur del país.
Su impacto se extendió a viviendas, carreteras, escuelas y servicios básicos, mientras las autoridades mantienen las evaluaciones para determinar la dimensión de los daños y las necesidades de la población.
Pero más allá de las cifras, el rostro de la emergencia aparece en las familias que abandonaron sus hogares, en los vecinos que recorren las calles en busca de agua y en quienes intentan mantener abiertos sus pequeños negocios pese a las dificultades.
Es la otra tragedia que sigue al terremoto: la de recuperar la seguridad, restablecer los servicios esenciales y reconstruir una normalidad que desapareció en cuestión de segundos.
TONOSÍ, ENTRE EL TEMOR Y LA ESPERANZA
En Tonosí, el epicentro de la emergencia, las noches transcurren lejos de la tranquilidad que ofrecían los hogares antes del desastre. En la plaza central, decenas de personas buscan refugio al aire libre, convencidas de que permanecer bajo el cielo abierto puede ser menos peligroso que dormir entre paredes afectadas por la sacudida.
Los habitantes recuerdan el viernes 9 de octubre como una jornada que cambió sus vidas. Muchos aseguran que nunca habían experimentado un movimiento telúrico de semejante intensidad y agradecen haber sobrevivido, aunque el alivio inicial convive ahora con el temor a las réplicas.
Desde ese viernes se han registrado más de 400 movimientos posteriores al sismo, de acuerdo con los datos recogidos en los reportes. Aunque su frecuencia y magnitud tendían a disminuir, las sacudidas continuaban durante el día y la noche, interrumpiendo el descanso de los pobladores, especialmente de niños y adultos mayores.
Con el paso de las horas, los movimientos comenzaron a incorporarse a una nueva rutina. Sin embargo, cada vibración devolvía a las familias al momento del terremoto y les recordaba que la emergencia no había terminado.
Los pobladores también consideran que el hecho de que el sismo ocurriera durante el día evitó consecuencias que pudieron ser más graves. La posibilidad de que el movimiento los sorprendiera mientras dormían alimenta la preocupación por lo que habría sucedido si la tierra hubiera temblado durante la noche.
El impacto material es visible en distintos puntos de la localidad. Rafael Moreno, exembajador de Panamá en Cuba y residente en Macaracas, describió los daños provocados por una gran grieta que se extiende desde esa zona hacia el centro del pueblo, a lo largo de poco más de 10 kilómetros, según su testimonio.
En el paisaje afectado aparecen edificaciones que formaban parte de la vida comunitaria, entre ellas, una iglesia, un hostal próximo a su residencia y una escuela primaria que lleva el nombre de su padre.
Las imágenes de esos espacios dañados reflejan una pérdida que va más allá de los muros y los techos. La escuela representa años de enseñanza y las expectativas de nuevas generaciones; la iglesia, un lugar de encuentro; las viviendas, el refugio donde las familias construyeron sus recuerdos.
Cuando esos lugares dejan de ofrecer seguridad, también se altera la relación de las personas con su entorno.
El 11 de octubre, sin embargo, los habitantes intentaron recuperar una parte de sus costumbres. Los pocos feligreses que permanecían en Tonosí participaron en una misa al aire libre, en una escena que contrastaba con las carreteras deterioradas y la preocupación que todavía dominaba al pueblo.
La ceremonia no borró los daños ni resolvió las necesidades pendientes, pero permitió mantener un espacio de encuentro en medio de la incertidumbre.
En situaciones como esta, la vida comunitaria adquiere una importancia especial: compartir el temor, acompañar a los vecinos y conservar algunas rutinas ayuda a sobrellevar una emergencia cuya duración todavía es difícil de prever.
Mientras tanto, los habitantes intentan mantener abiertos sus negocios y sus casas, a la espera de que se restablezcan los servicios y puedan regresar con mayor seguridad a sus actividades habituales.
En Búcaro, la imagen era distinta, aunque el miedo tenía el mismo origen. Las puertas de las viviendas permanecían abiertas, tal como habían quedado cuando sus habitantes salieron apresuradamente durante el terremoto. En las calles, principalmente hombres recorrían la comunidad con recipientes en busca de agua potable.
Las carreteras mostraban las consecuencias del movimiento telúrico. El asfalto se había partido en grandes bloques y algunos tramos cedieron junto a las laderas, dejando apenas una franja estrecha para el paso de los vehículos.
ESCUELAS CERRADAS Y VIVIENDAS BAJO EVALUACIÓN
La emergencia también alcanzó al sistema educativo.
El Ministerio de Educación de Panamá confirmó la suspensión de clases en todos los centros educativos oficiales y particulares del país, con el propósito de facilitar las inspecciones de seguridad y comprobar las condiciones de las instalaciones antes del regreso de estudiantes, docentes y personal administrativo.
Según los balances preliminares divulgados por las autoridades, alrededor de 419 centros educativos, de un universo superior a tres mil en todo el territorio nacional, presentaban algún tipo de afectación.
Las inspecciones debían determinar la magnitud de los daños y las reparaciones necesarias para garantizar que los planteles pudieran volver a funcionar sin poner en riesgo a la comunidad educativa.
El cierre preventivo responde a una necesidad inmediata, pero también introduce nuevas preocupaciones para las familias.
La escuela constituye un espacio fundamental para la formación de los niños y adolescentes, y una interrupción prolongada puede complicar el aprendizaje, especialmente en hogares con menos recursos para mantener actividades educativas fuera del aula.
La situación de los centros escolares se suma a los daños registrados en viviendas y otras infraestructuras, principalmente en las provincias centrales de Herrera, Los Santos y Veraguas, próximas al epicentro.
De acuerdo con las evaluaciones preliminares, las inspecciones realizadas en 426 residencias detectaron afectaciones de diversa magnitud, desde leves hasta totales. En esos inmuebles habitaban unas dos mil 130 personas. Cada vivienda evaluada representa una familia que necesita conocer si puede regresar a casa, si debe buscar alojamiento temporal o si tendrá que afrontar reparaciones que pueden superar sus posibilidades económicas.
Para quienes permanecen fuera de sus hogares, la incertidumbre no se limita a los daños visibles. También está la preocupación por las réplicas, la estabilidad de las estructuras y el tiempo que deberán esperar antes de recuperar sus espacios cotidianos.
Por esa razón, la evaluación técnica de los inmuebles y la comunicación clara de sus resultados resultan fundamentales. La necesidad de volver a casa no puede separarse de la garantía de que existen condiciones adecuadas de seguridad.
RECURSOS PARA LA RECUPERACIÓN
Ante la magnitud de la emergencia, el Gobierno panameño declaró el estado de emergencia para facilitar la movilización de recursos y atender las necesidades más urgentes de la población. La medida fue anunciada por el ministro de la Presidencia, Juan Carlos Orillac, durante una conferencia de prensa posterior a un consejo de ministros extraordinario.
Por su parte, el ministro de Economía y Finanzas, Felipe Chapman, aseguró que el país dispone de recursos para enfrentar los daños ocasionados por el terremoto y señaló que, de ser necesario recurrir a financiamiento externo, se priorizarían préstamos en condiciones favorables.
Chapman agradeció asimismo las ofertas de apoyo de organismos multilaterales, entre ellos, el Banco Interamericano de Desarrollo, CAF-banco de desarrollo de América Latina y el Caribe, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Centroamericano de Integración Económica, además
de Estados Unidos.
La respuesta financiera constituye una parte importante del proceso, pues la reparación de viviendas, escuelas, carreteras y sistemas de abastecimiento requiere de inversiones y coordinación entre diferentes instituciones.
Sin embargo, la recuperación también dependerá de que esos recursos se traduzcan en soluciones concretas para los habitantes. Restablecer el agua, garantizar vías seguras, inspeccionar las construcciones y atender a las familias que perdieron sus hogares son tareas que deben avanzar de acuerdo con las necesidades identificadas en cada localidad.
LA CAPITAL SINTIÓ MENOS
Mientras Tonosí y Búcaro enfrentaban las consecuencias más visibles del terremoto, en la ciudad de Panamá las aceleraciones registradas fueron considerablemente inferiores a las medidas en las proximidades del epicentro.
El vicedecano de Ingeniería Civil de la Universidad Tecnológica de Panamá, Ramiro Vargas, explicó que entre el 85 y el 95 por ciento de la intensidad de la onda sísmica se había atenuado antes de llegar a la capital, situada a unos 208 kilómetros del origen del movimiento telúrico.
Según el especialista, las aceleraciones en la zona epicentral alcanzaron entre el 50 y el 60 por ciento de la gravedad, mientras que en la capital oscilaron entre el cuatro y el nueve por ciento.
La distancia respecto al epicentro y la profundidad del sismo, estimada en unos 12 kilómetros por Vargas, contribuyeron a explicar las diferencias observadas en el comportamiento de las edificaciones. El movimiento ocurrió en el sistema de fallas de Azuero-Soná.
Vargas advirtió que las consecuencias habrían sido muy diferentes si el movimiento se hubiera originado mucho más cerca de la ciudad. «Si este sismo hubiera ocurrido, digamos, en la falla de Pedro Miguel, que estaba a menos de 20 kilómetros de la ciudad de Panamá, la respuesta hubiera sido completamente distinta», señaló.
De acuerdo con las evaluaciones preliminares citadas por el ingeniero, no se observaron daños estructurales significativos en los edificios capitalinos. Las estructuras habían respondido de manera elástica, mediante deformaciones temporales que les permitieron recuperar su posición.
No obstante, el especialista aclaró que pueden producirse daños en elementos no estructurales, como paredes, mosaicos y cielos rasos, y subrayó que la respuesta de las edificaciones de la capital no debe extrapolarse a las construcciones ubicadas cerca del epicentro.
La diferencia entre ambas regiones demuestra que la magnitud de un terremoto no determina por sí sola sus consecuencias. La distancia, la profundidad, las condiciones del terreno y las características de las edificaciones también influyen en la intensidad del movimiento que recibe cada zona.
LA PREVENCIÓN, UNA TAREA PENDIENTE
Las explicaciones técnicas de Vargas también ponen el foco en las condiciones de construcción y en la aplicación de las normas de seguridad.
El especialista recordó que Panamá dispone de un Reglamento Estructural que incorpora criterios de diseño sismorresistente. La normativa tuvo una primera versión en 1984 y fue actualizada posteriormente en 1994, 2004, 2014 y 2021.
Sin embargo, la existencia de reglas actualizadas no garantiza por sí sola la seguridad de los edificios. Su efectividad depende de que se cumplan los requisitos técnicos durante el diseño y la construcción, y de que existan inspecciones y mantenimiento adecuados.
Entre los factores de riesgo, Vargas identificó las construcciones informales, las obras ejecutadas sin análisis ni diseño estructural, la falta de fiscalización y el deterioro de los inmuebles por ausencia de mantenimiento.
También señaló que la capacidad para revisar proyectos y supervisar obras no es uniforme en todos los municipios, debido, entre otras razones, a las limitaciones de personal y recursos técnicos.
En las comunidades más afectadas, constató Prensa Latina, la recuperación no se mide todavía por el número de obras concluidas ni por la rapidez con que puedan reabrirse las carreteras.
Se mide en necesidades inmediatas: conseguir agua potable, encontrar un lugar seguro para dormir, conocer el estado de una vivienda y disponer de una vía que permita salir del pueblo sin exponerse a nuevos peligros.
Son frentes distintos de una misma emergencia, cuyo alcance no puede medirse únicamente por la magnitud del movimiento telúrico.
El terremoto también dejó al descubierto la importancia de contar con construcciones seguras, servicios esenciales resistentes, vías de acceso adecuadas y mecanismos de respuesta que permitan identificar las necesidades de las comunidades desde los primeros momentos.
Porque la tragedia no termina cuando cesan las réplicas. Finaliza cuando las familias pueden volver a sus hogares sin miedo, los servicios esenciales funcionan nuevamente y las comunidades recuperan las condiciones necesarias para reconstruir sus vidas.
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